jueves, 16 de marzo de 2017

El asado, debilidad nacional...



Sobre gustos no hay nada escrito dice el refrán y parece tener razón. Están equivocadas un millón de moscas que se posan sobre la basura más pestilente, aunque sean mayoría, enfatiza otro también acertado. Pero la predilección casi compulsiva de los argentinos de distintas generaciones y clases sociales por este corte de carne vacuna -y la correspondiente cultura de la parrilla- parece unánime y casi no se discute (excepto se metan en la conversación la "entraña" y el "vacío", cortes también preciados). ¡Prendan el fuego! Yo llevo el malbec y los chorizos. Abajo, interesantes notas "de color". Horanosaurus.

PD: el genial Capusotto, con guión cientificista de Pedro Saborido, explica aquí los graves problemas psicológicos a los que se exponen los irracionales y esnobistas vegetarianos, específicamente los que rechazan el asado, poniendo en riesgo su propia vida.



Nuestra relación con la carne desde la Conquista, según cuenta el historiador en su nuevo libro "La comida en la historia argentina". Próceres junto a las brasas. Revista Noticias. 04/09/16. Fragmento del libro "La comida en la historia argentina", de Daniel Balmaceda, Editorial Penguin Random House.

Aunque todavía estaba muy desnuda, La Plata se vistió de gala el domingo 19 de noviembre de 1882. Ese día se realizó el acto simbólico de colocación de la piedra fundamental para dar comienzo a las obras de la futura ciudad. Desde Buenos Aires partieron los trenes repletos de invitados especiales, entre funcionarios, periodistas, hombres de empresa y otras personalidades influyentes. ¿Mujeres? No, por falta de instalaciones adecuadas, algo que a los hombres (como al resto de la fauna del lugar) no pareció preocuparle.

La organización del gran asado estuvo en manos del mismísimo José Hernández que todos conocemos. El desafío era complejo porque se carnearon cien novillos. Como un director de orquesta, el senador, escritor y asador supervisó al ejército parrillero. Fue inútil. Por diversas cuestiones los viajeros demoraron su arribo más de lo previsto y la ternura del ternero brilló por su ausencia. Los periodistas se preguntaban si esa carne chamuscada había sido hecha por Hernández o por los enemigos políticos del gobernador Dardo Rocha. Aquella tarde no hubo aplauso para el asador.

Por supuesto, estamos hablando de una de las comidas tradicionales de nuestro territorio, pero antes de avanzar por ese jugoso, a punto y cocido sendero debemos aclarar por qué el asado revolucionó la historia del hombre. Porque marcó una diferencia sustancial con el resto de las especies a partir de la preocupación por hacer que el alimento estuviera cocido.

El primer gran paso evolutivo fue asar la carne directamente con el fuego, luego con las brasas y más adelante se avanzó en otras formas de cocción. Si bien el hombre controló el fuego 790.000 años a. C., pudo establecerse que venía alimentándose de carne asada desde muchísimos siglos antes. Los especialistas sugieren que el primer asado se habría comido hace 1.200.000 años. De por sí el fuego incrementó la sociabilidad (…) Más tarde se agregaría una nueva actividad: comer en torno del fuego (…)

En "Cocinar. Una historia natural de la transformación", Michael Pollan desarrolla la relevancia de la cocción en la evolución del ser humano: "Cocinar facilita la masticación y la digestión de los alimentos". Esto se debe a que, cuando la carne está cruda, el proceso metabólico de descomposición de los carbohidratos demanda mucho más tiempo. Al cocinarse los alimentos, se logró que el fuego realizara parte de esa tarea que antes debía llevar adelante el cuerpo. De esta manera, el hombre pudo enfocar sus energías en otros destinos y esto le permitió sacar buena ventaja a los otros animales. Pero no debemos colgarnos la cucarda de descubridores. Cualquier cazador carnívoro experimentado da sus primeros tarascones en el estómago de la presa con el objeto de alimentarse de comida que ya fue procesada por el cazado. Sabe que es más fácil de digerir. En todo caso, lo que nosotros logramos fue una distribución más democrática del alimento (…)

Según vemos, el ritual del asado forma parte de la genética más básica del ser humano y lo que hizo José Hernández ya lo habían hecho todos sus antepasados. Nuestras llanuras se convirtieron en un fértil campo de reproducción del ganado vacuno que introdujeron los españoles por distintas vías. Estos animales se multiplicaron de tal manera que generaron las fructíferas industrias del cuero y el sebo, que pasaron a tener mayor valor que la carne. Los viajeros se sorprendían de que en Tucumán o Buenos Aires se matara una res para comer solo la lengua, el matambre (entre las costillas y el pescuezo) o simplemente el interior del hueso de caracú. El resto lo dejaban para los perros, que tampoco se mostraban interesados. En el siglo XVII, los caninos de Buenos Aires eran todos gordos, lo mismo que las ratas, porque comían abundante carne de primera calidad abandonada en alguna calle del centro.

Concolorcorvo, seudónimo que empleó Alonso Carrió o Calixto Bustamante, plasmó su experiencia durante su viaje de Buenos Aires a Lima. Recordaba lo mucho que le llamó la atención lo que hacían en cuanto mataban una vaca: le sacaban "el mondongo y todo el sebo que juntaban en el vientre" para inmediatamente prender un fuego con el sebo y estiércol del animal en el propio vientre, improvisando de esa manera un horno natural que abrían cada vez que deseaban comer un trozo de carne del costillar.

Para estas actividades no existía diferenciación de clases: cualquier hombre se las ingeniaba para calentar un trozo de carne en un fuego. Entonces, ¿hubo buenos asadores entre los que figuran en la vidriera de la historia? Se conoce el caso de Juan Manuel de Rosas, quien recibió el elogio de sus contemporáneos. Pero, por favor, no lo imagine con un tenedor moviendo los chorizos y chinchulines en la parrilla. Más allá de que los embutidos no integraban el menú habitual sino que se preparaban para determinados banquetes, en tiempos de Rosas (segundo cuarto del siglo XIX) se asaba en la estaca, espetón o vara de hierro, que hoy llamamos "al asador". Las parrillas llegaron después, aunque debemos aclarar que en el propio continente eran conocidas antes de la llegada de los europeos. Los taínos del Caribe, aquel pueblo que inició el intercambio con Colón y sus hombres, empleaban un sistema que constaba de cuatro ramas muy verdes, dispuestas como una bandeja, que estaban sujetas a estacas que las mantenían suspendidas. Mediante tientos, subían y bajaban esa rudimentaria parrilla, dependiendo de los tiempos de cocción deseados. La palabra taína para definir el aparato era "barbacoa".

En nuestra tierra, el asador iba munido de una vara de madera con punta con la cual pinchaba un pedazo de carne y lo daba vueltas como si fuera un espiedo (técnica que continuó empleándose en el campo, más allá de 1910). Así, cada parte cocida se iba comiendo sin esperar que se cocinara el resto. Este sistema ideal para los impacientes era el habitual alrededor del fuego. El hombre tardó en asistirse de un fuego controlado. También pasaron muchos, muchísimos años hasta que advirtió que no era necesario quemar la carne en el fuego; y así fue alejándola de las llamas cada vez más.

