domingo, 26 de agosto de 2012

La agricultura en el imperio inca



Gómez Suárez de Figueroa, apodado Inca Garcilaso de la Vega (Cusco-Perú 1539, Córdoba-España 1616) fue el primer mestizo notorio de América, hijo de Isabel Pailla Chimpu Ocllo -una princesa de la nobleza incaica, nieta del Inca Tupac Yupanqui y sobrina del Inca Huayna Capac- y del capitán español Sebastián Garcilaso de la Vega Vargas, primo del famoso dramaturgo español homónimo. Nació en Cusco (la ciudad habitada más antigua de toda América) siete años después de la invasión europea. A la muerte de su padre, a los 20 años viajó a España y allí lo educaron católicamente, pero nunca más pudo volver a su tierra natal. Hizo una carrera militar y después la abandonó para dedicarse a los estudios y a la escritura, siempre en tensión constante entre el amor por su nueva patria, su inserción como mestizo y la admiración por sus antepasados indígenas. Se pasó gran parte de su vida reclamando a las autoridades españolas por viejos derechos nobles perdidos en la tierra que debió abandonar. Escribió, entre otras obras, sus famosos "Comentarios reales de los Incas" –publicados en 1609- pisando los sesenta años, en base a sus propias vivencias, la ayuda de su memoria, los relatos de sus parientes, compilando información con conocidos y valiéndose de otros autores. Consta de una primera parte referida a hechos de los incas y su civilización y una segunda, acerca de la conquista y las guerras civiles. Post-mortem se publica su “Historia general del Perú” (1617), pensado como continuación de aquella obra. Ambas están compuestas por muchos tomos. A raíz del alzamiento del Inca Tupac Amaru II, en 1782, el rey Carlos III desde la metrópoli prohibió se difundieran los “Comentarios reales..” por enseñar a los naturales “cosas inconvenientes”. Se dice que José de San Martín quiso reimprimirlo en 1814 pero no pudo hacerlo. Recién se publicó en nuestro continente en 1918.

No soy historiador ni erudito, solo un aficionado al tema y como tal temo equivocarme, pero me parecen acertadas las afirmaciones sobre el altísimo valor de las narraciones de inca Garcilaso de la Vega sobre la cultura del imperio inca que los españoles y sus fervientes aliados indígenas destruyeron (1). Los nativos no tenían escritura, por lo cual esos  relatos acerca de los usos y costumbres de sus antepasados son un testimonio de primera mano invaluable. No dejo de tener en cuenta -para intentar ser equilibrado y precavido- la opinión de un respetado periodista y escritor, Federico B. Kirbus, que los consideró algo fantasiosos, a veces exagerados y sin espíritu crítico.   Reproduzco aquí una selección de párrafos de Garcilaso referidos a la tenencia de la tierra, la forma de hacer agricultura, como aplicaban riego y fertilizaban. Resulta increíble ver el conocimiento que poseía la cultura inca. Lo complemento con algunas fotos y dibujos pescados en la web, que ilustrarán lo que leen. Horanosaurus. 




Andenes de cultivo.

COMO ACRECENTABAN Y REPARTIAN LAS TIERRAS A LOS VASALLOS


"Habiendo conquistado el Inca cualquiera reino o provincia y dado asiento en el gobierno de los pueblos y vivienda de los moradores, conforme a su idolatría y leyes, mandaba que se aumentasen las tierras de labor, que se entiende las que llevaban maíz, para lo cual mandaba traer los ingenieros de acequias de agua, que los hubo famosísimos, como lo muestran hoy sus obras, así las que se han destruído, cuyos rastros se ven todavía, como las que viven. Los maestros sacaban las acequias necesarias, conforme a las tierras que había de provecho, porque es de saber que por la mayor parte toda aquella tierra es pobre de tierras de pan, y por esto procuraban aumentarlas todo lo que les era posible. Y porque por ser debajo de la tórrida zona tienen necesidad de riego, se lo daban con gran curiosidad, y no sembraban grano de maíz sin agua de riego. También abrían acequias para regar las dehesas, cuando el otoño detenía sus aguas, que también quisieron asegurar los pastos como los sembrados, porque tuvieron infinito ganado. Estas acequias para las dehesas se perdieron luego que los españoles entraron en la tierra, pero viven hoy los rastros dellas.

