Luego, tienen el capítulo 1: “Rock argentino”.
Acá abajo se sigue con Cap. 3 - Pop, rock & progresiva-parte 2.
Que los disfruten. Les dejo un beso en la reja. Horanosaurus.
CAP. 3 - Pop, rock & progresiva-parte 2
Ahora nos metemos en otro mundo musical. ¿Cómo pudo generarse semejante cambio en la música moderna? Visto a la distancia suena increíble pero fue un género exitoso entre los jóvenes que querían algo más vanguardista que rockitos cuadrados y blues calcados con diferentes letras: nos referimos al llamado “rock sinfónico”, dominio casi exclusivo de los ingleses.
Era propenso a composiciones que superaban largamente la duración media de las canciones populares, tenían otro beat, usaban recursos de la música clásica y arreglos casi impensables para los tiempos que corren y corrían. Las bandas tenían una formación rockera clásica pero le daban predominancia a los teclados electrónicos que brindaban un sonido envolvente, postergando un poco a la guitarra eléctrica a un segundo plano. Claro que los creadores eran una camada joven de músicos que había pasado por escuelas de arte, con composición y solfeo aprobados. Se empeñaron en crear suites musicales basadas en leyendas e historias fantásticas a las que los británicos son tan afectos.
El reinado planetario del rock sinfónico fue entre 1971 y 1976, grosso modo. Le sobró inventiva pero cuando pasó de moda le llovieron críticas por pretencioso. Cuando sus bandas salían de gira, además de la parafernalia tecnológica de sus instrumentos, a veces cargaban verdaderas orquestas de apoyo: una movida monstruosa parecida al circo de la Fórmula 1 en estas épocas.
Al final solo pudieron zafar de la decadencia grupos como Genesis y Peter Gabriel, Pink Floyd y King Crimson. Apenas sobrevivieron Yes, Emerson, Lake & Palmer y Van der Graf Generator del pisoteo que les dieron los punkies y la new wave británicos. Ya llegaremos a eso. Nos interesa ahora su música más que las anécdotas puntuales. Tienen que escuchar a los principales grupos mentores de la movida sinfónica, abrir la mente, porque tienen para sorprender.
Yes fue un grupo insoslayable del rubro. Arrancaron en 1969 siendo teloneros de Cream: las modas eran otras pero ya en el primer disco, el homónimo de ese año, pintaban distintos del rock psicodélico reinante. Básicamente Yes se formaba con Jon Anderson como cantante, el bajista Chris Squire, Tony Kaye en teclados, Steve Howe en guitarra y el baterista Bill Bruford. En el exitoso “Fragile” (1971), el cuarto disco del grupo, ingresaría Rick Wakeman en los teclados en reemplazo de Tony Kaye. En todos sus años de existencia y actividad, salvo Anderson y Squire, los demás entraron y salieron alternativamente de la formación, no faltando nunca la guerra de veleidades y egos entre sus integrantes. La excelencia que alcanzaron como músicos solo puede describirse escuchándolos. En los medios especializados eran votados asiduamente como los instrumentistas más virtuosos.
“Yes Album” (1971) está grabado con esa formación primigenia y contiene gemas como “I´ve seen all good people” y “Yours is no disgrace”. Bastante rockero pero ya con los prodigiosos arreglos musicales, y particularmente vocales, que ofrecía la banda al irrumpir. Presten atención a la originalidad del bajista Chris Squire (Kingsbury-Inglaterra, 1948-2015), gurú del bajo rock-progresivo según Geddy Lee (Rush). Reggaetoneros, cumbieros y raperos: vayan a estudiar!
**Yes – “The Yes Album” (1973)“Fragile” (1971) es un estandarte del género sinfónico y tiene motivos de sobra para serlo. Conmueve todavía su insuperable “Roundabout”, tema que como single conquistó Estados Unidos. Exquisitas “Long distance runaround” y “Mood for a day”.
Para muchos entendidos la obra maestra de Yes es “Close to the edge” (1972), el quinto de su discografía. Con letras de Jon Anderson, el místico del grupo, está inspirado en el libro “Siddartha” de Herman Hesse, un clásico adoptado por la generación de los setenta. Aunque comprende solo tres temas larguísimos (con fragmentos conectados a un leitmotiv principal) que lo hacían poco difundible en radios, fue un suceso de ventas en Estados Unidos y Gran Bretaña.
No menos cortos fueron los temas del doble “Tales from topographic oceans” (1973), su siguiente intento. Largos y todo tenían una mística que convencía a los rockeros de la época de saborear los vericuetos de esa música con atención, del mismo modo que hacen los fanas de la música clásica con un whisky solo que fumando con los amigos vagos en las trasnoches. Vendría luego "Relayer" (1974), que contiene la hermosa "Soon" pero que, pasado el tiempo, se me hace difícil escuchar completo.
Entre las carreras solistas de los integrantes del combo merecen destacarse tres. La de Richard ‘Rick’ Wakeman (Gran Londres-Inglaterra, 1949), que entró y salió de Yes, emprendió lo suyo basado en los teclados y preferencias folk británicas: vendió millones con sus LP “Las seis esposas de Enrique VIII” (1973) y “Viaje al centro de la tierra” (1974) e hizo bandas sonoras de films a paladas, como “Lisztomanía” (1975) de Ken Russell. Ah! No menos interesante es seguir los rastros del inigualable baterista Bill Bruford (Kent-Inglaterra, 1949), dueño de una técnica originalísima con los palillos. En 1972 se pasó a las filas de la banda King Crimson, con quienes grabaría unos diez discos. También tocó con los Genesis y con el grupo UK-United Kingdom, además de arremeter con los suyos propios explotando la veta del jazz rock. Otra rescatable es la de John ‘Jon’ Ray Anderson (Lancashire-Inglaterra, 1944), con su inigualable voz de contratenor, lanzando notas altas sin recurrir a falsetes. Más que sus discos estrictamente solistas, son recordados “Short stories” (1979) y “The friends of Mr. Cairo” (1981) en colaboración con el músico Vangelis Papathanassiou (Agria-Grecia, 1943-2022), que todavía se dejan escuchar bien. Con esta dupla la seguimos más abajo.
Después de un paréntesis, los Yes volvieron aggiornados con “90125” (1983), con el recurso de moda de la batería electrónica, el australiano Trevor Rabin en guitarras por Steve Howe y con Tony Kaye, de vuelta, por Wakeman. Vale la pena detenerse y escucharlo. Fue quizás el disco más pop-rock de la banda y, en su momento, el que más ventas tuvo. Con el single “Owner of a lonely heart”, que los puso de nuevo en las marquesinas.
Les recomiendo rastrear aparte el formidable arte del diseñador Roger Dean (Ashford-Inglaterra, 1944) que adoptó el grupo durante algunos años para ilustrar algunas portadas de discos y giras. Sus motivos futuristas sirvieron de poster en muchos de nuestros departamentos de solteros.
Yes bajó por primera vez a Latinoamérica con la exitosa gira mundial de “90125”, que de algún modo resucitó a la banda. Participaron de la primera edición de Rock in Rio e hicieron una escala en Argentina. Los pude ver dos veces seguidas en la cancha de Vélez Sársfield, en febrero de 1985: el furor de la primera convocatoria porteña motivó una nueva fecha a la semana siguiente. Estuvieron avasallantes.
Este otro grupo inglés también hizo obras memorables en el género del rock sinfónico o rock progresivo. La diferencia entre esos dos conceptos tiene límites difusos y la dejamos para el análisis de otros. Acá las usaremos casi como sinónimos.
La primera etapa de Genesis (para los puristas, su pico artístico), fue entre 1968 y 1975, mientras duró el liderazgo de su cantante, Peter Gabriel (Chobham-Inglaterra, 1950). La formación clásica de ese período básicamente se completaba con Mike Rutherford y Stephen Hackett (bajo y guitarras), Tony Banks en teclados y Phil Collins en batería. Abundancia de baladas inspiradas en el folk inglés no exentas de flautas dulces pero con escalas rockeras, mellotrones y sintetizadores. Letras de gran lirismo, muchas veces basadas en cuentos mitológicos. Con Gabriel aportando un dominio escénico total y creando un ambiente teatral cambiando de disfraces varias veces en sus shows, lo que convertían las actuaciones en óperas modernas.
Genesis ya se había convertido en un grupo de culto en Alemania e Inglaterra pero este quinto LP “Vendiendo Inglaterra por una libra” (1973), extendió su fama por todos lados. El disco sigue sonando épico. A muchos nos motivó a revolver los discos anteriores de la banda que habíamos salteado. ¿Nos habíamos perdido algo igualmente valioso?