¿Y las ensaladas? El único acompañamiento aceptado era medio zapallo calentado a un costado del fuego. Nada de verdes. Cuando Sarmiento planteó la necesidad de incorporar verduras a la dieta diaria, en la década de 1860, se burlaron de él y lo llamaron el "come pasto".

Instrucciones para comer un churrasco

El otro tipo de cocción era el asado con cuero. En este caso, como narró Alexander Gillespie, oficial inglés capturado en 1807, colocaban directamente el cuero sobre las brasas. De la misma manera se preparaba el popular churrasco. Lo sabemos gracias a una receta que Mercedes Torino Zorrilla, casada con Patricio Pardo, le envió a Juana Manuela Gorriti en los tiempos de José Hernández: "Más de una vez he sonreído, oyendo dar este nombre (churrasco) a retazos de carne a medio asar en la plancha o en la parrilla, y servidos sangrientos, horripilantes. El verdadero churrasco, bocado exquisito para el paladar, nutritivo para los estómagos débiles y de calidades maravillosas para los niños en dentición, helo aquí, cual hasta hoy lo saborean con fruición sus inventores, los que poseen el secreto de la preparación de la carne: los gauchos.

1- Se le corta cuadrilongo y con tres centímetros de grosor, en el solomo, o en el anca de buey o cordero.

2- Se le limpia de pellejos, nervios y grasas, se le lava en agua fría, se le enjuga con esmero, se le da un ligerísimo sazonamiento de sal, se le golpea en la superficie con una mano de almirez (instrumento para machacar).

3- Se le extiende sobre una cama de brasas vivas, bien sopladas.

4- Al mismo tiempo de echar el churrasco al fuego, se hace al lado otra cama de brasas vivas, en las que, cuando comiencen a palidecer los bordes del churrasco, se le vuelque con presteza y se le extiende del lado crudo, apresurándose a quitar del otro las brasas a él adheridas: pues basta el corto tiempo de esta operación para que el churrasco esté a punto.

Este asado se sirve sin salsa, la que le quitaría el apetitoso sabor que le da el contacto inmediato del fuego. Los niños en lactancia gustan con delicia la succión del sabroso jugo que con la lengua, los labios, y la presión de sus tiernos dientecitos, arrancan al churrasco".

Infografía diario Clarín.

Campeonato Federal del Asado-BA Capital Gastronómica (espacio de publicidad)
La evolución del asado: del campo a la cocina

La historia de la gastronomía argentina, sus formas de cocinar y de comer están asociadas a la carne. ¿Jugosa, a punto o bien cocida? Son los puntos de cocción de la carne que alcanzan texturas y sabores con características diferentes. Octubre-16.

Pocas comidas hay tan federales como el asado. El alfajor y la empanada podrán intentar competirle con dispa­res resultados, pero si debiera arriesgarse la definición de la "cuisine" argentina en una sola palabra, esta sería, inequívoca­mente, asado. Porque cada em­panada tiene su toque local, ca­da alfajor tiene su maña según la provincia que lo produzca. Pero el asadito es de todos los argentinos, de Norte a Sur y del Atlántico a los Andes. Sin embargo, pese a su omnipresencia, el plato más típico del país nace en Buenos Aires. No en la ciudad, sino en la provincia, en la pampa verde y húmeda que viera aparecer el ganado casi por accidente, hacer unos cuatro siglos. Cuando en 1580 Juan de Garay llegó al Río de la Plata, trajo quinientas vacas. No eran las primeras. Ya las anteriores expediciones habían traído algo de ganado que -tras el abando­no de las colonias- quedaría en estado salvaje. Las pasturas abundantes, la disponibilidad de agua potable y la falta de de­predadores harían su magia y poblarían los campos de vacas, muchas vacas. En síntesis, comemos asado por una casualidad ecológica, y es que, en la Argentina más em­brionaria, había muchísimas vacas sueltas.

La dominación de la carne

"Para dominar la ciudad de Buenos Aires, basta con tener el control del abastecimiento de carne", escribiría ni más ni menos que Charles Darwin, el padre de la teoría de la evolu­ción de las especies, en 1833. Nos había "sacado la ficha" y hasta adoptaría algunas costumbres gauchescas: "Tomo mi mate y fumo mi cigarro y después me acuesto y duermo cómodo, con los cielos como toldo, como si es­tuviera en una cama de pluma. Es una vida tan sana, todo el día encima del caballo, comiendo nada más que carne y durmien­do en medio de un viento fresco, que uno se despierta fresco co­mo una alondra", escribiría en una de sus cartas.

El platillo local tuvo, sin em­bargo, toda una evolución, desde formas más primitivas de cocción hasta la actualidad. "El asado de nuestro gaucho era asado a la cruz, vertical, comi­da típica de travesía que se ha­ce lentamente, una comida para descansar, donde se asa un ani­mal entero o una pieza grande", explica la doctora en Antropolo­gía, especializada en Antropolo­gía de la alimentación, Patricia Aguirre, "en cambio el asado que hoy comemos mayormen­te es el asado horizontal, sobre una grilla". De hecho, sería Daniel Schavelzon, el arquitecto y arqueólogo urbano que más ha estudiado Buenos Aires, el que encontra­ría prueba empírica de esto: en los pozos de basura de los tiem­pos de la colonia no hay parri­llas anteriores a 1880. "Encuen­tra la tetera inglesa de la vajilla de 1732, pero no encuentra nin­guna parrilla", destaca Agui­rre, a propósito del trabajo de Schavelzon.

En efecto, los primeros en grillar la carne serían los inmi­grantes italianos, limitados por el espacio físico del conventillo y motivados también por asar en grandes cantidades para las familias numerosas.

Los nuevos tiempos

Pero la evolución del asado no se detuvo en él simple traspaso de la "cruz" del gaucho al "grill" del inmigrante. Con el tiempo, comenzó a encontrar nuevas formas. Los viejos tambores de combustible, reconvertidos en parrillas por los obreros de la construcción, se volvieron con el tiempo una muy buena opción para las casas con poco espacio. Las parrillas circula­res -tan populares en Brasil- se convirtieron en favoritas de los balcones (al menos de aquellos donde el consorcio permite en­cender un fuego) y ya casi no es considerado una herejía tener una parrilla eléctrica o a gas. De hecho, los tradicionales "ca­rritos" de la costanera porteña fueron reconvertidos a gas, mi­nimizando así riesgos de segu­ridad, salud y contaminación. Además, el ingenio -y los cam­bios en los hábitos alimenticios de muchos- llevaron al asado a encontrar instancias superadoras a eso de que "todo bicho que camina va a parar al asador". Es que ya no hace falta que algo camine y diga "mu" para encon­trar espacioante las brasas: des­de pizzas hasta vegetales, todo puede ser asado, mal que le pese al gaucho más conservador. "El asado es una de las atraccio­nes turísticas de nuestro país", dijo el jefe de gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta es­ta semana, durante la presen­tación del que será el Primer Campeonato Federal de Asado, a disputarse el domingo 9 de oc­tubre ni más ni menos que en plena avenida 9 de Julio, donde competirán 24 de los mejores parrilleros del país. "Atrás, de la carne argentina hay mucho trabajo que tenemos que potenciar y el Campeonato es una excelente oportunidad para hacerlo. Si volvemos a estar entre los primeros expor­tadores del mundo y logramos que Buenos Aires sea la Capital GastronómicadeLatinoamérica habrán más fuentes de em­pleo para todos" agregó el vice- jefe de gobierno Diego Santilli. El asado es parte de la identi­dad argentina. Reúne en torno al fuego -a la usanza de las an­tiguas tribus- a familias y ami­gos. Es sin dudas federal e igua­litario, en estos tiempos, hasta para con los veganos. Se merecía, en definitiva, un gran evento. Y quizás, hasta se merezca un monumento.