Sacadas las acequias, allanaban los campos y los ponían de cuadrado para que gozasen bien del riego. En los cerros y laderas que eran de buena tierra hacían andenes para allanarlas, como hoy se ven en el Cuzco y en todo el Perú. Para hacer estos andenes echaban tres muros de cantería fuerte, uno por delante y dos por los lados, algo pendientes adentro (como son todas las palabras que labran), para que puedan sufrir el de las paredes. Pasado el primer andén, hacían luego otro menor, y adelante de aquél otro más chico. Y así iban ganando todo el cerro poco a poco, allanándolo por sus andenes a manera de escalera, gozando de toda la tierra que era buena para sembrar y que se podía regar. Donde había peñascales pesa de la tierra que les arriman hasta emparejar con lo alto quitaban las penas y llevaban tierra de otra parte para hacer andenes y aprovechar aquel sitio, por que no se perdiese. Los andenes primeros eran grandes, conforme a la disposición del sitio, anchos y largos de ciento y de doscientas y trescientas, más o menos, hanegas de sembradura, y los segundos eran menores, y así iban disminuyéndose como iban subiendo, hasta los postreros que venían a ser de dos o tres hiladas de maíz. Tan aplicados como esto fueron los Incas en lo que era aumentar tierras para sembrar el maíz. En muchas partes llevaron quince y veinte leguas una acequia de agua para regar muy pocas hanegas de tierra de pan, por que no se perdiesen.

Habiendo aumentado las tierras, medían todas las que había en toda la provincia, cada pueblo de por sí, y las repartían en tres partes: la una para el Sol y la otra para el Rey y la otra para los naturales. Estas partes se dividían siempre con atención que los naturales tuviesen bastantemente en que sembrar, que antes les sobrase que les faltase. Y cuando la gente del pueblo o provincia crecía en número, quitaban de la parte del Sol y de la parte del Inca para los vasallos; de manera que no tomaba el Rey para sí ni para el Sol sino las tierras que habían de quedar desiertas, sin dueño. Los andenes por la mayor parte se aplicaban al Sol y al Inca, porque los había él mandado hacer. Sin las tierras del maíz que se regaba, repartían otras que no alcanzaban riego, en las cuales sembraban de sequero otras semillas y legumbres como son de mucha importancia, como es la que llaman papa y oca y añus, las cuales tierras también se repartían por su cuenta, y, porque eran estériles por falta de riego, no las sembraban más de un año o dos, y luego repartían otras y otras, por que descansasen las primeras; desta manera traían en concierto sus tierras flacas, para que siempre les fuesen abundantes.

Las tierras del maíz las sembraban cada año, porque, como las beneficiaban con agua y estiércol como una huerta, les hacían llevar siempre fruto. Con el maíz sembraban una semilla que es casi como arroz, que llaman quinua, la cual también se da en las tierras frías (2).



Ilustraciones de Guamán Poma de Ayala sobre la agricultura en el imperio inca (*)

LA CANTIDAD DE TIERRA QUE DABAN A CADA INDIO Y COMO LA BENEFICIABAN

Daban a cada indio un tupu, que es una hanega de tierra, para sembrar maíz; empero, tiene por hanega y media de las de España. También llaman tupu a una legua de camino, y lo hacen verbo y significa medir, y llaman tupu a cualquiera medida de agua o de vino o de cualquiera otro licor, y a los alfileres grandes con que las mujeres prenden sus ropas cuando se visten. La medida de las semillas tienen otro nombre, que es poccha, quiere decir hanega.

Era bastante un tupu de tierra para el sustento de un plebeyo casado y sin hijos. Luego que los tenía le daban para cada hijo varón otro tupu, y para las hijas a medio. Cuando el hijo varón se casaba le daba el padre la hanega de tierra que para su alimento había recibido, porque echándolo de su casa no podía quedarse con ella.