El tema más festejado del disco fue "I know what I like (in your wardrobe)", quizás el más pop. En “Firth of fitfh” se lucen los teclados de Tony Banks. Cierra con la marchosa “The battle of Epping Forest” inspirada en una gresca entre pandillas.
**Genesis – “The lamb lies down on Broadway” (1974)La voz líder queda entonces para Phil Collins (Chiswick-Inglaterra, 1951), el baterista, que ya venía cantando algunos temas de la banda. No hubo grandes sobresaltos artísticos porque sus registros vocales eran similares a los de Gabriel y el resto de los integrantes (Hackett-Banks-Rutherford) se bancó perfectamente la parada cuando los daban por muertos, artísticamente hablando.
Este CD ya pertenece, entonces, a la segunda etapa de la banda pero conserva el espíritu épico y sinfónico de Genesis, renovando algunas facetas. Tiene una pátina más romanticona que el antecesor (temas “Entangled”, “Mad man moon”, “Ripples”) pero también arrebatos tecno (“Los endos”). Le siguió el LP “Wind and wuthering” (1977), que no se queda atrás. Las baladas cantadas por Collins ya se convierten en un clásico del grupo (“Your own special way”, “Afterglow”) pero los teclados de Banks son otra de sus cartas fuertes.
La música de Génesis se fue haciendo más pop, canciones más cortas, letras más simplonas, pero con su sello de origen. Se montaron en un éxito comercial increíble que persistió hasta principios de los noventa, compartiendo las marquesinas top con el Queen de Freddy Mercury & Cia. Sus giras internacionales fueron millonarias.
El siguiente disco fue “… and then were three” (1978), bautizado así justamente cuando se va Steve Hackett y solo quedaron Rutherford, Banks y Collins con la patente del grupo. La obra se cierra con el exitoso “Follow me, follow me”. También se deja escuchar bien “Duke” (1980), el décimo en la lista de la banda. Abre con “Behind the lines”, donde demuestran no haber archivado el rock progresivo. Los tipos se habían convertido en una máquina de hits y acá tienen el marchoso “Turn it on again”, que se escuchó en todos lados y quedó como marca registrada de la banda en esos años.
A partir de “Abacab” (1981), su aggiornamiento incluye máquinas de ritmo. “Genesis” (1983), con su “Mama”, es un grandes éxitos en si mismo. En “Invisible touch” (1986) meten “Land of confusion”, “In too deep” y “Throwing it all away”. ¿Quién puede decir que es música de baja calidad? Solo que no era lo mismo y también parecía una lucha por mantenerse en el negocio. Una opinión puramente subjetiva.
En paralelo con su participación en Genesis, Phil Collins descollaría con una carrera solista exitosísima que duró bien arriba más de una década y cuya descripción excede este resumen por una simple cuestión de gustos. Collins logró superar los cien millones de discos vendidos, récord que solo consiguieron Paul McCartney y Michael Jackson. Sus hiperdifundidos hits (“In the air tonight”, “Against all odds”, “Easy lover”, “One more night”, “Sussudio”, “Another day in the paradise”, por nombrar solo algunos) siguen identificando la música popular de su época. No estaban nada mal. Saturaba su excesiva difusión.
Mike Rutherford, Steve Hackett y Tony Banks, también hicieron sus discos solistas. Estos dos últimos tuvieron sus tribus de fans. Todos dejaron algunas cosas interesantes. En particular, Michael John Cloete Crawford ‘Mike’ Rutherford (Guildford-Inglaterra, 1950) sacó como solista un aceptable “Smalcreep´s day” (1980) y el olvidable “Acting very strange” (1982), despegándose un poco del sonido Génesis, acompañado por los cercanos Anthony y Simon Phillips, Stewart Copeland (The Police), Daryl Stuermer y otros músicos conocidos en el ambiente londinense. Levantó la puntería armando Mike & The Mecanics, sumando a su equipo al gran vocalista Paul Carrack (Sheffield-Inglaterra, 1951) para grabar algunos temas pop inolvidables como “The living years”, “Silent running/Can you hear me?”, “Another cup of cofee” y mi recontra-preferida “Over my shoulder”. Si no recuerdan haberlos escuchado, vayan por ellos de algún modo. Están casi todos en el “The story so far-Greatest hits” (2006), un compilado de Carrack.
Carrack tuvo una carrera solista sin grandes repercusiones. Cantó el hermoso tema “Tempted” con el grupo Squeeze, un muy buen conjunto inglés de new wave que arrancó en 1974. La discografía de esta banda tiene altibajos pero se le pueden rescatar montones de genialidades. Uno de sus fundadores fue Jools Holland (Blackheath-Londres-Inglaterra, 1958), pianista y conductor del famoso programa de TV de la BBC “Later… with Jools Holland”, que llevaba músicos de primera línea a tocar en directo.
*Peter Gabriel – “So” (1986)Mítico fundador del grupo Genesis junto a unos compañeritos de colegio, este setentón marcó un camino originalísimo como solista al abrirse de la banda. Eligió una onda distinta al sinfonismo, metió beat, ritmos africanos y eclecticismo. Además de poseer una voz inconfundible y seductora, siguió siendo un performer con gran despliegue escénico, innovador en vestuarios y puestas teatrales y llenando estadios.
Conviene sobremanera primero repasar sus cuatro discos solistas iniciales, que salieron entre 1977 y 1982. No tenían por título más que “Peter Gabriel” y en todas sus tapas salía su cara deformada con algún truco fotográfico. En posteriores re-ediciones y remasterizaciones de ese material, la discográfica los rebautizó como “Car” (1977), “Scracht” (1978), “Melt” (1980) y “Security” (1982) para diferenciarlos mejor.
“Solsbury hill”, “Hundrum”, “I have a touch”, “San Jacinto”, “Kiss of life”, “Shock the monkey” y “Biko” son temas sobresalientes que encontramos en ellos. Pueden escuchar el vivo “Peter Gabriel plays live” (1983), que resume buena parte de esta etapa y, les aseguro, es más vibrante que aquellos discos de estudio.
Hasta ahí Gabriel era un artista de culto para oyentes muy curiosos. Hasta que sacó “So” (1986) –donde aumentó las dósis de beat, afro y electrónica- para saltar a la fama mundial. El LP fue su mayor éxito comercial, difundiéndose hasta el hartazgo “Sledgehammer”, “Big time”, “Don´t give up” con la cantante Kate Bush e “In your eyes” acompañado por el senegalés Youssou N’Dour.
Gabriel creó en el interín su propia discográfica, Real World Records, instalada en Box-Wiltshire-Inglaterra, con la cual promueve la difusión de montones de artistas de todos los continentes, básicamente de raíces localistas, del tipo world music. Esos estudios son una de las sedes de los festivales de música étnica WOMAD.
A Gabriel también le encargaron varias bandas de sonido para películas. Las más conocidas fueron “Birdy” (Alan Parker, 1985) y “Passion: the last temptation of Christ” (Martin Scorsese, 1989). Me referiré a eso en particular en el Cap. 5-Bandas de sonido originales. De todos modos, las recomendaría ahora si empiezan con la escucha de las obras del inglés, porque son parte de su mensaje musical.
Con este disco terminó de plasmar un estilo rockero a veces minimalista, intelectual y bailable a la vez. Sus temas “Kiss the frog”, “Steam” y “Digging in the dirt” movieron tabas en todo el mundo pero el tema más emblemático posiblemente sea “Secret world”. Sus músicos base en esta etapa musical fueron el bajista/stickista Tony Levin (ver King Crimson) y el batero francés Manu Katché, sobre los que volveremos.
Merecen destacarse, aunque sea un detalle accesorio, los videos que acompañaron los lanzamientos de Peter Gabriel. Les imprimió su sello artístico, marcaron diferencias en su época y sorprendieron.
Camel fue una banda de Surrey, en las
afueras de Londres-Inglaterra, que empezó a dar vueltas a principios de los
setenta. Hacían un rock progresivo con mucho moog, bastante amable, con buenas
melodías y clichés del estilo, rotando en las voces a cualquiera de sus dos
cantantes: Andrew Latimer (guitarra, flauta) o Peter Bardens (teclados). Más
cercanos a lo de Supertramp que a los más jugados Emerson, Lake & Palmer o
los holandeses Focus.
Como buen grupo sinfónico británico no se privaron de hacer obras enteramente instrumentales, mejor si estaban basadas en libros sesudos o leyendas al uso inglés de la época y cumplieron con el consabido rito o recurso de tocar junto a la Sinfónica de Londres en el Royal Albert Hall para terminar de consagrarse.