¡A COMER! La Argentina es el país con mayor índice de consumo de carne vacuna per cápita en el mundo. En 2015 se estimó un consumo de unos 58 kg anuales de carne vacuna por persona. Le siguen Estados Unidos con 40 kg; Brasil con 35 kg; Austra­lia con 32 kg; Canadá con 30 kg y México con 20 kg, por persona. En el Primer Campeonato Federal del Asado se cocinarán tres cortes de carne: colita de cuadril, tira de asado y vacío. La elección se hizo por medio de las redes sociales de Parti­cipación Ciudadana.

NdeH: en el párrafo anterior hay un error de información. En los últimos años, Uruguay ha sido el país que más carne bovina consume en el mundo y aquí ni se lo menciona. Antes que el soberbio ex secretario de Comercio Guillermo Moreno hiciera que sus costos llegaran a la luna, llegamos a consumir la friolera de 71 Kg/habitante.año y vino otra historia. Lo pueden leer más abajo.


El gaucho poseía una predilección especial por la carne de vaca, las achuras y el costillar; en cambio, no se sentía demasiado atraído por el consumo de aves. Por Alejandro Schang Viton. Rincón Gaucho. La Nación Campo 25/03/2000.

En el transcurso de las generaciones, el "corazón" del argentino ha permanecido fiel al ritual del asado, ocupando un lugar destacado en nuestra cultura por todo lo que significa. Es parte de nuestra religión. Plato personal, si los hay, ha permitido a cada argentino expresar en él su creatividad e, históricamente, exhibir diversos métodos que conduzcan a la expresión "chuparse los dedos". O todo lo contrario, y ganarse muy mala fama.

Los primeros asados

Según estudiosos, antiguamente esta carne era ingerida sin sal, por no contar el gaucho con ella, y éste no bebía más que agua después de haber comido. Algunos datos aportados por la literatura gauchesca analizan el exigente paladar de nuestro criollo: "No le gustaban mucho las aves y bastante poco la carne de ternera". Tenía preferencia por la carne de vaca y separaba las achuras, los costillares y el matambre.

A partir del siglo XVIII, sus gustos fueron variando, y el rancho del gaucho fue poblándose de utensilios como tenedores, platos y el chifle, una cornamenta pequeña utilizada para conservar la bebida. Con la incorporación de las ollas en las viviendas rurales, la preparación del caldo se fue modificando. Antes se conseguía agregando pedacitos de carne dentro de un cuerno tapado, que el paisano arrojaba a las brasas y luego consumía.

Sabroso punto de referencia de nuestra más genuina tradición, el asado "con cuero" marca también un hito de nuestra cocina criolla. Cyro Bayo, lo considera "un plato criollo superior a todos los asados de la cocina europea". Este autor cita dos formas: al asador o con cuero. "El primero es de necesidad en la vida ordinaria y familiar; el segundo es de obligación en las grandes reuniones, fiestas populares, yerras, etcétera."

La carne se va "haciendo", a prudente distancia de los tizones prendidos, por la parte del cuero, a fuego lento. Hora tras hora, los encargados mateaban y "paveaban" a su alrededor, esperando que se "haga parejito".

"Al carnear se corta especialmente la carne para ser asada con cuero, separando las piezas con el cuero de la res, ya listas para asar", explica don Gregorio Brígida, asador del bar Los Hermanos, de El 43, provincia de Buenos Aires.

Asado con relaciones

Conversado como el "gato", el asado ha generado sus propios códigos, mientras se esgrimen los cuchillos a uno y otro lado, peleando por un bocado o un trozo de pan con grasa. Corre el vino y corre la "bota". El paisano solía decir durante un "asao": "Cortar grande es un engaño estando cerca del asador; quien corta chico, en dos viajes comerá de lo mejor". También era habitual oír en las mismas circunstancias: "Salió con caballo de tiro el paisano", aludiéndose a la persona glotona, que ha cortado para ella sola dos costillas en vez de una, como lo hacían todos.

Las modalidades para comer de los gauchos -en sus viajes o durante su trabajo campero- eran simples y primitivas. La carne asada, caliente o fría, con sorbos de mate amargo, tragos de ginebra o aguardiente eran lo característico de la frugal comida campera. La carne que se llevaba (bajo los cueros del recado o atada de los tientos) era luego ensartada en un palo fino y de longitud variable, clavándose cerca de las brasas. También se acostumbraba echar la carne directamente sobre las brasas; esta clase de asado se llamaba "charrusco". Durante la campaña del desierto, la ingesta de carne asada sobre las brasas, arrebatada y cubierta de ceniza provocó trastornos intestinales y disentería. Con el paso del tiempo, el charrusco fue reemplazado por el popular "churrasco".

El estimulante preferido por el gaucho, aseguran ciertos textos, era el ají de monte o "mala palabra", que era administrado con gran cuidado en las comidas por la sed que provocaba. Por su parte, los "salvajes pampas" se alimentaban durante las travesías con carne "sancochada", generalmente, de yeguas jóvenes y gordas. Los gauchos, en cambio, fueron aficionados a la carne de vacuno y lanar, pero, ante una emergencia, no dudaban en comer la dulzona carne de yeguarizo. El gaucho que partía con una docena de pingos llegaba a destino, a veces, sólo con la mitad. Generoso, a la hora de almorzar, no dudaba en compartir un asadito, al costado del camino, con otros de similar ventura.

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domingo, 12 de marzo de 2017

Paredes, carteles & bronces VII








  






1. Villa Gesell, Provincia de Buenos Aires, R.A. 
2. Argentinísimo Carlos Gardel. Cementerio de la Chacarita, ciudad de Buenos Aires, R.A. 
3. Recoleta, ciudad de Buenos Aires, R.A.
4. Castillo San Sebastián, Corral, Chile.
5 a 9. Australia (fotos gentileza de Laura Mz alias Lali)
10. El Portezuelo, Salta capital, R.A.
11. Homenaje al Cuchi Leguizamón en Salta capital, R.A.

sábado, 4 de febrero de 2017

Será por eso que te quiero tanto, Buenos Aires IV (2017)



Siempre tratando de agendarme los mejores espectáculos musicales que ofrece Buenos Aires, para demostrar la excelente disponibilidad cultural de mi ciudad y así decidir estratégicamente cuando y donde "pelar la billetera" para combatir el aburrimiento. Y agregando artículos interesantes que hablen de ella y los porteños. En este caso, dos videos divertidos que hallé en la web, de utilidad para gente que nos visite: uno que resume algunas particulares costumbres autóctonas y otro que compendia varios tics de nuestra ampulosa gestualidad. Siempre sin idealizar: no por nada un artista la bautizó como "la ciudad de la furia".