Las hijas no sacaban sus partes cuando se casaban, porque no se las habían dado para dote, sino para alimentos, que habiendo de dar tierras a sus maridos no las podían ellas llevar, porque no hacían cuenta de las mujeres después de casadas, sino mientras no tenían quien las sustentase, como era antes de casada y después de viudas. Los padres se quedaban con las tierras si la habían menester; y si no, la volvían al consejo, porque nadie las podía vender ni comprar.

Al respecto de las tierras que daban para sembrar el maíz, repartían las que daban para sembrar las demás legumbres que no se regaban.

A la gente noble, como eran los curacas, señores de vasallos, les daban tierras conforme a la familia que tenían de mujeres e hijos y concubinas, criados y criadas. A los Incas, que son los de la sangre real, daban al mismo respecto, dondequiera que vivían, de lo mejor de la tierra; y esto era sin la parte común que todos ellos tenían en la hacienda del Rey y en la del Sol, como hijos déste y hermanos de aquél.

Estercolaban las tierras para fertilizarlas, y es de notar que en todo el valle del Cuzco, y casi en toda la serranía, echaban al maíz estiércol de gente, porque dicen que es el mejor. Procúranlo haber con gran cuidado y diligencia, y lo tienen enjuto y hecho polvo para cuando hayan de sembrar maíz. En todo el Collao, en más de ciento y cincuenta leguas de largo, donde por ser tierra muy fría no se da el maíz, echan, en las sementeras de las papas y las demás legumbres, estiércol de ganado; dicen que es  de más provecho que otro alguno.

En la costa de la mar, desde más abajo de Arequipa hasta Tarapaca, que son más de doscientas leguas de costa, no echan otro estiércol sino el de los pájaros marinos, que los hay en toda la costa del Perú grandes y chicos, y andan en bandas tan grandes que son increíbles si no se ven. Crían en unos islotes despoblados que hay por aquella costa, y es tanto el estiércol que en ellos dejan, que también es increíble: de lejos parecen los montones de estiércol puntas de alguna sierra nevada. En tiempo de los Reyes Incas había tanta vigilancia en guardar aquellas aves, que al tiempo de la cría a nadie era lícito entrar en las islas, so pena de la vida, porque no las asombrasen y echasen de sus nidos. Tampoco eran lícito matarlas en ningún tiempo, dentro ni fuera de las islas, so la misma pena.

Cada isla estaba, por orden del Inca, señalada para tal o tal provincia, y si la isla era grande, la daban a dos o tres provincias. Poníanles mojones por que los de la una provincia no se entrasen en el distrito de la otra; y repartiéndola más en particular, daban con el mismo límite a cada pueblo su parte y a cada vecino la suya, tanteando la cantidad de estiércol que había menester, y, so pena de muerte, no podía el vecino de un pueblo tomar estiércol del término ajeno, porque era hurto, ni de su mismo término podía sacar más de la cantidad que le estaba tasada conforme a sus tierras, que le era bastante, y la demasía le castigaban por el desacato. Ahora, en estos tiempos, se gasta de otra manera. Es aquel estiércol de los pájaros de mucha fertilidad.