Los críticos consideran que lo mejor que hizo Camel fue el LP “Mirage” (1974): según la revista Rolling Stone, está entre los mejores 25 discos de rock sinfónico de la historia. Como es de suponer, debajo del Nº 1 “The dark side of the moon” de Pink Floyd. Sus temas “Song within a song” y “Chord change” son muy representativas del sonido de la banda y están en su LP “Moonmadness” (1976).
Pero mi preferido es “Breathless” (1978) porque es un disco redondo por donde lo mires. Claro que es una producción con pocos esbozos de sinfonismo, llena de canciones, casi lindante con la new wave. Muy ganchero, difícil no lo encuentres atractivo. Es un buen punto de partida para empezar a bucearlos.
Ah! Podrán ver que el grupo adoptó la gráfica de los afamados cigarrillos norteamericanos Camel para ilustrar varias portadas de sus discos. Nunca supe si les produjo problemas legales o si pactaron su uso con la tabacalera.
Otro grupo muy representativo de los sinfónicos pero con una instrumentación que rompía la tradición rockera de la guitarra eléctrica predominante. Integrado por Greg Lake (letras, voz y bajo), Carl Palmer (batería) y Keith Emerson (teclados), quien innovó con la incorporación del sintetizador moog y otras delicatessen electrónicas, intercambándolos con el piano clásico y su órgano Hammond. Todo eso, ahora al frente.
Gran parte de sus producciones eran composiciones propias pero se animaban a adaptar a su manera a autores clásicos modernos como Leos Janácek, Aaron Copland, Béla Bartók o Modest Mussorgsky, entre otros. Keith Emerson (Todmorden-Inglaterra, 1944-2016) llegó a entrevistar al maestro argentino Alberto Ginastera (Buenos Aires-Argentina, 1916-1983) en su residencia de Ginebra-Suiza, para que lo autorizara a reversionar cosas suyas. Y así lo hizo con “Toccata”, “Creole dance” y con “Malambo” de la suite Estancia, entre otras.
Los EL&P fueron punta de lanza de la moda del rock progresivo. Dejaron la puerta abierta y por ahí entraron los demás. Su propuesta fue más arriesgada por estar más alejada de los estereotipos del rock pero bastante grandilocuente para llamar la atención a los jóvenes. Entre los trucos en medio de su parafernalia de sonidos remachados con la poderosa batería de Palmer, cabía intercalar baladas ganadoras interpretadas por la prodigiosa voz de Lake, insertar escalas jazzeras y rockeras, meter una fuga a lo Bach o hacer sonar el Hammond como en una iglesia. Por eso fue increíble su popularidad: en su momento, solo los Rolling Stones y Led Zeppelin llevaban más gente que EL&P a sus recitales en estadios.
Sus shows empezaban con la voz de un locutor inglés de acento flemático, que anunciaba invariablemente “Ladys and gentlemen: Emerson, Lake & Palmer” para que ingresaran los integrantes y comenzaran con su versión de “Peter Gunn”, el clásico tema fílmico de Henry Mancini. En Japón, los EL&P fueron más famosos que los Beatles.
Emerson, Lake & Palmer empezó su carrera con el disco homónimo y el single “Luky man”, en 1970. Le siguieron “Tarkus” y “Pictures at an exhibition” (1971), un directo hecho básicamente sobre obras de Mussorgsky arregladas por Emerson. Los locos ya se habían animado a hacerlo sonar en medio del psicodélico festival de Isla de Wight de 1970, ya mencionado.
“Trilogy” (1972) es el más redondo y cabal muestrario de la estrategia de EL&P, con su imbatible balada “From the beginning”, con “Hoedown” una adaptación rockera de la música de Copland y el “Abbadon’s bolero” inspirado en el de Ravel. Después vendrían “Brian salad surgery” (1973), que aunque me aburra obtuvo disco de platino, y algunas pocas producciones más.
Un amigo me regaló una platea que le sobraba para verlos en el estadio Obras en su tardía visita a Buenos Aires, en abril de 1993. Otra gira revival de músicos ociosos que, extrañando épocas exitosas, se quedaban sin dinero (sentencia subjetiva, liviana y envidiosa de un “common man”). A pesar que en mi juventud “gasté” sus vinilos “Tarkus” y “Trilogy”, no era EL&P mi grupo de cabecera. No me defraudaron y pasé un momento bueno, obviando la anacrónica payasada de Keith Emerson pateando y volteando un piano vertical muletto al final del show.
**Pink Floyd – “El lado oscuro de la luna” (1973)
Quizás Pink Floyd fue el que más elementos
pop incorporó al colectivo del rock progresivo, enriqueciéndolo con baladas
efectivas y atractivos coros femeninos.
Roger Waters (bajo, guitarra y voz), Rick Wright (teclados) y Nick Manson (batería) ya venían tocando juntos en proyectos anteriores de principios de los sesenta. En 1964 se incorpora el cantante y guitarrista Syd Barrett, a quien se le atribuye el nombre del grupo en honor de sus bluseros favoritos: Pink Anderson y Floyd Council. Ese músico mitificado imprimió a la banda una onda experimental que chorreaba psicodelia, lo que puede escucharse en su festejado primer disco “The piper at the gate of dawn” (1967). Lo grabaron en los estudios Abbey Road de Londres al mismo tiempo que los Beatles pergeñaban ahí su “Sgt. Peeper’s”. Al poco tiempo Barrett (Cambridge-Inglaterra, 1946-2006) se recluyó por problemas mentales derivados de drogas y fue suplantado en 1968 por el guitarrista David Gilmour. Empezó con un sueldo semanal de 325 libras.
En su discografía continuaron con escarceos psicodélicos y algunas experimentaciones avant-gard. Quizás sea interesante que aborden al Pink Floyd de esa época viendo su actuación de octubre 1971 en el documental “Pink Floyd: live at Pompeii” (Adrian Maben, 1972), una perfomance sin público en el anfiteatro romano de las ruinas de Pompeya-Italia. Fue novedoso en su momento y les dio mucha difusión. Básicamente, contiene temas editados oportunamente en sus discos “A sauceful of secrets” (1968), “Ummagumma” (1969) y “Meddle” (1971).
Hasta que llegaron estas dos obras que aquí siguen, cuya recomendación cae de maduro por unanimidad: vendieron millones y aún siguen siendo abordadas por las nuevas generaciones. Sirven para abrir el oído musical de cualquiera.
“The dark side of the moon” (1973) fue el octavo disco de Pink Floyd. Grabado también en Abbey Road, su ingeniero de sonido fue Alan Parsons (Londres-Inglaterra, 1948), luego devenido músico con algún éxito. Waters pergeñó el mensaje existencialista de este álbum, inspirado en las frustraciones de la vida cotidiana de la gente en nuestra sociedad. Su música terminó de definir el sonido de la banda. Se iba a llamar “Eclipse”, como su último track. “Breathe (in the air)” y “Time”, suenan épicos. Inoxidable como las monedas, “Money”. Realmente original “The great gig in the sky”, con la excepcional voz invitada de Clare Torry, la corista que cobró solo 30 libras por su impresionante improvisación y años después le hizo un fenomenal juicio por derechos de autor al grupo. El arte y los artistas se suelen cotizar bien pero no todos son desprendidos, no todos tiran manteca al techo y otros olvidan lo que hicieron la noche anterior.
*Pink Floyd – “The wall” (1979)
La siguieron con “Wish you were here” (1975), que contiene el exitoso track homónimo y varios hits más. Según se escribió por ahí, por aquel entonces Waters les dijo a sus compañeros que tenía dos obras conceptuales armadas y que eligieran la que les gustara más para que sea el onceavo disco de la banda: “The pros and cons of the hitch hiking” o “The wall”. Eligieron ésta y la otra terminó siendo el primero solista de Waters.
El mensaje de esta obra conceptual para la llamada generación “baby-boomer” centrada en la alienación de una estrella de rock, no me llegó nunca demasiado y me suena demagógica. Tiene elementos universales pero creo que cobra más significación para los británicos por basarse en sus costumbres e historia: Waters perdió a su padre en la 2da. Guerra, fueron ellos quienes soportaron bombardeos nazis durante ocho meses y ellos inventaron la educación despótica five tea o’clock incluído. Sin embargo, Pink Floyd vendió más de 50 millones de discos de esta ópera rock antibelicista y su mentor Roger Waters (Surrey-Inglaterra, 1943) sigue dando vueltas al mundo con puestas en escena megalómanas moviendo multitudes. Algo tiene. Puede verse la creativa película homónima de Alan Parker (1982), para recrear su idea.