Más abajo, unos tours que te pasean por nuestros más emblemáticos estadios de fútbol. River Plate y Boca Juniors se llevan las palmas, claro, son los dueños del dinero, del marketing y la pasión masificada. Como corresponde, incluyen al "Palacio" Tomás A. Ducó, la clásica y elegante cancha de Parque Patricios, la del Club Atlético Huracán, el más auténticamente porteño y tanguero de todos. Horanosaurus. 

PD:  el compendio de mis amores y odios por Buenos Aires, en entradas anteriores:
Será por eso que te quiero tanto, Buenos Aires III




“Desandar la Ciudad de Buenos Aires es dejarse envolver por un remolino de sensaciones. Cualquiera podría preguntarse aquí, a orillas del histórico Río de la Plata, cómo es posible estar rodeado de rascacielos futuristas si apenas unas cuadras atrás parecía revivir la Buenos Aires colonial. Es que la capital argentina es un reflejo de los tiempos, las culturas y las vicisitudes que la atravesaron. Y que lo siguen haciendo, porque Buenos Aires está viva, latente, fluyendo y reinventándose. Su esencia urbana inspiró la obra de escritores de la talla de Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato o Julio Cortázar; pintores como Antonio Berni o Benito Quinquela Martín y las letras que cantó Carlos Gardel. Sus calles escucharon los discursos de Eva Perón, vitorearon el nombre de Diego Maradona, y celebraron hace muy poco tiempo la histórica elección de Jorge Bergoglio como pontífice de la Iglesia Católica. Sus barrios, en tanto, evocan el espíritu y la arquitectura de otras tierras imponiendo  al caminante sus aires de París, Génova o Madrid. Pero vale aclarar: nada en esta imponente ciudad es maquillaje ni se sustenta en el marketing. Cada rincón de Buenos Aires irradia un carácter propio, un etismo particular, que invita a ser descubierto paso a paso” (introducción de “Buenos Aires. Ciudades a pie”. Colección National Geographic, 2016.

ENERO 2017

Sin novedades (todos desertan de Buenos Aires durante enero!) 


Bill Frisell Trío en Argentina

FEBRERO 2017

Jue. 09-feb. Bill Frisell Trio. Centro Cultural Kirchner (CCK). Sala Sinfónica. 20 hs. Gratis.
Jue. 09-feb. Richard Coleman. Bebop Club. 21 hs.
Vie. 10-feb. Willy Crook. Bebop Club. 21 hs.
Sáb. 11-feb. Daniel Viglietti. Sala Caras y Caretas. 21 hs.
Dom. 12-feb. Fito Páez. Centro Cultural Konex. 20 hs.  
Vie. 17-feb. James Rhodes. La Usina del Arte. Auditorio. 20 hs. Gratis.
Sáb. 18-feb. Aca Seca. La Usina del Arte. Auditorio. 21 hs. Gratis.
Sáb. 18-feb. Pablo Ziegler Cuarteto. Usina del Arte. 19 hs. Gratis. 
Sáb. 18-feb. Aca Seca Trio. Usina del Arte. 21 hs. Gratis.
Dom. 19-feb. Nicolás Guerschberg Trio. Usina del Arte. 19 hs. Gratis.
Lu. 21-feb. al 02-abr. Henri Cartier-Bresson (exposición de fotografías). Usina del Arte. Martes a jueves de 14 a 19; viernes a domingos y feriados, de 12 a 21 hs. Gratis.
Jue. 23-feb. Rich Robinson (ex Black Crowe). Teatro Gran Rivadavia. 21 hs.
Vie. 24-feb. Fito Páez. Centro Cultural Konex. 20 hs. 
Sáb. 25-feb. Pablo Zieger Quartet. La Usina del Arte. Sala de Cámara. 19 hs. Gratis.
Dom. 26-feb. Ernesto Jodos Trio. La Usina del Arte. Sala de Cámara. 19 hs. Gratis. 
Ma. 28-feb. Mora Godoy. CCK. Sala Sinfónica. 20 hs. Gratis.



MARZO 2017

(dde) Jue. 09-mar. Cirque du Soleil ("Sép7imo día, no descansaré"). Luna Park. 
Jue. 09-mar. Charles Aznavour. Teatro Gran Rex. 21 hs.
Jue. 09-mar. Pedro Aznar. CCK. Sala Sinfónica. 20 hs. Gratis.
Sáb. 11-mar. Memphis La Blusera. Usina del Arte. 21 hs. Gratis.
Sáb. 11-mar. Roger Hodgson. Teatro Gran Rex. 21 hs.
Sáb. 11-mar. Vibraphonissimo. Centro Cultural Kirchner. Sala Argentina. 18 hs. Gratis.
Mié. 15-mar. Caetano Veloso y Teresa Cristina. Teatro Gran Rex. 21 hs.
Mié. 15-mar. La Filiberto con Hugo Fattoruso, Hnos. Greco y Barrio Sur.  CCK. Sala Sinfónica. 20 hs. Gratis.
Vie. 17-mar. Juan Luis Guerra (Todo tiene su hora Tour). Estadio GEBA.
Sáb. 18-mar. Escalandrum (interpretando obras de Mozart y Ginastera). Centro Cultural Kirchner. Sala Sinfónica. 20 hs. Gratis.
Sáb. 18-mar. Leo Masliah. Usina del Arte. 21 hs. Gratis.
Sáb. 18 y Dom. 19-mar. Carlos Vives. Teatro Gran Rex. 21 hs.
Dom. 19-mar. Hernán Jacinto Trío. CCK. Salón de Honor. 19 hs. Gratis.  
Mié. 22 a 30 de abril. Muestra interactiva Astor Piazzolla, el revolucionario del tango. CCK. Sala 613. Miércoles a domingos de 13 a 20 hs. Gratis. 
Sáb. 25-mar. Daniel Maza. CCK. Sala Argentina. 19 hs. Gratis.
Sáb. 25-mar. Dúo Orozco-Barrientos. CCK. Sala Sinfónica. 20 hs. Gratis.
Sáb. 25-mar. Divididos. Teatro Gran Rex. 21 hs.
Dom. 26-mar. Coro Polifónico Nacional. Usina del Arte. 14 hs. Gratis.
Vie. 31-mar. Orquesta de Tango de Buenos Aires. Usina del Arte. 21 hs. Gratis.
Vie. 31-mar.  Lollapalooza Argentina. Metallica, The XX, Rancid, Poncho y otros. Hipódromo de San Isidro.

