lunes, 9 de enero de 2012

4. Unitarios, federales y tácticas montoneras según el General Paz


Esta selección de párrafos referidos a unitarios y federales, las tácticas montoneras, Artigas y los caudillos, según la visión del general José María Paz, pertenecen a sus memorias y la fuente está indicada en la primera entrega "El general José María Paz", etiquetada "José María Paz 1: memorias de un unitario". Los invito a leer allí los motivos de este resumen y una pequeña reseña del autor cordobés, "el Manco Paz".
(los enemigos) "Presentaron su línea, que siguió avanzando, pero que hizo alto para dejar obrar lo que llamaban su infantería. Esta consistía en unos hombres armados de fusil y bayoneta que venían montados habitualmente, y que sólo echaban pie a tierra en ciertas circunstancias del combate. Nunca formaban cuando estaban desmontados en orden único, y siempre iban dispersos como cazadores; formaban parejas, y para ello hacían servir sus amistades y relaciones personales, de modo que tenían ese vínculo más para protegerse mutuamente y no abandonarse en el conflicto".
"A presencia del enemigo, y sin desmontarse, se desplegaban en guerrilla, y cuando habían llegado a la distancia conveniente echaban pie a tierra, quedando uno con los dos caballos y avanzándose el compañero algunos pasos para hacer fuego, el que continuaba mientras se creía conveniente. Algunas veces se conservaba a caballo el uno, teniendo la rienda el caballo del que se había desmontado".
"Si eran cargados y se veían precisados a perder terreno, saltaban en sus caballos con rara destreza, y antes de un minuto habían desaparecido; si, por el contrario, huía el enemigo, montaban con igual velocidad para perseguirlo; y entonces obraban como caballería, por más que sus armas no fuesen las más adecuadas. Esta era la famosa táctica de la infantería de Artigas, con la que había triunfado de los ejércitos de Buenos Aires, y que a juicio de aquellos caudillos, era el último esfuerzo del ingenio humano. Es por más decir que esta operación de su infantería era sostenida por cuerpos de caballería, que conservaban generalmente a su inmediación.
(…) Aunque los federales o montoneros no tuviesen táctica, o mejor dicho, tuviesen una de su invención, se batían con el más denodado valor. Su entusiasmo degeneraba en el más ciego fanatismo, y su engreimiento por causa de las multiplicadas victorias sobre las tropas de Buenos Aires, se parecía al delirio (…) Me he detenido de propósito en los detalles de esta corta y poco importante campaña, para dar a conocer de una vez la táctica y modo de combatir de las montoneras que acaudillaba en jefe, el protocaudillo don José Artigas (1), mediante la cual obtuvieron considerables victorias sobre las tropas de Buenos Aires. En el primer ensayo que tuvieron con el ejército que se decía auxiliar del Perú, aprendieron a respetarlo, y su general, el digno Belgrano fue, si no me engaño, un objeto de respeto y estimación para los mismos montoneros".
"Muchos han tratado de profundizar esta materia para encontrar las verdaderas causas de los desastres de nuestras tropas, frecuentemente batidas por paisanos, muchas veces mal armados y peor dirigidos. Con este fin no ha faltado quien pondere la inepcia de nuestros generales, la cobardía de nuestros oficiales, y más que todo, la superioridad de la invención y del valor de los caudillos que capitaneaban esas masas irregulares, a la que tan propiamente se bautizó de montoneras".
"Preciso es confesar que nuestros generales de entonces meditaron poco sobre la naturaleza de esta guerra, y que si hubieran reflexionado mejor habrían dado otra dirección a sus operaciones y otra organización a su ejército. Generalmente olvidaron que la de un cuerpo de tropas debe ser adecuada a las localidades que han de servirle de teatro, a los enemigos que tiene que combatir y a la clase de guerra que tiene que hacer. Por ejemplo, un ejército destinado a obrar en el Perú debería confeccionarse de otro modo que el que hubiese de combatir en las llanuras de la pampa; el que tuviese que lidiar con tropas regulares sería distinto del que tuviese por enemigos esas hordas semisalvajes que, aunque armados de fusiles y aún cañones, algunas veces no se sujetan a la táctica ni a la disciplina; y, finalmente, es muy diverso tener que combatir cuerpos reglados, compuestos de las tres armas y en que la infantería es más numerosa, que haber de luchar con esos grupos informes de caballería, que hacía el nervio y fuerza principal de los disidentes".