Pero todo ese bagaje, cuya definición me llevó sin querer varios párrafos, nos distrae de la consideración de la música. Porque se supone que nos deleitan los sonidos que entran por nuestros oídos y que las imágenes, repercusiones y recuerdos inmanentes son solo accesorios. Cuando acciono una tecla o poso la púa para escuchar otra vez “The Wall” (1979) me detengo en los temas “In the flesh”, “Another brick in the wall”, “Confortably numb” y repito siempre mi super-preferida “Run like hell”, donde sobresalen las cualidades del excelente guitarrista David Gilmour (Cambridge-Inglaterra, 1946), de estilo lento y de pocas notas pero tan expresivo.
Ya con abrumador dominio de Waters en las producciones, me aburrió su siguiente LP “The final cut” (1983) y no profundicé los otros dos discos que sacaron hasta disolverse en los noventa. Tanta difusión de Pink Floyd terminó por alejarme de su música. Tarea reservada para los fanas revisarlos, igual que la producción solista de sus creativos Gilmour y Waters.
Insoslayable
y muy reconocido grupo sinfónico, quizás mi preferido dentro de ese universo. Liderado
por Thijs van Leer (Amsterdam-Países Bajos, 1948) en flauta, teclados y voz y
el virtuoso guitarrista Jan Akkerman (ídem, 1946). Eran los raros que venían de Holanda e incorporaban la flauta traversa en esa música de vanguardia, lo cual llevaba a algún desprevenido a compararlos con Jethro Tull, inicialmente.UK o United Kingdom, grupo inglés de rock sinfónico formado por Bill Bruford (ex Yes y King Crimson) en batería y John Wetton (ex Family, King Crimson, Roxy Music, después ASIA) en bajo y voz, quienes reclutaron a Eddie Jobson (ex Curved Air, Zappa, Roxy Music) en violín y teclados y Allan Holdsworth (Soft Machine y Gong) en guitarra. Tuvieron una vida artística corta (1977-1979), reemplazaron integrantes y solo dejaron dos discos de estudio y dos directos. UK fueron básicamente composiciones formato canción duras y melódicas pero no tan extensas, que abrevaban un poquito en clichés de Emerson, Lake & Palmer, King Crimson y otros progresivos.
Con esa formación inicial sacaron el homónimo “UK” (1976), con sus hits “In the dead of the night” y “Time to kill”. “Danger money” (1979) lo hicieron luego de la partida de Holdsworth y Bruford, que fue reemplazado por Terry Bozzio (baterista pirotécnico norteamericano, antiguo músico de Frank Zappa), simplemente como trío, con Jobson+Wetton aumentando su presencia. Los tracks “Rendezvous 6:02”, “Caesar’s Palace Blues” y “Nothing to lose” se llevan todos los premios.
A propósito, les recomiendo fervientemente que busquen cosas de Allan Holdsworth (Bradford-Inglaterra, 1946-2017) en su etapa solista: jazz rock o fusión. Además de Soft Machine y Gong tocó con el baterista Tony Williams en su grupo Lifetime y con Jean Luc Ponty, entre otros. El sonido de su guitarra sintetizada era extraño pero cautivante e inimitable: usaba la tecnología Synthaxe, que no permitía rasguear del modo clásico y resultaba inútil para el pop y el funk. Los discos de Holdsworth más famosos fueron “Metal fatigue” (1985) y “Avatachron” (1986). Era lo que se dice un músico de culto y aunque sus composiciones no eran extraordinarias creaba grandes climas con su instrumento sonando único. Otra sugerencia puede ser que vayan por el CD o DVD “Allan Holdsworth Trio Live Jarasum Jazz 2014” donde lo acompañan Gary Husband (Level 42, NDR Big Band, 4th Dimension de McLaughlin, etc.) en batería y el extraordinario Jimmy Haslip (ex Yellowjackets y otro larguísimimo etcétera) en bajo fretless: hacen temas históricos del guitarrista modo aplanadora.
El líder de la banda, el guitarrista Robert Fripp (Wimborne
Minster-Inglaterra, 1946), es hoy un señor formal que carga ochenta pirulos y
maneja celosamente el marketing y el catálogo de la marca que construyó, bajo su
sello Discipline Global Mobile. Artísticamente siempre fue arriesgado, en
experimentación constante, escapando para adelante sin importarle el público
cautivo.
La música de King Crimson tuvo muchas facetas cambiantes con el paso
del tiempo pero ha sido poco comercial y a veces suena dura y sombría. Es como
el agua caliente: metan la pata en ella con precaución, de a poquito, o les
quemará y los abandonarán perdiéndose el goce.
No fui fan de Crimson desde el principio ni compré sus discos a
montones. Sus primeras obras se me pasaron de largo. Pero ya en los ochenta cuando
una caía en mis parlantes, me movía la estantería. Finalmente, terminé
escuchando todo su repertorio en mp3 y comprobé que siempre fueron cosa seria,
comparable en dimensiones a Pink Floyd.
Muchos consideran el álbum debut “In the court of the Crimson King”
(1969) como la gema de la banda y no puede negarse que ahí edificaron sus
cimientos. Fue además la piedra angular del rock progresivo o sinfónico.
Histórico porque despertó la avidez por esa nueva onda que incorporaba
elementos jazzeros y polifónicos con el uso del novedoso mellotron (*) al rock
y blues eléctricos de la psicodelia reinante: todo eso les permitió entrar en
el showbusiness a grupos del nuevo estilo, como Yes y Génesis, cuando los
Beatles todavía copaban la escena.
Este disco tiene experimentación pero contiene varias baladas con
influencias del folk inglés: ojo al piojo que los sinfónicos no masticaban
vidrio y también buscaban la canción ganchera que les diera difusión y éxito
comercial (como Pink Floyd). En ese álbum se destacan la canción homónima, “21st Century Schizoid man”, “Epitaph” y
“Moonchild”. En la tapa del vinilo, el dibujo de la cara del hombre esquizoide,
y en la interna el del mismísimo rey carmesí, que parece amigable.
Excepto Fripp, los integrantes del grupo fueron de alta rotación pero
como vocalistas se asientan medianamente
al principio Greg Lake (futuro Emerson, Lake & Palmer) y John Wetton (UK).
Una dificultad para elegir lo mejor entre los trece discos de estudio
de King Crimson (grabados entre 1969 y 2003) son –como hice referencia- sus
estilos cambiantes. Fripp salta de uno a otro sin repetirlos mucho: de
progresivos a heavy metaleros, metiendo algún toque clásico moderno y con distintas
formaciones (cuartetos, sextetos y septetos o dobles tríos), a veces metiendo saxo
y flauta, a veces erradicándolos. Todo muy poco propicio para efectuar
comparaciones. El hilo conductor, claro, es el genio de Robert Fripp con su
guitarra eléctrica y original técnica de texturas, bautizada “frippertronics”: un
truco de su invención sobre las cuerdas en base a loops que aportan un clima
ambient. Paren sus orejas para distinguir eso. Fue un líder sumergido en el
anonimato del grupo en beneficio de la música. Cero exhibicionismo.
Para salvar ese inconveniente y poder resumir mayormente la primera
parte de la trayectoria de esta banda vanguardista, la que llega a1974, recurran a esta caja “Radical
action to unseat the hold of monkey mind” (2016), que trae tres CD grabados en
vivo en distintos escenarios de una gira internacional más dos DVD y un Blu-ray
de un concierto en Japón. En ese entonces, Fripp pergeñó un septeto para la
gira “Celebration 50 years” que recorrería tres continentes celebrando cinco
décadas -justamente- de la salida de “In the courth of the Crimson King”. Llevó
al buen cantante y guitarrista Jakko Jakszyk e incluyó a Anthony Frederick
‘Tony’ Levin (Boston-USA, 1946), emérito de la banda que entrara a King Crimson
en 1981 (ex John Lennon Band, Peter Gabriel, David Bowie, etc.) en bajo
eléctrico y especialista en “stick”: un raro instrumento de diez cuerdas,
mezcla de bajo y guitarra eléctrica.
Hagan el esfuerzo de escuchar la sutileza de su sonido particular. También
integró la gira Mel Collins (ex Camel y miembro casi original de KC) en saxos y
flauta. Y metió literalmente tres bateristas al frente de la formación: Pat
Mastelotto, Bill Rieflin y Gavin Harrison. Meter tres baterías en un grupo de
rock puede pensarse como una apuesta escenográfica vendehumo/circense, es
cierto, pero escucharlos actuar en vivo disipaba toda especulación malpensada.