ABRIL 2017

Sáb. 01-abr. Lollapalooza Argentina. The Strokes, Flume, The Weeknd, Duran Duran, Turf y otros. Hipódromo de San Isidro.
Sáb. 08-abr. James Taylor y Elton John. Hipódromo de Palermo. 18 hs.
Vie. 21-Sáb. 22-abr. Bryan Adams. Teatro Gran Rex. 21 hs.
Ma. 25-abr. Korn. Estadio Obras.



MAYO 2017

Jue. 04-may. Sting ("57th & 9th Tour"). Hipódromo de Palermo. 21 hs. 
Sáb. 06-may. Maximus Music Festival. Linkin Park, Slayer, Ghost, Rob Zombie y otros. Tecnópolis.

BONUS TRACK

Un nuevo tour que une dos pasiones argentinas: el fútbol y el barrio

Cinco horas en un micro con guía audiovisual y con paradas en las canchas de Boca, River, San Lorenzo, Huracán y Argentinos Juniors. Clarín 17/12/16. Por Verónica Frittaoni.


Un bus recorre cinco estadios icónicos de la ciudad para conocer su historia. Por Mauricio Gianbartolomei. La Nación Sábado 17/12/16.

"Una de las cosas que más llama la atención del viajero que llega a Buenos Aires es cómo todo el mundo tienen opinión definida sobre cualquier tópico que sea, y cómo, en cualquier parte y con vociferante vehemencia, las expresan, armando así las discusiones y polémicas que me parecen ser la forma de expresión más porteña que sea posible imaginar".  José Donoso, escritor chileno (1925-1996)
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viernes, 3 de febrero de 2017

Adiós, Comandante



Dijo alguno que murió el último líder del siglo XX, no habiendo sido Fidel Castro justamente producto de alguna potencia hegemónica. Fue un dirigente político devenido guerrillero y conductor de una pequeña isla, que se le plantó con su modesto pueblo al gendarme saqueador del planeta en busca de dignidad para los suyos y para los humildes del mundo. En su derrotero, títere o titiritero, llegó a poner a la tierra al borde de una nueva guerra mundial. 

Ante semejante noticia y como suele suceder siempre, todos opinamos con mayor o menor ligereza y ponemos al Comandante Castro en algún casillero. Un burgués porteño incapaz de donar sus zapatos usados subestima la cruzada del pueblo cubano. Un turista chupandín de las playas de Varadero opina lábilmente sobre su cultura. Un periodista de la CNN con traje de Armani vocifera sobre la libertad de expresión cercenada en la isla. Se suman los hipócritas que pagaron para asesinar a Castro en más de noventa intentos frustrados, o quienes festejaron su muerte. Pero ¿como un perseguido político del régimen cubano puede hallar feliz que se lo denomine "tirano encantador"? Ese fue el titular que usó una revista argentina en su análisis, para salvar las contradicciones del líder fallecido.

Yo, que lo admiré pero no puedo dejar de calificarlo como un dictador, simplemente agrego esta columna escrita por Alberto Amato en el diario Clarin del 26/11/16 porque la considero sumamente equilibrada y justa y me gustaría compartirla con mis amigos. Horanosaurus.

PD: "... difícil que lleguemos a ponernos de acuerdo". Ch.G.
Foto de arriba: Rogelio García Lupo con Fidel Castro en La Habana, años 60s. 

"¿Con qué moralidad pueden los líderes norteamericanos hablar de derechos humanos en un país donde hay millonarios y mendigos, donde los negros se enfrentan a la discriminación y grandes masas de chicanos, portorriqueños y latinoamericanos son rechazados, explotados y humillados? Aunque no estoy de acuerdo con todo lo que Fidel Castro hizo, hay una amplia razón por la que es vilipendiado en Estados Unidos y sigue siendo un gran héroe en el Tercer Mundo.  Por desafiar al imperialismo yankee por cincuenta años, organizando los mejores sistemas de salud, de inmunización infantil y alfabetización en Occidente (superando a Estados Unidos y Canadá), exportando doctores a países que lo necesitaban en todo el mundo (la administración Bush no aceptó su propuesta de enviar equipos con profesionales para ayudar en Nueva Orleans cuando ocurrió el huracán Katrina), y ser defensor de los pobres y explotados, no es sorpresa que millones de personas lamenten su muerte..." Tom Morello, músico norteamericano. Noviembre 2016.



Murió Fidel.

Fue uno de los líderes más relevantes del siglo XX. Gobernó con mano de hierro pero también supo negociar. Logró avances en su país en educación y salud. Pero la muerte lo sorprendió con la isla en una profunda crisis económica. Su cuerpo ya fue cremado y Cuba decretó nueve días de duelo. Clarín Domingo 27/11/16.

Gobernó Cuba con mano de hierro, y a veces también de seda, por más de medio siglo, tal vez uno de los más tumultuosos de la historia, transformó a esa isla, un “largo lagarto verde” al decir de Nicolás Guillén, en un país con identidad, con orgullo y con historia, sin índices de mortalidad infantil y con una enorme alfabetización en nada comparable con el treinta por ciento de analfabetismo que halló cuando tomó el poder por asalto en 1959. Pero a la vuelta de la historia, también la deja en medio de una crisis histórica con su economía acorralada.

Al mismo tiempo fue implacable durante ese medio siglo con los enemigos de su régimen, las cárceles se llenaron de presos políticos sobre todo en las últimas décadas, cuando la oposición se hizo más evidente y el modelo cubano mostró signos de resquebrajamiento; miles de cubanos fueron obligados a emigrar o lo hicieron en masa en las raras ocasiones en las que el régimen abrió las fronteras; pero otros que sí ansiaban dejar Cuba, no pudieron hacerlo y pasaron sus vidas en una especie de gigantesca cárcel sin barrotes rodeada de uno de los mares más bellos del mundo.

También mantuvo una férrea censura de prensa: las noticias llegaron siempre a Cuba a través de la agencia estatal Prensa Latina y del único diario editado en la isla, el Granma, que es también el órgano oficial del Partido Comunista Cubano. La mordaza se extendió incluso a Internet, cuyo uso para todos los cubanos fue habilitado recién en 2009.

En 1961 proclamó a Cuba como la primera república socialista de América, ató su destino al de la Unión Soviética y ancló la suerte del continente a los designios de la Guerra Fría con la enemiga complicidad de Estados Unidos, que jamás volvió a mirar hacia el sur del Río Grande si no por sobre sus charreteras de comandante supremo de las fuerzas armadas cubanas.

Afrontó, también durante más de medio siglo, el bloqueo comercial, industrial y cultural más feroz desatado alguna vez contra un país latinoamericano por parte de Estados Unidos, obedecido a ciegas, con excepciones honrosas, por todos los países del hemisferio que durante cincuenta años no vendieron ni una tuerca a Cuba y, ya en los albores del siglo XXI, se asombraron con candor, cuando no con hipocresía, de la mala calidad de vida de la isla.