En otras partes de la misma costa, como en las hoyas de Atica, Atiquipa, Uillacori, Malla y Chillca y otros valles, estercolan con cabezos de sardinas; y no con otro estiércol. Los naturales destas partes que hemos nombrado y de otras semejantes viven con mucho trabajo, porque no tienen riego de agua, de pie ni llovediza, porque, como es notorio, en más de setecientas leguas de largo de aquella costa no llueve jamás, ni pasan los ríos por aquellas regiones que hemos dicho. La tierra es muy caliente y toda arenales; por lo cual los naturales, buscando humedad suficiente para sembrar el maíz, acercan sus pueblos no más que pueden a la mar y apartan la arena superficial que está sobre la haz de la tierra, y ahondan en partes un estado y en partes dos, y más y menos, hasta llegar al peso del agua de la mar. Y por eso las llamaron hoyas los españoles: unas son grandes y otras chicas; las menores tendrán a media hanega de sembradura, y las mayores a tres y a cuatro hanegas. No las barbechan  ni cosechan, porque no la han menester. Siémbranlas con estacas gruesas a compás y medida, haciendo hoyos, en los cuales entierran las cabezas de las sardinas, con dos o tres granos de maíz dentro dellas. Este es el estiércol que usan echar en las sementeras de las hoyas, y otro cualquiera dicen que antes daña que aprovecha. Y la providencia divina, que en toda cosa abunda, provee a los indios y a las aves de aquella costa con que la mar, a sus tiempos, eche de sí tanta cantidad de sardina viva, que haya para comer y estercolar sus tierras y para cargar muchos navíos si fuesen a cogerlas. Algunos dicen que las sardinas salen huyendo de las lizas y de otros pescados mayores que se las comen; que sea de la una manera o de la otra, es provecho de los indios, para que tengan estiércol. Quien haya sido el inventor destas hoyas, no lo saben decir los indios; debiólo de ser la necesidad, que aviva los entendimientos, que, como hemos dicho, en todo el Perú hay gran falta de tierras de pan; puédese creer que harían las hoyas como hicieron los andenes. De manera que todos universalmente sembraban lo que habían menester para sustentar sus casas, y así no tenía necesidad de vender los bastimentos ni de encarecerlos, ni sabían que cosa era carestía.




Arriba: acueductos en Tipon y reservorios de agua en Nazca (Perú).

El orden que tenían en labrar las tierras

En el labrar y cultivar la tierra también había orden y concierto. Labraban primero las del Sol, luego las de las viudas y huérfanos y de los impedidos por vejez o por enfermedad: todos éstos eran tenidos por pobres, y por tanto mandaba el Inca que les labrasen las tierras. Había en cada pueblo, o en cada barrio, si el pueblo era grande, hombres diputados solamente para hacer beneficiar las tierras de los que llamamos pobres. A estos diputados llamaban llactacamayu, que es regidor del pueblo. Tenían cuidado, al tiempo de barbechar, sembrar y coger los frutos, subirse de noche en atalayas o torres que para este efecto había hechas, y tocaban una trompeta o caracol para pedir atención, y a grandes voces decían: “A día se labran las tierras de los impedidos; acuda cada uno a su pertinencia”. Los vecinos de cada colación ya sabían, por el padrón que estaba hecho, a cuáles tierras habían de acudir, que eran las de sus parientes o vecinos más cercanos. Era obligado cada uno a llevar de comer para sí lo que hacía de comer en su casa, por que los impedidos no tuviesen cuidado de buscarles comida. Decían que a los viejos, enfermos, viudas y huérfanos les bastaba su miseria, sin cuidar de la ajena. Si los impedidos no tenían semilla, se la daban de los pósitos, de los cuales diremos adelante. Las tierras de los soldados que andaban ocupados en la guerra también se labraban por consejo, como las tierras de las viudas, huérfanos y pobres, que mientras los maridos servían en la milicia las mujeres entraban en la cuenta y lista de las viudas, por el ausencia dellos. Y así se les hacía este beneficio como a gente necesitada. Con los hijos de los que morían en la guerra tenían gran cuidado en la crianza dellos, hasta que los casaban.

Labradas las tierras de los pobres, labraba cada uno las suyas, ayudándose unos a otros, como dicen, a tornapeón. Luego labraban las del curaca, las cuales habían de ser las postreras que en cada pueblo o provincia se labrasen. En tiempo de Huaina Cápac, en un pueblo de los Chachapuyas, porque un indio regidor antepuso las tierras del curaca, que era su pariente, a las de una viuda, lo ahorcaron, por quebrantador del orden que el Inca tenía dado en el labrar de las tierras, y pusieron la horca en la misma tierra del curaca. Mandaba el Inca que las tierras de los vasallos fueran preferidas a las suyas, porque decían que de la prosperidad de los súbditos redundaba el buen servicio para el Rey; que estando pobres y necesitados, mal podían servir en la guerra ni en la paz.