No solo en las composiciones exclusivas para percusión “Devil dogs of
Tessellation Row” y “The hell hounds of Krim” que incluyeron demuestran para
que estuvieron: también aportan timbres interesantísimos hasta en las baladas
más tranquilas del recital. A estos temas y a los citados de “In the court…”,
convenientemente aggiornados, se agregan
al repertorio el himno “Starless”, “Easy money”, “Larks´ Tongues in Aspic part I-II”
y “Red”.
(*) el mellotron es un teclado eléctrico-mecánico inglés popularizado a mediados de los sesenta. Básicamente, al oprimir sus teclas se activan cintas magnetofónicas pregrabadas que contienen diferentes sonidos, como cuerdas, coros, flautas, etc. Un antecesor del sampler. Se dice que los primeros en usarlo y dejar constancia fueron los Beatles en el tema “Strawberry fields”, luego los Rolling Stones en “2000 light years from home” o Zeppelin en “Kashmir”. Todos los grupos sinfónicos tenían y usaban mellotrones a destajo. En King Crimson, escuchen su sonido en los temas “Epitaphe” o “In the court of Crimson King”.
**King Crimson – “B’BOOM - Official bootleg Live in Argentina” (1995)
Si les gustó la propuesta y desean seguir escarbando esta música sin tomarse
el trabajo de repasar la discografía completa de Fripp y su troup, les indico
otro atajo. Consíganse este “B´BOOM” (1995) para conocer de un pantallazo que
cosas intentaron desde los ochenta para adelante: la elección de los temas está
bárbara y su universo suena perfecto. Es realmente un “grandes éxitos” de lo
más fuerte y heavy del extenso repertorio crimsoniano. Fue grabado en vivo en
sus funciones en el teatro Broadway de nuestra avenida Corrientes porteña, en
octubre de 1994, una elección que enorgulleció a sus fanas locales.
Este CD doble en vivo lo descubrí un tiempo después del recital gracias
al programa radial de culto “El Intruso”, de Marcelo Morales, que lo repetía
maravillado una y otra vez, contagiándonos. Me zambullí en una disquería
especializada del centro porteño (curiosamente llamada “Crimson King”) y sin
preguntar el precio lo compré. El show se alimenta mayoritariamente de
creaciones de los muy buenos discos de estudio “Discipline” (1981), “Vrooom” (EP
de 1994) y “Thrak” (1995). Rescatan joyas como “Elephant talk”, “Frame by
frame”, “Sleepless”, “Discipline”, “Indiscipline”, “Matte Kudasai”. Una
maravilla.
Las interpretan seis instrumentistas de altísimo nivel en una increíble
formación de doble trío (dos baterías y dos bases más dos guitarras): otra
locura de Fripp. Esa vez con Adrian Belew (Kentucky-USA, 1949), otro emérito KC,
tan versátil con su guitarra como con su voz; el ya citado Bill Bruford, uno de
los mejores bateristas modernos del mundo, de originalísimo groove, más el
mencionado Tony Levin en stick o bajo. Para el gusto de muchos fans del grupo, fue
la formación más importante que tuvo la banda: participan de buena parte de la
discografía de estudio y en vivo de Crimson. Particularmente, su debut heavy en
la banda fue el disco “Discipline” (1981), una avalancha digna de escuchar.
Para el directo “B’BOOM - Official bootleg Live in Argentina” (1995) a esos
cuatro se les agregaron en la gira Trey Gunn (stick, bajo y Warr-guitarr) y Pat
Mastelotto (batería), conformando el doble trío.
A pesar que, en general, las grabaciones en directo no son mis
preferidas comparadas con las de estudio, me veo recomendándoles fervientemente
estos dos discos en vivo como lo más entrañable y representativo de la banda. Es
que estos ingleses han sido músicos de excelencia y perfeccionistas del sonido.
La última reverberación del sonido King Crimson es la formación Beat,
que en 2025 hace una gira mundial. Es un supergrupo que pilotean Adrian Belew y
Tony Levin, sumando al baterista Danny Carei y nada menos que al violero Steve Vai
(Carle Place-NY-USA, 1960), de vasta trayectoria solista en el metal-rock. Con
la venia de Fripp, versionan básicamente temas de King Crimson provenientes de
la brillante trilogía grabada durante los años ochenta con la formación
Fripp-Bruford-Levin-Belew: los discos “Discipline” (1981), “Beat” (1982) y
“Three of the perfect pair” (1984). Las violas eléctricas de los viejitos Belew
y Vai al frente de Beat son el imperio de la distorsión bien entendida.
A pesar de haberme comprado “B´Boom” (1995) y pasarlo hasta el hartazgo en casa, perderme ese recital histórico de octubre 1994 en el teatro Broadway por algún raro motivo, me pesó bastante: fue un repertorio bárbaro ejecutado con una de las mejores formaciones de King Crimson. ¿Quiénes habrán sido los privilegiados testigos porteños en los ensayos del boliche Prix D’Ami de Belgrano? Tuve revancha cuando 24 años después los Crimson pasaron de vuelta por Buenos Aires, ahora en el Luna Park (08/10/19). No quise escuchar “Radical action to unseat the hold of monkey mind”, para no ir con prejuicios. Vinieron con la misma formación septeto de este disco. Calculen la edad de sus músicos al momento de los hechos. Estos viejitos resultaron ser una aplanadora de música seria. Los tres terribles baterías cumplieron realmente un papel estelar (vino Jeremy Stacey en vez de Rieflin más Pat Mastelotto y Gavin Harrison, quien sacó varios cuerpos de ventaja a sus amigos), con una sincronización endemoniada que oscilaba entre la complementación exquisita y el terremoto sonoro. Definitivamente, no trajeron sus parches y platillos para fabricar humo. Como dijo un cronista, King Crimson nos pasó por arriba a los espectadores extasiados, que apenas tuvimos la oportunidad de explotar y agradecer las tres horas del show que recorrió distintas etapas de la trayectoria de rey carmesí. Profesionalismo para la emoción.
**Mahavishnu Orchestra – “Apocalypse” (1974)Este grupo, siempre liderado por el hoy longevo guitarrista inglés John McLaughlin (Doncaster-Inglaterra, 1942), era una versátil e inclasificable máquina musical que gustaba de tomar riesgos. Como King Crimson pero en otra dirección, música instrumental sin cantantes al frente ni baladas gancheras calmando las aguas. Rock progresivo o jazz rock, música de fusión. Impensable escuchar este sonido en un Lollapalooza de estos días: centenares de pibes caerían desmayados por la sorpresa o la repulsión.
Un McLaughlin jovencito venía de haber tocado nada menos que en la banda revolucionaria del trompetista Miles Davis en sus disruptivos discos “In a silent way” (1969) y “Bitches brew” (1970). Colaboró con el innovador Tony Williams Lifetime y otros famosos del mundo del jazz rock como Larry Coryell y hasta había coqueteado con el free-jazz. Armó luego la Mahavishnu con el tecladista checo Jan Hammer innovando con el teclado moog y los primeros sintetizadores, el panameño Billy Cobham en batería, Jerry Goodman en violín y Rick Laird en bajo.
No podía ser menos osado el arranque de la banda con “Inner mountain flame” (1971): las típicas escalas progresivas marca registrada de un McLaughlin desatado y la improvisación de sus músicos cuando para ese entonces sonaba en las radios el “Brown sugar” de los Rolling Stones. Un crítico definió este disco como la mejor grabación de jazz fusion de la historia, el primero que supo capturar la fuerza del hard rock y la improvisación espontánea del jazz.
El debut de la Mahavishnu nos dejaría el groove de “You know, you know”, un clásico de McLaughlin, que siguió tocando en todos sus conciertos. Con la misma formación, en el siguiente LP “Birds of fire” (1973) muestran más los dientes. Unas campanadas marcan el demoledor comienzo del disco, que no da respiro. Más adelante “One word” es botón de muestra de esa avalancha musical donde Billy Cobham muestra sus credenciales a la posteridad. Solo algún remanso en la introducción de “Open country joy”.