"Por lo general, el ejército que se destinaba contra ellos se recargaba de artillería y un gran parque, que lo hacían pesado; se establecía en una proporción desconveniente la fuerza de las armas, y llegó hasta creerse que la relajación de la disciplina en nuestras tropas sería un medio de retenerlas en sus banderas. Errores fatales, que se pagaron bien caros y de que se resintió por mucho tiempo nuestra organización militar y aún nuestro país. Tales fueron los primeros cuerpos de tropas empleados contra las montoneras, como los de Viamonte, en diferentes veces que mandó, los de Díaz Vélez, Holemberg, Montes de Oca y Dorrego en sus primeras campañas (2). Algunos fueron batidos; otros tuvieron que retirarse con precipitación y aún con peligro. A su tiempo diré que el general Belgrano, cuando vino a la campaña de Santa Fe con el ejército del Perú, se vió en la necesidad de montar y armar como caballería alguna infantería, aunque no la que era bastante para esta clase de guerra".
"Cuando después de los desastres del año 20 se volvió a encender la guerra, el señor Dorrego, que mandaba las tropas de Buenos Aires, se desprendió de toda la infantería y opuso la sola caballería considerablemente aumentada, a los montoneros que combatía. Después de sus primeros sucesos fue definitivamente batido en el Gamonal, y lo mismo le suceidó al general La Madrid, que mandó fuerzas compuestas de pura caballería, que se opusieron al caudillo Ramírez, de Entre Ríos".
"Sin considerar positivamente esta nueva organización (3) diré que no me parece propia de las circunstancias en que fue adoptada. La montonera, aunque compuesta por tropas irregulares, estaba poseída de un entusiasmo extraordinario, el que unido al brío y valor natural de nuestros campesinos, les daba una ventaja en los combates individuales (digámoslo así) a la arma blanca, que es la que regularmente se emplea en los ataques de caballería. Por otra parte, esos grandes cuerpos de esta arma, improvisados para oponerles, ya se compusiesen de milicianos, ya de tropas de línea recientemente creadas, no podían tener ni la posesión ni la instrucción conveniente para las maniobras; de modo que las batallas se reducían a choques bruscos y desordenados, en que se combatía casi individualmente. De aquí resultó que los montoneros daban tanta importancia a lo que llamaban entrevero, expresión que estuvo en boga, y que era repetida con énfasis por personas de más altura".
"Reducida a estos términos la guerra, poco o ningún fruto podía sacarse de los esfuerzos del arte, ni de las ventajas dela táctica y de la disciplina, a lo que contribuía que había pocos jefes y oficiales que conociesen medianamente la arma de caballería".
"Para comprender el ardiente entusiasmo que animaba a los montoneros, forzoso es referirnos al estado de nuestra naciente civilización. Atendido él, les fue muy fácil a los caudillos sublevar la parte ignorante contra la más ilustrada, a los pobres contra los ricos, y con este odio venían a confundirse los celos que justa o injustamente inspiraba a muchos la preponderancia de Buenos Aires. Aún diré más, y que quizá fue la causa más poderosa, las fuertes prevenciones que había engendrado en el paisanaje la indisciplina y altanería de las tropas de los primeros ejércitos y las exacciones gravosas a los que los sujetaban".