Sobrevivió a once presidentes de Estados Unidos quienes, con mayor o menor intensidad, ansiaron verlo muerto e impulsaron, sostuvieron, idearon o toleraron un sinfín de aten- tados contra su vida llevados a cabo por la CIA, la Mafia estadounidense o los exiliados cubanos, por separado, a dúo o en criminal combinación.

Habló cara a cara con los líderes que ayudaron a construir el mundo de posguerra y el de la posmodernidad: Nehru, Nasser, Tito, Khruschev, Arafat, Indira Gandhi, Ben Bella, Salvador Allende, Brezhnev, Gorbachov, Jiang Zemin, Mitterrand, Juan Carlos I de España, entre otros, y con los papas Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco; intercambió con las más grandes personalidades de la cultura como Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Ernest Hemingway, de quien atesoraba una foto autografiada, Arthur Miller, Pablo Neruda, Jorge Amado, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y José Saramago.

Ejerció una enorme fascinación e influencia en la izquierda de América Latina que vio en él y en Cuba una luz y guía en el camino hacia el socialismo. Por lo mismo, fue execrado, maldecido y abominado por las derechas, que desataron una oposición visceral a cualquier intento de progresismo en el continente, o de mejorar su pobreza endémica, o de elevar su paupérrimo nivel de vida: cualquier medida en esa dirección fue tachada de subversiva. La guerra que desató esa ceguera fue, casi siempre, desembozada y sangrienta.

Tuvo con la Argentina una particular relación, signada por la figura de Ernesto “Che” Guevara y por cuatro visitas que hicieron historia. Si bien en los últimos años de su vida pensó, y dijo, que las ideas eran mejor que las armas, durante décadas sostuvo que las armas eran aptas para imponer las ideas: Cuba cobijó y dio entrenamiento a grupos guerrilleros de América Latina, en un intento de “exportar” su revolución; lo hizo en los mismos años que Estados Unidos exportaba su doctrina de la seguridad nacional y su teoría del dominó, entrenaba a represores de todo el continente en la Escuela de las Américas y financiaba y sostenía a los más sangrientos dictadores que padeció el continente. Al menos el líder cubano lo puso en claro con una lógica comunista de cemento armado: “Ellos internacionalizaron el bloqueo, nosotros internacionalizamos la guerrilla”.

Del otro lado llegó la réplica: “No vamos a permitir otro Castro en América”. Gustaba decir que, a su muerte, nada extraordinario sucedería en Cuba porque, en cincuenta años, su pueblo había adquirido un altísimo grado de cultura y concientización políticas. Esta última profecía late ahora al cobijo de un enorme signo de interrogación, porque quien la reveló acaba de entrar en la historia grande y polémica de un hemisferio que él mismo ayudó a tallar, no con la musicalidad hispánica de sus apellidos, Castro Ruz, sino con la contundencia rítmica de un nombre que ya es leyenda: Fidel.

Nació el 13 de agosto de 1926 en Birán, al este de la isla en la hoy provincia de Holguín. Su padre, un emigrante gallego convertido en terrateniente, se casó con Lina Ruz, una campesina cubana. Fidel estudió poco tiempo con los sacerdotes lasallanos y luego con los jesuitas, en el Colegio de Dolores de Santiago y en la Preparatoria de Belén, en La Habana. Cuando tenía ocho años, Cuba cayó en manos de Fulgencio Batista, un sargento taquígrafo devenido en coronel, que rigió los destinos de Cuba con la ayuda de Estados Unidos durante un cuarto de siglo.

En 1945 empezó a estudiar derecho en la Universidad de La Habana con la idea de luchar contra la dictadura de Batista. Pero dos años después empuñó las armas para viajar a Santo Domingo en una frustrada intentona de derrocar a otro dictador, Rafael Trujillo. Tenía 23 años cuando viajó a Colombia como delegado de la IX Conferencia Interamericana de la Federación de Estudiantes Universitarios.

Tuvo suerte de regresar con vida: acorralado por los disturbios del Bogotazo, la pueblada que siguió al asesinato del líder liberal colombiano Jorge Eliécer Gaitán, Castro fue llevado al aeropuerto y embarcado a Cuba por otros jóvenes estudiantes entre los que estaba el argentino Antonio Cafiero, según relató el propio Cafiero.

Se recibió de Doctor en Derecho Civil y Licenciado en Derecho Diplomático en 1950, después de fundar el Partido Ortodoxo que lideró desde 1952. Para entonces ya estaba casado con Mirta Díaz Balart, con quien tuvo un hijo, Fidel, nacido en 1949. Cuba era en los años 50 un satélite virtual de Estados Unidos que importaba de la isla casi toda su producción azucarera, cuya producción y comercialización controlaba a través de once compañías. Las empresas norteamericanas manejaban el 48% de las tierras cultivables, el 90% de la electricidad y de las redes telefónicas, el 70% de la producción petrolera y el 100% de la producción de níquel; cuatro mil personas eran dueñas de más de la mitad del territorio cubano, según un censo de 1945. La Mafia estadounidense manejaba los casinos, burdeles y hoteles de Cuba y los dividendos que dejaba el juego, la prostitución y el tráfico de drogas. Cuba era, en frases de la época, el patio trasero de Estados Unidos.

Castro y un grupo de jóvenes del Partido del Pueblo Cubano, ex Partido Ortodoxo, decidieron tomar las armas contra Batista. El 26 de julio de 1953 intentaron copar, al mando de Fidel, el cuartel militar de Moncada y el de Bayazo, a 150 kilómetros el uno del otro. Fue un desastre. Faltos de preparación militar, de armas, de dinero y de experiencia, los rebeldes sufrieron decenas de muertos. El resto, los que no fueron asesinados en la tortura, fueron a parar a la cárcel. Castro fue su propio defensor. En octubre de ese año, lanzó su célebre alegato que pasó a la historia por su rotunda frase final: “Condenenme, no importa: la Historia me absolverá”.

Allí trazó un fresco de la realidad social de Cuba: “(?) De tanta miseria sólo es posible liberarse con la muerte; y a eso sí los ayuda el Estado: a morir. El noventa por ciento de los niños del campo está devorado por parásitos que se les filtran desde la tierra por las uñas de los pies descalzos. (?) Crecerán raquíticos, a los treinta años no tendrán una pieza sana en la boca, habrán oído diez millones de discursos y morirán al fin, en la miseria y la decepción”.

Lo condenaron a quince años de cárcel en Isla de Pinos, a donde fue a parar junto a su hermano Raúl, cinco años menor, y a otros dieciocho rebeldes. En prisión se divorció de su mujer y formó el “Movimiento 26 de Julio”, en honor a la fecha del asalto al Moncada. El 15 de mayo de 1955 se acogió a una amnistía presidencial y se exilió en México, donde conoció a Ernesto Guevara, que había llegado tras huir de Guatemala luego del golpe militar pro norteamericano que Cuba . Conmoción en la isla derrocara en 1954 a Jacobo Arbenz.