“Apocalypse” (1974) es una especie de obra conceptual, tercer disco de estudio de la Mahavishnu de McLaughlin. Había reemplazado a la formación original, con la que había girado y sorprendido a medio mundo. Ahora reclutaba al violinista Jean Luc Ponty, Gayle Moran en voz y teclados, Michael Walden en batería, Ralphe Armstrong en bajo (hablaremos luego más sobre ellos). Con producción del afamado George Martin, sumó un pequeño grupo de cuerdas y la orquesta sinfónica de Londres dirigida por Michael Tilson Thomas. No figuraron de adorno: dejan en el disco pasajes memorables. Al tema “Vision of the beyond” le objetaron la estructura pero la voz de Gayle Moran suena como quisiera me recibiera un ángel en el cielo. Los contrapuntos instrumentales en “Hymn to him”, donde brilla como nunca Ponty, alcanza esas alturas. Pongan este disco y déjense atrapar.
Con la misma base grupal de “Apocalypse” pero ampliada y grabado en los estudios Electric Ladyland de Nueva York, este disco suena increíble, a nada parecido en su época. McLaughlin pega un giro, agregando una buena dósis de funk e hindostaní a la fusión. Hay que tener la cabeza muy abierta para crear esto. En “Lila’s dance”, el arranque melódico con el violín espectral de Jean Luc Ponty explota en un R&B terrible y la guitarra del maestro McLaughlin te arranca del asiento. Que puede agregarse en “Can´t stand your funk” y “Cosmic Strut”, tema de Walden, cuya batería logra la difícil tarea de hacernos olvidar a Cobham en todo el disco.
McLaughlin mantuvo viva a la Mahavishnu
hasta mediados de los ochenta, editando nueve discos en total bajo esa etiqueta,
los últimos en franco declive. Pero entre medio de ellos sacó varios solistas realmente
valiosos, enrolados en el jazz-rock o directamente jazzeros. También se asoció
en un trío acústico célebre con los guitarristas Paco De Lucía y Al Di Meola (ver
Cap. 2), para girar y grabar. Como si fuera poco su aporte, fusionó con conocimiento
y respeto música occidental con hindú: con el ya mencionado grupo Shakti (ver
Cap. 2) pergeñando tres discos, entre 1976 y 1977. McLaughlin siempre tuvo debilidad
por los percusionistas hindúes y los continúa incorporando en sus agrupaciones,
por ejemplo en su actual The 4th Dimension. Seguiremos comentando el resto de
la carrera del monstruo de las escalas Juancito McLaughlin en el Capítulo
4-Jazz & Jazz Rock.
Este tecladista checoslovaco (Praga-República Checa, 1948), empezó haciendo jazz en su tierra, cruzó el charco, estudió en el Berklee College of Music y se nacionalizó norteamericano. Seguramente será recordado por la mayoría como autor de los archipopulares temas de la serie de acción de TV “Miami Vice” (1984) y sus episodios, a puro teclado eléctrico efectista.
Pero eso vino después de su paso por la Mahavishnu Orchestra y de colaborar con muchos músicos del jazz rock (John Abercrombie, Al Di Meola, Elvin Jones, etc.). Y también después de este disco solista instrumental iniciático que podría llevar la etiqueta de ambient o rock sinfónico.
“First seven days” (1975) es original por siete hermosas composiciones –que dicen estar inspiradas en el Génesis- con muchos pasajes intimistas. Su instrumentación consiste en diversos teclados (mellotron, moog, sintetizadores), secuenciadores y sobregrabación de pistas, pero excluye guitarras y bajos. David Earle Johnson ayudó en percusión y Steven Kindler (el que estuvo en la Mahavishnu) en violín. Siguen sonando interesantísimas “Darkness”, “Fourth day-Plants and trees” y “Seventh day”.
Después de este primer intento solista, el checo formó Jan Hammer Group, reclutando a Tony Smith, Fernando Sounders y Steven Kindler. Fue interesante el disco “Oh, yeah?” (1976) donde replica el sonido Mahavishnu pero abriéndolo a más influencias con distinta suerte: vayan por el por curiosidad. Mencionamos antes la gira del grupo que sumó a Jeff Beck registrando el recomendado “Jeff Beck with The Jan Hammer Group Live” (1977). Pero con el siguiente invento, una banda llamada directamente “Hammer” (1978) renunció a toda evolución artística, apostando sin disimular a un pop-rock insulso. Jan Hammer siguió con muchos discos más de música para series de TV y películas. Como se me acabó mi fe, no los seguí en su totalidad y eso me impide opinar malévolamente.
Con este grupo Hammer estuvo en Buenos Aires en el estadio Obras Sanitarias en octubre/79 teniendo de telonero a Luis Alberto Spinetta, en la época de su intimista disco solista “Kamikaze”. En los bises de Hammer invitó a Spinetta al escenario y juntos hicieron el potente “Blue wind”, si mal no recuerdo. Hammer volvió al mismo estadio en junio/80 pero con el norteamericano Ritchie Havens de telonero. La banda sonaba bien pero su música no sorprendía.

Para quienes gusten de la música new age o ambient, merece una escucha “Campanas tubulares” (1973) de Mike Oldfield (Reading-Inglaterra, 1953), un disco precursor que ahora suena un poco enmohecido. Instrumental, con mucha sobregrabación, pinceladas de folk británico y brisas rockeras propias de la época. En su momento fue un éxito novedoso cuando la moda eran las obras conceptuales al estilo de “Tommy” (1969) de The Who o su contemporánea “The lamb lies down on Broadway” de Genesis, pero la de Oldfield era menos ganchera por carecer de argumentos líricos para el impacto multimedia que tuvieron otras. ¿Cómo explicar entonces el impacto que tuvo sobre toda una generación ese vinilo pionero de Virgin Records? No tenía tracks ni letra, solo sus dos lados instrumentales enteritos sin cortes, pero vendió millones y ocupó el número uno en los charts rockeros de la época. Uno de los motivos fue la difusión indirecta que le dio el director de cine William Friedkin al insertar extractos de “Tubular bells” en su exitosa película “El exorcista” (1973): con ello, su música entró al mercado norteamericano.
Mencioné a Jon Anderson como el cantante insignia del grupo progresivo Yes, que recorrimos antes. Explotando su registro tenor y cálida voz tuvo una carrera solista que plasmó en una decena de discos pero durante una década hizo una dupla exitosa con el músico griego Vangelis Papathanassiu (Agria-Grecia, 1943-2022), editando cuatro LP. Conviene probar con el primero “Short stories” (1979), para saber si te gusta el estilo. Fue un exitazo radial la marchosa “I hear you now” y las intimistas “Love is” y “One more time” conmueven todavía.
También tuvo suceso comercial el siguiente “The friends of Mr. Cairo” (1981). No dejan pasar una joyita rescatable del tercer tema de la dupla “Private Collection” (1983) que sirve para identificarlos: es el tema “She is sailing”.
Lo de Vangelis como solista merece un párrafo aparte. Fue uno de los precursores de la música electrónica y la llamada “new-age” o “ambient”. Fue tan “space-music” y popular que unos científicos, al descubrir un asteroide, lo bautizaron con su nombre. Vangelis fue un niño mimado muy cotizado del mundo artístico durante años, autor de bandas sonoras para cine, TV, teatro y ballet que quedaron en la historia. A modo de ejemplos, “L´Apocalypse des animauxs” (1973), “Opera Sauvage” (1979), la serie “Cosmos” de Carl Sagan (1979), “Carrozas de fuego” (1981) y el legendario film “Blade Runner” (1982). Trabajó con músicos de distintos estilos, como las cantantes líricas Irene Papas, Monserrat Caballé y Melina Mercouri. Imposible resumir su producción discográfica y su carrera aquí.
Montados en esta onda electrónica mencionemos grupos y solistas relacionados que se acercan al pop y coquetean o se sumergen en la música bolichera, alejándose del rock progresivo, la fusión y la experimentación.
Un solista explotando una onda new-age intimista fue el nipón Kitaró (Toyohashi-Japón, 1953), un oriental algo soporífero para escuchar con sahumerios. Mucho más agil, cercano a la new age y el ambient está el francés Jean Michel Jarre (Lyon-Francia, 1948), un caso curioso. Hijo del multipremiado compositor de bandas sonoras Maurice Jarre, Jean Michel se consagró con sus LP “Oxígeno” (1976) y “Equinoxe” (1978). Montó millonarias giras internacionales alrededor de su música, con perfomances plagadas de efectos tecnológicos espectaculares que acaso la minimizaron pero lo llevaron a la cima. Jarre fue precursor del video-mapping y de los teclados-láser, entre otros chiches. Prolífico, multifacético y efectista. La levantó con pala.
Precursores de la música hecha con teclados y computadoras en onda ambient o space music pero todavía con algún toque experimental, fueron los alemanes Tangerine Dream, que surgieron en 1970 y siguen dando vueltas. Estos berlineses editaron discos al por mayor y fueron artistas de culto.