"Llegó a ser tan poderoso ese sentimiento de oposición en las montoneras y sus jefes al gobierno y a las tropas regladas, que sofocó hasta el noble entusiasmo de la independencia; nadie se acordaba de los ejércitos españoles que amagaban por distintos puntos, y es seguro que se les hubiera visto penetrar en nuestro territorio sin que se hubiesen reconciliado los ánimos. Quizá cuando la conquista se hubiese avanzado mucho, la magnitud del peligro nos hubiera reunido".
"Debo exceptuar a la heroica provincia de Salta, que pagó también su tributo a las discordias civiles, y aue como hemos visto hizo una guerra encarnizada al ejército del general Rondeau, pero nunca se debilitó su ardor patriótico, ni su amor a la causa de la independencia; no había envainado aún la espada con que acababa de luchar con sus hermanos, cuando se presentaron los españoles, y ella sola, porque nuestro ejército se había retirado, sostuvo la campaña con tanto valor como gloria. Los españoles, después de haber empleado vanamente sus armas y sus tesoros, la seducción y el terror, su táctica superior y el valor de sus soldados, tuvieron que retirarse cediendo la palma del triunfo a esos valientes gauchos, a esos generosos salteños, que dejaban yermas sus ciudades antes de soportar el yugo que habían sacudido".
(…) "la lucha entre unitarios y federales se había suspendido momentáneamente, pero no era sino una tregua para tomar mejores posiciones y descansar para recomenzarla con nuevo rigor. La proclamación y jura de la constitución en nada mejoró estas disposiciones".
"No será inoficioso advertir que esa gran fracción de la república que formaba el partido federal no combatía solamente por la mera forma de gobierno, pues otros intereses y otros sentimientos se refundían en uno solo para hacerlo triunfar. Primero, era la lucha de la parte más ilustrada contra la porción más ignorante. En segundo lugar, la gente del campo se oponía a la de las ciudades. En tercero, la plebe se quería sobreponer a la gente principal. En cuarto, las provincias, celosas de la preponderancia de la capital, querían nivelarla. En quinto, las tendencias democráticas se oponían a las miras aristocráticas y aún monárquicas que se dejaron traslucir cuando la desgraciada negociación del príncipe de Luca (4). Todas estas pasiones, todos estos elementos de disolución y anarquía se agitaban con una terrible violencia y preparaban el incendio que no tardó en estallar. En Buenos Aires mismo fermentaban los partidos internos, que aunque no participasen de las ideas de afuera en un todo, se servían de aquellos como instrumentos que les facilitasen su acceso al poder; puede creerse que sin los estímulos que recibían desde la capital, los disidentes jamás hubieran logrado un triunfo tan completo" (5)
"La constitución política que había sancionado el Congreso y que se había hecho jurar a los pueblos y a los ejércitos, no había llenado los deseos de los primeros, ni había empeñado a los últimos en su defensa; tampoco había desarmado a los disidentes o montoneros, que habían recomenzado la guerra con mayor encarnizamiento. Las ideas de federación que se confundían con las de independencia de las provincias eran proclamadas por Artigas y sus tenientes, y hallaban eco hasta en los más rincones de la república. Desde entonces se preparaba la separación de la Banda Oriental, que vino luego a tener efecto, a pesar de la conquista que de ella hicieron los portugueses. Es fuera de duda que sin la excitación y cooperación de los orientales hubiera sido posible al gobierno detener el torrente y hacerse obedecer".
"Debe agregarse el espíritu de democracia que se agitaba en todas partes. Era un ejemplo muy seductor ver a esos gauchos de la Banda Oriental, Entre Ríos y Santa Fe dando la ley a las otras clases de la sociedad, para que no deseasen imitarlo los gauchos de las otras provincias. Lo era también para los que se creían indicados para acaudillarlos; ver a Artigas, Ramírez y López entronizados por el voto de esos mismos gauchos y legislando a su antojo. Acaso se me censurará que haya llamado espíritu democrático al que en gran parte causaba esa agitación, clasificándolo de salvajismo; mas, en tal caso, deberían culpar al estado de nuestra sociedad, porque no podrá negarse que era la masa de la población la que reclamaba el cambio. Para ello debe advertirse que esa resistencia, esas tendencias, esa guerra, no eran el efecto de un momento de falso entusiasmo como el que produjo muchos errores en la Francia; no era tampoco una equivocación pasajera que luego se rectifica; era una convicción errónea, si se quiere, pero profunda y arraigada. De otro modo sería imposible explicar la constancia y bravura con que durante muchos años sostuvieron la guerra hasta triunfar en ella".