El 25 de noviembre de 1956, Fidel, Raúl, el Che y otros 80 revolucionarios abordaron el yate Granma con rumbo a Cuba y con la idea de instalar un foco guerrillero para derrocar a Batista. Fue otro desastre: el barco encalló, el grupo perdió parte de sus provisiones y el ejército de Batista los ametralló con especial dedicación.

Los sobrevivientes, entre ellos los hermanos Castro, Guevara y Camilo Cienfuegos se internaron en la Sierra Maestra y lanzaron una guerra de guerrillas. El 1 de enero de 1959, barbados, con trajes de fajina sucios y en tanques del ejército de Batista que había huido al extranjero el día anterior, los rebeldes castristas entraron en La Habana y Fidel se convirtió en primer ministro y comandante de las fuerzas armadas.

Hasta llegar al poder, Castro se cuidó mucho de revelar sus convicciones marxistas. Pero Estados Unidos nunca confió del todo en las intenciones de los “barbudos de La Habana”, aunque reconoció al nuevo gobierno revolucionario. A los ojos del mundo Castro aparecía como un líder liberal, una especie de héroe jovencísimo (tenía 33 años en 1959), romántico e idealista. Como tal fue recibido en Uruguay, Venezuela y Argentina, adonde llegó en mayo de 1959. Para entonces, ya había desatado una serie de juicios populares sumarísimos contra antiguos miembros del régimen batistiano, muchos fueron fusilados.

En la Argentina, donde todavía era fuerte la huella de la Revolución Libertadora que había fusilado a un grupo de civiles y militares en 1956, Castro fue recibido casi como un héroe bajo el gobierno de Arturo Frondizi. En abril de 1959 viajó a Washington donde lo recibió el vicepresidente Richard Nixon que sería en los años 70, ya presidente de Estados Unidos, uno de sus más fervorosos enemigos.

En los inicios de su gobierno, Castro impuso una serie de políticas para terminar con el analfabetismo, aumentar los niveles de salud y sancionar una reforma agraria; expropió las empresas extranjeras entre las que estaban la mítica United Fruit y las refinerías de Texas Oil Company, Shell y Esso. Estados Unidos reaccionó con una drástica reducción de la cuota de importación de azúcar y las relaciones entre los dos países empezaron a resquebrajarse.

Además, estaban las armas. Castro las necesitaba para sostener su proceso revolucionario. La URSS, expectante todavía con el proceso cubano, autorizó la primera entrega de material bélico a través de Checoslovaquia. En septiembre de 1960, dos meses después de nacionalizar las empresas norteamericanas de Cuba, Castro volvió a viajar a Estados Unidos para la Asamblea anual de la ONU. El ambiente fue de tal hostilidad que le negaron hospedaje en los hoteles de Manhattan y se instaló en un hotel del barrio negro de Harlem, el Theresa, que pasó a la historia por el abrazo que en la puerta se dieron Fidel y el premier soviético Nikita Khruschev.

El 3 de enero de 1961, Cuba y EE.UU. rompieron relaciones diplomáticas. La ruptura total se produjo en abril de 1961, luego de que el flamante gobierno de John Kennedy apoyara una vieja idea de Eisenhower: invadir Cuba. La invasión a Bahía de Cochinos, encarada por cubanos opositores y mercenarios, resultó un fiasco. Los servicios secretos cubanos estaban al tanto de la operación y Castro se puso al frente de la represión que terminó con varios invasores muertos y más de mil presos. Poco después, Fidel anunció que Cuba pasaba a ser la primera república socialista de América y en diciembre de ese año admitió lo que ya era: se declaró marxista leninista.

Cuba fue expulsada de la OEA en la reunión de cancilleres de Punta del Este, de enero de 1962; Castro creyó entonces que podía y debía “exportar” su revolución y la guerrilla al resto de América Latina; la decisión favoreció el desarrollo y crecimiento de los partidos y grupos armados de izquierda, pero también impulsó el endurecimiento de los gobiernos de la región, la proliferación de bandas paramilitares y abrió las puertas a una violencia que iba a arrasar parte del continente. Kennedy ordenó el bloqueo económico de Cuba y, ante la certeza de otra posible invasión, Fidel pidió, y obtuvo de la URSS, misiles balísticos que apuntó hacia Miami y hacia Washington. La crisis de “los misiles cubanos” estalló en octubre de 1962, puso al mundo al borde de una guerra nuclear y terminó cuando Kennedy decretó el bloqueo militar de Cuba y Khruschev retiró los emplazamientos misilísticos. Por el acuerdo, EE.UU. también retiró los que había colocado en Turquía apuntando a la URSS.

Miles de cubanos, muchos de ellos sostenedores de la Revolución en sus inicios, huyeron a los Estados Unidos que alentó por décadas esa emigración, favoreció la entrega de visas automáticas, trató con algodones a los secuestradores de aviones que los desviaban de su ruta original hacia Florida e integró a los opositores a Castro en organizaciones vinculadas a la CIA que pugnaron por derrocarlo o asesinarlo.

Uno de los primeros focos guerrilleros exportados por Cuba tuvo como destino la Argentina. Estuvo al mando de Jorge Masetti, periodista, fundador de la agencia cubana de noticias Prensa Latina, que había llegado a la isla como enviado de Radio El Mundo para cubrir la aventura revolucionaria de los “barbudos”. Según reveló Castro al periodista español Ignacio Ramonet para su “Fidel Castro – Biografía a dos voces”, Guevara le había hecho un pedido especial ya a mediados de los ‘50, antes de embarcarse en el Granma: “Fidel – dice Castro que le dijo Guevara –, yo, lo único que quiero es que, cuando triunfe la Revolución en Cuba, por razones de Estado ustedes no me prohiban ir a Argentina a hacer la revolución”. Palabras más o menos, lo mismo le iba a decir Guevara a Frondizi en su entrevista de agosto de 1961 en la residencia de Olivos. Masetti formó el EGP, Ejército Guerrillero del Pueblo, que sucumbió en 1964: algunos de sus miembros, Masetti incluido, se perdieron en la selva salteña y es posible que hayan muerto de hambre.

Castro visitó la URSS en 1963 y 1964, fue declarado Héroe de la Unión Soviética por Khruschev. Al año siguiente Guevara renunció a sus cargos en el gobierno cubano e inició su aventura guerrillera en el sur de América Latina. Fue capturado y asesinado dos años después, en octubre de 1967. En los años 70 el régimen de Castro revisó la estructura económica de la Revolución y estrechó aún más sus lazos con la URSS, recibió al socialista Salvador Allende, que encarnaba en Chile “la vía pacífica al socialismo”, ahogada luego por un golpe ordenado por Richard Nixon y apoyado por Henry Kissinger.

Cuba supo de un breve renacer de sus relaciones con los países latinoamericanos cuando Fidel hizo un histórico viaje al Chile de Allende en 1971 y cuando, en 1973, el flamante gobierno argentino de Héctor Cámpora reanudó las relaciones diplomáticas y comerciales con la isla encaradas por el ministro de Economía de Cámpora, José Ber Gelbard, un comunista en secreto. Todo duró nada. La caída de las democracias del sur de América, su reemplazo por dictaduras sangrientas en Brasil, Chile, Argentina, Uruguay, más los dictadores vitalicios como el paraguayo Alfredo Stroessner o el nicaragüense Anastasio Somoza, dejaron a Cuba más aislada, más lejana.