Cuando rastreamos vertientes electrónicas más ligadas a lo bailable, otra vez encontramos alemanes. Otra variante que nos va adentrando de a poquito en una época posterior al sinfonismo. Ahora se trata de sonidos hipnóticos, machacantes y repetitivos con melodías mínimas. Es insoslayable nombrar la denominada “música industrial germana”, que se adueñó del género electrónico y se superpuso a la movida new wave europea con su bagaje de baterías programadas, secuenciadores, teclados al por mayor. El número uno fue sin duda Kraftwerk, unos locos que empezaron en Dusseldorf, también por 1970, y sacaron una docena de discos hasta que bajaron la cortina en 2005. De ellos tenés que escuchar sus inoxidables éxitos “Das modell”, “Neonlicht”, “Der telefon-anruf”, “Trans-Europa Express 91” y “Expo 2000”. Todo esto se encuentra en “A singles collection 1974-2004”.
También hay que recordar a Propaganda, otros surgidos de Dusseldorf pero en los ochenta, navegando decididamente entre la new wave. Un cuarteto con voces femeninas al frente (Claudia Bruken y Suzzane Freitag) y más dósis de baladas pop que los Kraftwerk, haciéndolos menos duros. Etiquetados como synth pop, tecnopop y eurodance. Prendieron mucho en la Argentina. Su LP debut “Dream within a dream” (1982) tiene sustancia. Escuchen ahí la homónima, “Murder of love”, “Duel”, “p:Machinery”, “Jewel”, “Sorry for laughing” y “The chase. Busquen luego por ahí las melosas “Wound in my heart” o “Only word”, que en estas pampas fueron un exitazo, ya recostadas en una onda Roxette/ABBA.
El tercero en discordia es un grupo inglés, Art of Noise, más o menos contemporáneo de los otros, gente avant-garde de estudios de grabación (por ej. el cotizado productor Trevor Horn), muy gustosa de experimentar con cajas de ritmo, groove machacantes y sampleo. Lo que más se les conoce fue su famosa su versión de “Kiss”, el tema de Prince, cantado por el inmortal Tom Jones. Paradójico, porque no es lo más representativo de ellos.
Bowie fue un artista multifacético reconocido internacionalmente que se mantuvo en la cima durante décadas. Hizo arte con su música, con su imagen y perfomances, con su producción discográfica, sus videos y puestas en escena.
La consigna de David Robert Jones (Londres-Inglaterra, 1947-2016), tal su verdadero nombre, fue arriesgar y no repetirse, lo que explica esa vigencia. Desde la psicodelia, el pop y el rock se animó a saltar a la música de boliches y coqueteó con la tecno y el dark. En vez de repetir fórmulas, pasó muchas pruebas con éxito. No por nada ligó uno de sus seudónimos artísticos: “el camaleón”.
Bowie tenía un bagaje cultural importante. Estudió diseño gráfico, mimo y arte dramático. Fue un auténtico performer, que amalgamaba lo estético y teatral con lo musical, sin poder evitar que a veces el circo rozara el patetismo.
Su disco iniciático homónimo de 1967 pasó de largo pero sonaba a psicodelia y Swinging London con arreglos de fliscornios y violines. Quizás escuchar los primeros discos de Bowie fuera de contexto minimice un poco lo jugado de su música. Así como en toda discografía hay siempre cosas que sobran. En su país lo descubrieron con “Space oddity” (1969) que salió unos días antes que el hombre pisara la luna. Pero se convirtió en artista de culto cuando apareció de gira por Gran Bretaña con el primero de sus personajes o alter egos imaginarios estrafalarios: el Ziggy Stardust de la mano del disco “The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders From Mars” (1972). Después iría agregando otros como Aladdine Sane o el duque blanco: alrededor de ellos giraban parte de sus canciones.
Durante su primera y exitosa etapa emparentada con el “glam-rock”, Bowie se fue tornando cada vez más freak, con gran producción en maquillajes y vestuarios de diseño con lentejuelas y tacones. Impuso modas. Se subió al mundo del jet set y las drogas. Primero se declaró gay pero apenas casado y con un pibe a cuestas se asumió bisexual y se enroscó en juegos andróginos. Lo que se dice un auténtico reventado. El tema irresuelto de siempre: ¿se debe separar una obra magnífica de su autor morboso? (*)
Su música recién pudo entrar al mercado norteamericano con el tema “Fame”, que compuso con John Lennon para el disco “Young americans” (1975). Ganar popularidad ahí le requirió afincarse en Los Angeles-USA entre 1974 y 1977, vivencia que lo arrastró a una decadencia personal de perfil fascistoide y mesiánico: los efluvios de la cocaína y el ocultismo lo llevaron a autopercibirse como un nuevo Hitler alla “Pink”, el personaje de The Wall que hizo Bob Geldof. Ahí aplica su personaje del duque blanco. Tan deteriorado estaba Bowie en esa época que declaró no recordar haber grabado el LP “Station to station” (1976).
Con el fin de desintoxicarse y atraído por el sonido industrial/electrónico que explotaban grupos teutones como Kraftwerk, Tangerine Dream, Can o NEU! se instaló unos años en Berlin Oeste. Pero ahí estaría Iggy Pop: otro reventado! De la mano del productor Brian Eno, Bowie pega un volantazo rockero y pergeña lo que se conoce justamente como la “trilogía berlinesa”: los discos “Low” (1977), “Heroes” (1977) y “Lodger” (1979). Recluta a Carlos Alomar, Robert Fripp y Adrian Belew, sucesivamente. Miles de sus fans los consideraron el pico máximo de su carrera.
“The singles collection” (1983) de EMI-Rykodisc es un CD doble recomendado con 37 tracks que abarca éxitos como “Space oddity”, “Ziggy Stardust”, “Changes”, “Rebel rebel”, “Fame”, “Ashes to ashes”, “Under pressure” junto a Queen, etc. Comprende 17 de los 25 discos que editara entre los años 1969 y 1993. Ah! También está “Heroes”, la canción sobre dos amantes anónimos que se besaban cerca del muro de Berlin, que primero pasó totalmente desapercibida pero se convirtió con tiempo en un himno generacional. Acá en el sur, conocida particularmente a partir de la versión en castellano de Fricción, el grupo argentino de Richard Coleman y Gustavo Cerati. La recopilación en cuestión incluye un poquito de “Bailemos” (1983) y de “Tonight” (1984), que siguen ahora.
**David Bowie – “Bailemos” (1983)
Este fue el disco comercialmente más
exitoso de Bowie. Haciéndole honor al nombre del disco, contiene temas que
hacen mover las piedras: “Modern love”, “China girl”, “Let’s dance” y “Shake
it”, que podrán sonar ochentosos pero tienen un swing inigualable. Steve Ray
Vaughan en guitarras (nunca lo hubiera apostado) y Omar Hakim en batería fueron parte del staff. Se
asociaría en la producción Nile Rodgers, ex guitarrista del grupo funk Chic de
los 70, el del tema “Good times” .
Otra gemita de Bowie. Lleno de sutilezas. Con la base de Carlos Alomar (guitarra), Carmine Rojas (bajo) y Omar Hakim (batería). Quirúrgicamente una sección de caños y cuerdas y contiene temas muy originales como “Loving the alien” y “Tumble and twirl”.
“Don´t look down” es uno de los mejores reggae ‘blancos’ que escuché en mi vida: pura elegancia. Para no quedarse corto mete otro reggae, el que da título al disco, cantado junto a la gran Tina Turner y se le anima al cover de “God only know”, el clásico de los Beach Boys.
David Bowie se apartaba, eventualmente, de su modo freak y se volcaba a la actuación en serio. Salió triunfante en sus papeles protagónicos de “Furyo/Merry Christmas Mr. Laurence” (1983) de Nagisa Oshima, “El ansia” (1983) de Tony Scott y “Laberinto” (1986) de Jim Henson, el padre de los Muppets. También trabajó con los directores Martin Scorsese y David Lynch y actuó en teatros de Broadway, NYC.
*David Bowie – “Black tie, white noise”(1993)
Bowie saca el nada desdeñable “Never let me down” (1984), con los hits “Day-in, day-out”, “Time will crawl” y el del título, manteniendo la popularidad aunque no tanto las ventas. Luego, además de protagonizarla, edita junto a Trevor Jones la muy buena banda de sonido de la mencionada película “Laberinto” (1986), que merecerá un párrafo aparte en el Capítulo V de esta reseña.