Las últimas que labraban eran las del Rey; beneficiábanlas en común; iban a ellas y a las del Sol todos los indios generalmente, con grandísimo contento y regocijo, vestidos de las vestiduras y galas que para sus mayores fiestas tenían guardadas, llenas de chapería de oro y plata con grandes plumajes en las cabezas. Cuando barbechaban (que entonces era el trabajo de mayor contento), decían muchos cantares que componían en loor de sus Incas; trocaban el trabajo en fiesta y regocijo, porque era en servicio de su Dios y de sus Reyes.

Dentro en la ciudad del Cuzco, a las faldas del cerro donde está la fortaleza, había un anden grande de muchas hanegas de tierra, y hoy estará vivo si no lo han cubierto de casas: llámase Collcampata. El barrio donde está tomó el nombre propio del andén, el cual era particular y principal joya del Sol, porque fue la primera que en todo el Imperio de los Incas le dedicaron. Este andén labraban y beneficiaban los de la sangre real, y no podían trabajar otros en él sino los Incas y Pallas. Hacíase con grandísima fiesta, principalmente el barbechar: iban los Incas con todas sus mayores galas y arreos. Los cantares que decían en loor del Sol y de sus Reyes, todos eran compuestos sobre la significación desta hailli, que en la lengua general Perú quiere decir triunfo, como que triunfaban de la teirra, barbechándola y desentrañándola para que diese fruto. En estos cantares entremetían dichos graciosos, de enamorados discretos y de soldados valientes, todo a propósito de triunfar de la tierra que labraban; y así el retruécano de todas sus coplas era la palabra hailli, repetida muchas veces, cuantas eran menester para cumplir el compás que los indios traen en un cierto contrapaso que hacen, barbechando la tierra con entradas y salidas que hacen para tomar vuelo y romperla mejor.

Traen por arado un palo de una braza de largo; es llano por delante y rollizo por detrás; tiene cuatro dedos de ancho; hácenle una punta para que entre en la tierra; media vara de la punta hacen un estribo de dos palos atados fuertemente al palo principal, donde el indio pone el pie de salto, y con la fuerza hinca el arado hasta el estribo. Andan en cuadrillas de siete en siete y de ocho en ocho, más y menos, como es la parentela o camarada, y apalancando todos juntos a una, levantan grandísimos céspedes, increíbles a quien no los ha visto. Y es admiración ver que con tan flacos instrumentos hagan obra tan grande, y la hacen con grandísima facilidad, sin perder  el compás del canto. Las mujeres andan contrapuestas a los varones, para ayudar con las manos a levantar los céspedes y volcar las raíces de las yerbas hacia arriba, para que se sequen y mueran y haya menos que escardar (3). Ayudan también a cantar a sus maridos, particularmente con el retruécano hailli.

Pareciendo bien estos cantares de los indios y el tono dellos al maestro de capilla de aquella iglesia catedral, compuso el año cincuenta y uno, o el de cincuenta y dos, una chanzoneta en canto de órgano, para la fiesta del Santísimo Sacramento, contrahecha muy al natural al canto de los Incas. Salieron ocho muchachos mestizos, de mis condiscípulos, vestidos como indios, con sendos arados en las manos, con que representaron en la procesión el cantar y el hailli de los indios, ayudándoles toda la capilla al retruécano de las coplas, conn gran contento de los españoles y suma alegría de los indios, de ver que con sus cantos y bailes solenizasen los españoles la fiesta del Señor Dios nuestro, al cual ellos llaman Pachacámac, que quiere decir el que da vida al universo.

He referido la fiesta particular que los Incas hacían cuando barbechaban aquel andén dedicado al Sol, que lo vi en mis niñeces dos o tres años; para que por ella se saquen las demás fiestas que en todo el Perú se caían cuando barbechaban las tierras del Sol y las del Inca; aunque aquella fiesta que yo vi, en comparación de las que hacían en tiempo de sus Incas, era sombra de las pasadas, según lo encarecían los indios".