"La oposición de las provincias a la capital, que se trataba de justificar con quejas bien o mal fundadas; el descrédito de los gobiernos que habían regido la república, y principalmente del directorial, que era el último; las excitaciones, las intrigas que partían desde el mismo Buenos Aires, fraguadas por el partido que aspiraba al poder porque estaba fuera de él, eran otros tantos elementos de disolución".
(…) "La guerra civil repugna generalmente al buen soldado, y mucho más desde que tiene al frente un enemigo exterior cuya principal misión (de aquél) es combatirlo. Este es el caso en que se hallaba el ejército, pues que habíamos vuelto espaldas a los españoles para venirnos a ocupar de nuestras querellas domésticas. Y a la verdad, es sólo con el mayor dolor que un militar, que por motivos nobles y patrióticos ha abrazado esa carrera, se ve en la necesidad de empapar su espada en sangre de hermanos. Dígalo el general San Martín, que se propuso no hacerlo y lo ha cumplido. Aún hizo más en la época que nos ocupa, pues, conociendo que no podría evitar la desmoralización que trae la guerra civil, procuró sustraer su ejército al contagio, desobedeciendo (según se aseguró entonces y se cree hasta ahora) las órdenes del gobierno que le prescribían que marchase a la capital a cooperar con el del Perú y el de Buenos Aires. Unicamente perdió el hermoso batallón 1, que estaba de este lado de los Andes, y sólo fue a duras penas que llegaron a Chile. Si el general San Martín hubiera obrado como el general Belgrano, pierde también su ejército, y no hubiera hecho la gloriosa campaña de Lima, que ha inmortalizado su nombre".
(…) "Si el general Belgrano hubiese rehusado venir con su ejército de Tucumán para empeñarlo en la contienda civil; si hubiese hecho lo que el general San Martín, y entendiéndose ambos hubieran de consuno obrado contra los españoles que ocupaban ambos Perú, es fuera de duda que las armas argentinas hubieran coronado la obra de la independencia del continente sudamericano, sin que nuestros males en el interior hubiesen sido mayores; quizás muchos se hubieran ahorrado, además de la mayor suma de gloria que nos hubiera resultado; pero estos dos hombres eminentes miraron las cosas de diverso modo, marcharon por distintos caminos, y sus esfuerzos, que reunidos hubieran dado un inmenso resultado, se consumieron aisladamente".
(…) "Entretanto, ¿qué se proponía el gobierno abandonando las fronteras del Perú y renunciando a las operaciones militares, tanto allí como sobre los puertos del Pacífico? ¿Qué pretendía con esa concentración de fuerzas en Buenos Aires? ¿Era para oponerlas a algunos cientos de montoneros santafecinos, o para apoyar la coronación del príncipe de Luca?"
"Concentradas las fuerzas de línea en Buenos Aires, quedaba todo el territorio de la república, fuera de la capital, a disposición de los caudillos que capitaneaban las montoneras, y consumada la conflagración de toda ella, ¿entraba esto en los cálculos del partido dominante? No temo en decidir afirmativamente, porque decían sus directores que del exceso del mal resultaría el bien, que del sumo desorden nacería el orden que ya veían simbolizado en la soñada monarquía. Preservado Buenos Aires del incendio, y robustecido el poder del gobierno con un ejército numeroso y algún otro que podría traer el presunto monarca, hubiera recobrado su influencia, y cuando no, se hubiera emprendido una nueva conquista, sin advertir que esos pueblos abandonados fueran una fácil presa de los ejércitos españoles que nos observaban, y que no combatían sino por la sujeción completa a la metrópoli. Fácil era conjeturar que entonces venía a tierra todo proyecto de independencia, aun sobre las bases de monarquía en la persona de un príncipe de la casa de Borbón, y que no se hacía más que allanar el camino a nuestros antiguos opresores" (...)