En 1974 las primeras elecciones desde la Revolución, que Castro había prometido inmediatas en 1959, le dieron el triunfo y, dos años más tarde, un referéndum aprobó la primera Constitución Socialista del Estado, promulgada por el I Congreso del PC cubano. En 1977, con la asunción en EE.UU. del demócrata James Carter, los dos países reanudaron parte de sus relaciones hechas pedazos e instalaron “oficinas de intereses”. En la práctica, obraban como virtuales embajadas.

Para entonces hacía ya dos años que fuerzas cubanas luchaban en favor de la independencia de Angola contra tropas del Zaire y de Sudáfrica; dos años más tarde, colaboraron en Etiopía y Somalía. Cuba envió también ayuda de todo tipo al triunfante Frente Sandinista de Liberación nicaragüense, que en 1979 derrocó a Somoza. Y, mientras el gobierno de Ronald Reagan canjeaba con su “enemigo” Irán armas por dinero para solventar a la “contra” nicaragüense, Cuba extendía su ayuda logística y militar a El Salvador, Guatemala y Honduras en una reedición atenuada de la “guerra fría latinoamericana” de los años 60 y 70. En 1980, en uno de los hechos más espectaculares y dramáticos del exilio cubano, reivindicado hoy por la comunidad homosexual de ese país, perseguida por el castrismo, cerca de diez mil personas ocuparon la embajada de Perú y exigieron salir de la isla. Castro habilitó el puerto de Mariel para un éxodo masivo de cerca de ciento veinticinco mil cubanos que se instalaron en el sur de Miami.

La caída del Muro de Berlín en 1989 y de la URSS dos años después, dejaron a Cuba en el desamparo y librada a su suerte. Castro ensayó una serie de medidas económicas para aliviar la crisis. También en 1989 el régimen cubano fusiló al general Arnaldo Ochoa y a otros tres oficiales del ejército, involucrados en el tráfico de drogas y con peligrosa relación con el entonces jefe del cartel de Cali, Pablo Escobar Gaviria.

A mediados de los años 90, más de treinta mil “balseros” cubanos se lanzaron a las aguas en cualquier cosa que flotara con tal de alcanzar las costas estadounidenses; la crisis econó- mica, la falta de insumos, de recursos y de tecnología, el atraso de un país entero encerrado en una postal de los años 50, profundizaron el descontento y la decepción que Castro siempre atenuó con elogios desmesurados –a partir de hoy se sabrá si justificados– hacia la conciencia social y política de su pueblo. A mediados de los 90 Castro intentó adaptar a Cuba a los nuevos tiempos, sin desviar el rumbo de su revolución.

Al menos así lo expresó en el largo discurso que pronunció en Nueva York durante la celebración del 50 aniversario de la ONU. Aún así, Estados Unidos no dio respiro y ese mismo año promulgó la Ley Helms Burton que obstaculizaba las inversiones extranjeras en Cuba. En 1998, tal vez como símbolo de una relativa apertura, Fidel recibió en La Habana al Papa Juan Pablo II que demandó mayor libertad religiosa: “Que Cuba se abra con todas sus magníficas posibilidades al mundo y que el mundo se abra a Cuba”, dijo el Pontífice en el inicio de una gira de cinco días que estremecieron a la isla.

Desde ese día, Castro impulsó “la unidad entre cristianos y marxistas para alcanzar el socialismo”. El resto es historia reciente. El final de las dictaduras en el continente, la irrupción de Hugo Chávez en Venezuela, las inversiones españolas y de otros países aliviaron en parte el aislamiento cubano. Fidel viajó a Francia, Italia, España, Portugal, Colombia, México, Venezuela y América Central, capeó el temporal publicitario que desató en 2000 el caso del chico Elián González y empezó a padecer sus primeros achaques: mareos y desvanecimientos lo alejaron en parte de sus kilométricos discursos públicos, que fueron durante cinco décadas parte de su sello personal.

En 2003 volvió a la Argentina para la asunción de Néstor Kirchner y dio un discurso en las escalinatas de la Facultad de Derecho seguido por miles de jóvenes, su público preferido. En 2004 Castro tropezó y cayó cuando bajaba de un estrado en Santa Clara y se fracturó la rodilla izquierda y el húmero derecho, diagnóstico que él mismo dio tendido en el piso y mientras lo auxiliaban. En 2006 una hemorragia intestinal lo puso al borde de la muerte y dos años después traspasó sus poderes a su hermano Raúl “para perfeccionar el socialismo”. Poco despues dejaría definitivamente la presidencia.

Pero el socialismo necesitaba algo más que ser perfeccionado: estaba cayendo a pedazos al soplo de los nuevos vientos que batían el mundo. Dos figuras internacionales ayudaron a romper el aislamiento internacional de Cuba: el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, el primer afronorteamericano en llegar a la Casa Blanca, y el argentino Jorge Bergoglio, convertido ya en papa Francisco, el primero de América Latina, con lo que Cuba quedó de nuevo enlazada a nuestro país.

En 2015 las tirantes cuerdas que maniataban a Cuba y a EE.UU., empezaron a aflojarse, aherrojadas como estaban por el óxido de más de medio siglo de fanatismo e incomprensión. En abril, durante la VII Cumbre de las Américas celebrada en Panamá, Raúl Castro y Obama intercambiaron cautos saludos y cuidadosos discursos. El norteamericano prometió pedir a su Congreso el levantamiento del bloqueo y borrar a Cuba del listado de países terroristas. Castro auguró un diálogo profundo “dentro de nuestras profundas diferencias”.

En septiembre de ese año, Francisco viajó a Cuba y a Washington, en una gestión clave para terminar con el hielo entre los dos países. Por fin, en marzo de este año, Obama se convirtió en el primer presidente norteamericano en visitar La Habana en casi un siglo. Dijo lo que había ido a decir: “Vengo a enterrar los vestigios de la Guerra Fría”. Tendió puentes, desafió al régimen a abrir el juego político y a los cubanos jóvenes a ser el motor de una futura democracia. Fue, tal vez, un instante cumbre como el hemisferio no vivía en más de sesenta años. Fiel a su estilo, Fidel volvió a aparecer en público en abril para lanzar una bravata en respuesta a la chicana de Obama: “No necesitamos que el imperio nos regale nada”, dijo.

El gran poeta comunista chileno Pablo Neruda, amigo de Fidel, decía que le constaba por experiencia propia que los cisnes no cantan antes de morir. Pero la última reflexión de Castro, escrita para el periódico oficial, y único, de Cuba, fue de algún modo su postrer y retórico grito de guerra. Semanas más tarde, a punto de alcanzar en agosto los noventa años, admitió por fin una dolorosa certeza: “A todos nos llega la hora”. Finalmente, la muerte sorprendió a ese trueno del Caribe en plena calma.

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