(*) Felipe Guamán Poma de Ayala fue presumiblemente  un descendiente indígena noble de la tribu provinciana yarovilca de Huánuco con sangre del Inca Tupac Yupanqui del Cusco. Se cree que nació en 1536, es decir unos pocos años después de la invasión conquistadora de Pizarro y sus socios. Dicen que fue criado por españoles, para cuyos funcionarios sirvió como traductor del quechua y algún otro dialecto.  Recorrió parte del viejo imperio relevando historias y costumbres hasta que después del 1600 prohijó su monumental obra "El primer crónica y buen gobierno". Este libro estuvo perdido o fue desestimado durante siglos y recién fue valorizado a comienzos  del siglo XX en Dinamarca: contiene unas 1200 páginas y casi 400 personalísimos dibujos ilustrando aspectos de la vida de los dignatarios nativos,  de la gente común y hasta de sucesos históricos que el autor ni siquiera presenció, como la captura del Inca Atahualpa en Cajamarca en 1532. Guamán reclamó después derechos de viejas propiedades de su casta familiar ante los españoles, pero solo logró que lo exiliaran dos veces.  La mencionada obra está concebida con críticas al colonialismo español del que su familia fue colaboracionista pero es también una formulación de propuestas destinadas al rey Felipe III,  que nunca llegó a leerlo.  Muchos consideran que el libro contiene importantes contradicciones y datos fallidos. 



Nota (1): a veces se pierde de vista o se desconoce que tribus huancas, chachapoyas, chimor, cajamarcas, cañares y otras menores, sometidas económica, política, cultural y militarmente durante décadas por los incas, pensaron recuperar su libertad y su orgullo aliándose con el invasor. Algunos osaron asignar la conquista europea a una pretendida superioridad racial. Los españoles contaron con el caballo y con el hierro de sus armas de fuego y sus defensas para doblegar a los azorados enemigos indígenas pero fundamentalmente supieron manipular a su favor una despiadada guerra civil en una sociedad evolucionada pero que no era perfecta y en un imperio que no estaba afianzado políticamente. Se produjo una nueva forma de opresión que terminó saqueando nuestro continente y financió el nacimiento del capitalismo manchado con la sangre de millones de nuestros antepasados. Me referiré a los sucesos históricos en "Perú y su majestuoso pasado: el imperio inca".

(2) Hablando sobre los vegetales originarios de América, la papa llegó a Europa y solo después de unas décadas se dieron cuenta realmente de su extraordinaria utilidad nutricional. Otro tanto pasó con el maíz y con el cacao, la vainilla, el tomate, el zapallo, la mandioca, el maní, la palta, el ananá, el ají, el girasol, la yerba mate, el tabaco, la coca y la quinina, etc. Había variedades de algodón silvestre que se usaban en América pero ya estaba  más que afianzado el uso de otras en occidente. Respecto a la quinua, recién y últimamente se están valorando sus cualidades,  aunque en Bolivia siempre fue un cultivo comercial. En cuanto a los animales, en los Andes centrales se encontraba la familia completa de los auquénidos: llama, alpaca, guanaco y vicuña; y también las chinchillas, entre otros bichos, pero no el ganado mayor. En México existían el perro, el pavo, los patos y las abejas.

(3) usaban azadones de piedra o de bronce o el arado de pie con travesaño o estribo.

Fuente del texto reproducido: "Crónicas americanas. Selección de Bernal Díaz del Castillo y el inca Garcilaso de la Vega". Centro Editor de América Latina, 1969.

BONUS TRACK

En 1980, allá lejos, hace tiempo y cuando joven, tuve la oportunidad de visitar Cuzco y el valle sagrado inca. Volví a esa ciudad en 2016 junto a mi esposa y reparé el error inicial de no haber visitado la hermosa casona que cobijó a la familia de Garcilaso de la Vega, ubicada en una zona preferencial de esa capital. Muy remozada, está convertida en el Museo Histórico Regional, que dedica una gran sala a su trayectoria. No se a que cadena pueden pertenecer los hoteles Garcilaso 1 y 2 que están en la calle de la vuelta, que lleva el mismo nombre. Tienen un interior hermoso y temo que no estén al alcance de salarios comunes.  Van aquí fotos ilustrativas:  











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