(…) "Las provincias de Salta y Tucumán, inspiradas por sus afecciones políticas, estaban resueltas a cooperar activamente al triunfo del partido que yo sostenía, y me habían hecho ofrecimientos tan formales como sinceros de auxiliarme con gruesas divisiones; sin rehusarlos, había diferido el admitirlas, primero contra Bustos, porque no lo necesitaba, y después contra Quiroga, cuando éste sólo me atacaba con las fuerzas de La Rioja y Catamarca, las que creía poder contrarrestar con mi ejército; porque ha de advertirse que las de Córdoba poco suponían ya, porque era y aún quizá es una población poco aguerrida, y porque estaba contaminado de espíritu de montonera y, de consiguiente, enemiga mía, cuanto porque el partido del general Bustos, que venía en compañía de Quiroga, se agitaba en todas direcciones y ya movía la campaña por diversos puntos".
"Además, no quería generalizar la guerra haciendo intervenir la mayor parte de las provincias de la república, porque desde que esto sucediese, la combustión sería universal, como al fin se verificó, y porque desde Buenos Aires obraba en sentido contrario, como lo debía suponer yo, que sabía el descalabro de Rauch y la conflagración de toda su campaña, la lucha debía ser muy prolongada y el éxito muy dudoso. Es pues evidente que en aquella época quise únicamente limitarme a la provincia de Córdoba, y que si no me hubiesen atacado tampoco lo hubieran sido por mi los otros gobiernos, contrayéndome a mejorar el de Córdoba si era llamado a él, a procurar la felicidad de la provincia y a hacer triunfar las ideas liberales por la adopción de sus mismos principios, hasta que, reunida la nación por sus representantes (para lo que no fijaba época), se diese su constitución política bajo cualquier forma".
NOTAS Y ACLARACIONES.
(1) "El año 46 he conocido y tratado en el Paraguay al general Artigas, en una edad tan avanzada que se resiente de todos los achaques de la senectud. Se asiló en el año 20, después de sus desastres".
(2) Son los jefes que dirigieron las tropas directoriales que, desde 1814, operaron en el Litoral contra los federales.
(3) A principios de 1820, López y Ramírez derrotaron a las tropas directoriales en Cepeda. López permaneció acampado en las cercanías de Buenos Aires, hasta que fue expulsado por el gobernador Dorrego, quien lo venció en Pavón (12 de agosto de 1820). Persiguió éste luego a los santafesinos en su provincia y fue vencido en Gamonal (2 de setiembre).
(4) Luego de las discusiones habidas en el Congreso durante 1816 se realizaron diversas gestiones diplomáticas para coronar a un príncipe europeo, que hiciera aceptable a las potencias continentales la independencia rioplatense. En 1820, en vísperas de la caída del Directorio, estaban muy avanzadas las gestiones con el príncipe de Luca, sobrino de Fernando VII. Esta situación fue esgrimida por quienes atacaron al Directorio, y Paz, que debe justificar su participación en el motín de Arequito (8 de enero de 1820), recurre también a ella.
(5) Desde 1817 Pueyrredón debió reprimir con energía a diversos grupos opositores; restos del antiguo alvearismo, grupos del partido popular y jefes militares, que se oponían sobre todo a su política conciliadora con los portugueses.

FUENTES
“Memorias (selección)”. José María Paz. Centro Editor de América Latina-Biblioteca Básica Argentina, 1992.
“Memorias de la prisión. Buenos Aires en la época de Rosas”. José María Paz. Edición en homenaje a la Revolución de Mayo. Eudeba, 1963.

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