Meterá otro volantazo, intentando durante varios años una aventura hard-rock con la loca banda paralela Tin Machine (1987-1992), sostenida con del guitarrista Reeves Gabrels. No movieron demasiado el amperímetro, aunque algunos los ameritan como precursores del grunge.
Bowie se arriesgará con un nuevo cambio de rumbo, un nuevo renacimiento, esta vez hacia senderos más sutiles con toques de house y acid jazz en el CD “Black tie, white noise” (1993), nuevamente producido por Nile Rodgers y con Mick Ronson en guitarra, quien fuera parte de su equipo durante años. Tiene un groove distinto a otros discos de Bowie, una energía diferente. Aporta un muy buen cover de “I feel free” de Cream, la hermosa “Don’t let me down & down”, la sugerente homónima y la movediza “Jump, they say”, dedicada a su hermanastro esquizofrénico.
Pero esa onda también duró poco. ¿No les digo que cambiaba siempre? Con “1. Outside” (1995) y nueva producción de Brian Eno, empieza otra mutación de Bowie, que se va poniendo otra vez tecno, pero muy denso y oscuro. Salvan las papas del disco “No control” y “Strangers when we meet”. En “Earthling” (1997) el lanzamiento del disco se apoyó con unos dramáticos videos. Mucho sampler y batería programada, drum & bass. Para hacer este disco muy jugado, decadente pero cuasi bolichero, Bowie reclutó otra vez a Reeves Gabrels para meter distorsión a lo loco.
De ahí en más, Bowie sacó cinco o seis CD más. Casi siempre con la base de Gaile Ann Dorsey (bajo), Tony Visconti (guitarra, teclados y producción), Sterling Campbell (batería) y algunos otros. Permiten rescatar gemas imperdibles. Resultan más clásicos, un poco más reconocibles de su tradición pero sin privarse nunca de rockear. “Hours…” (1999) tiene muchas baladas, matándonos al comenzar con el himno romántico “Thursday’s child” y rematándonos al final con “Dreamers”.
En 2000 armó el hermoso “Toy” rescatando/reciclando viejos temas sesentosos archivados pero EMI, de la discográfica de Virgin Records, nunca se lo editó por complicaciones financieras: recién lo haría la Warner en 2022 como “Toy:Box”. Algunos tracks del proyecto fueron incluídos en el CD “Heathen” (2002), donde la cosa suena algo insípida hasta que irrumpen “I would be your slave” y “5:15 The angels have gone”. Lo continúa sin pena ni gloria el CD “Reality” (2003) pero levanta la puntería en “The next day” (2013) con “Where are you now?” y “I’d rather be high”.
Como seguro sabrán, Bowie falleció en Nueva York -ciudad que había adoptado dos décadas atrás- en enero de 2016. Los años lo habían convertido en un gentleman coleccionista de arte y bon-vivant del Soho que educaba con esmero a su hija menor. Ocultó durante meses a los medios la dura enfermedad que lo estaba abatiendo. Su trabajo póstumo fue “Blackstar” (2016), una obra algo sombría que parece acorde al eclipse de su vida. En el disco nos deja su voz inolvidable y, a pesar de su título, entrega todo en su canción final “I can´t give everything away”.
Puede ser que, como dijo alguno, Bowie haya sido el artista del mundo musical al que mejor le calce la comparación maradoniana: “barrilete cósmico”.
Ya que abordamos a este baluarte solista del rock contemporáneo, hagamos lugar para mencionar a tres cantantes más. No figuran en mi seleccionado mayor pero merecen pegarles una escuchada porque en verdad fueron exitosos y bastante innovadores en su época.
Empecemos por Reginald Kenneth Dwight (a) Elton John (Middlesex-Inglaterra, 1947), el primer rockero inglés en salir del placard, el frontman del peluquín perfecto y los anteojos extravagantes. Niño prodigio y empedernido del piano, empezó bárbaro en los años setenta con “Your song”, “Crocodile rock”, “Goodbye yellow brick road”, “Sorry seems to be the hardest word”, “Dont´t let the sun go down on me”, etc. apoyado en su partenaire artístico, el letrista Bernie Taupin.
Creador de baladas y rockitos inolvidables y cuasi inventor del estilo glam, con más de 30 discos editados, que vendieron unos 300 millones de copias. No me convenció para comprarle una pero me tapó la boca nuevamente con las hermosas “I guess that´s why they call it the blues” y “A word in spanish”.
El film biográfico “Rocketman” (2019) ilustra sobre la vida de Elton John arriba y detrás de los escenarios. Con un idioma cinematográfico parecido al de la película “The Wall” y gran despliegue de recursos, relata libremente la carrera de Reginald: la vida tortuosa de un famoso que a los tumbos supera sus infiernos pero tiene final feliz. Por si fuera poco, con el tema “(I’m gonna) love mi again” que insertó Elton John en ese film, ganaría un Oscar. Moraleja: tengas diez pesos o tengas millones, todos nos sentimos solos y pasamos por el inodoro. Zafó por un pelito de integrar el “club de los 27” pero ahora es casi parte de la familia real.
La onda del neoyorquino William Martin “Billy” Joel (Bronx-NYC-USA, 1949) se apoya sobre todo en las baladas épicas, también enfatizadas en el piano, y matiza sus discos con rockitos machacantes aptos para el gran público. Entre las primeras pueden mencionarse “Piano man” y “Honesty” . Por los segundos, “Movin out”, “Say goodby to Hollywood”, “My life”, “Allentown” y “Uptown girl”. Billy ya está grande pero con eso le bastó para ser uno de los cantantes más populares de las últimas décadas en Estados Unidos.
Tampoco he sido fan de Robert Palmer (Batley-Inglaterra, 1947-2003), un blondo inglés que hizo su carrera artística con una pata en Europa y otra en Norteamérica. Independientemente de su look marketinero de trajes finos y corbata -contrastante con los rockeros de su época- sus famosos videos con coreografías y modelos despampanantes, Palmer se dedicaba al pop y al soul blanco con fuertes toques tecno. Se codeó con los Duran-Duran, UB40 y otros new wave e hizo bailar a su generación. En “The very best” (1995) encontrarán las archiconocidas “Addicted to love”, “I didn´t mean to turn you on”, “Simply irresistible”, “I´ll be your baby tonight” y su excelente versión de “Mercy, mercy me” de Marvin Gaye.
(*) La discusión es vieja. “¿Es legítimo proyectar sobre una obra los comportamientos censurables o las aberraciones ideológicas de un creador?” A través de los años hubo decenas de controversias, denuncias y excusas alrededor de artistas y creativos acusados de pederastas, pornógrafos, nazis, violadores o abusadores y drogones. En la memoria popular quedaron como casos testigo los del filósofo Martin Heidegger, los cineastas Roman Polanski y Woody Allen, más acá Michael Jackson o el escritor Peter Handkle. Sobre aquella discusión indaga la socióloga francesa Giséle Sapiro en su ensayo “¿Se puede separar la obra del autor? Censura, cancelación y derecho al error”. Capital Intelectual, 2022. Quizás no haga falta profundizar tanto y todo se reduzca a una cuestión de piel y moral de cada uno. No me importa sonar conservador ni demodeé: ¿pretenderías esas suertes para un hijo tuyo?
Nos vamos a introducir en un mundo musical totalmente diferente: el de la new wave británica y todas sus conexiones. Olviden todo lo anterior.
Empecemos por el ska, ya verán luego su injerencia en el tema. El ska es la música y baile popular nacional jamaiquinos, originados unos años antes de su independencia de la esclavizadora Gran Bretaña, en 1962. Rastrear sus orígenes lleva a dedicar varias horas de lectura revisando diversas fuentes. Según los cronistas, el ska viene a ser una síntesis de influencias: del rhythm & blues, el boogie, el sonido de las grandes orquestas norteamericanas de jazz de la época y particularmente el sonido de New Orleans, el calipso de Trinidad y Tobago y vertientes de la música afro-cubana.
En los años cincuenta en Kingston, capital de Jamaica, había camionetas cargadas con equipos de sonido (sound-systems) que circulaban con vagos propalando vinilos para bailar, en busca de propinas. Discotecas móviles. Primero ‘pinchaban’ música norteamericana porque no tenían cosas propias, hasta que músicos nativos (Prince Buster, Sir Coxsone Dodd, Arthur ‘Duke’ Reid) pudieron grabar las primeras canciones sincréticas. En los arrabales como Trenchtown, los chicos más pesados, los punteros barriales o “rude boys”, manejaban el creativo negocio. Arriba de las furgonetas llevaban un “toaster”, especie de maestro de ceremonias que anticipaba de modo de rústico a los futuros raperos yankis, rimando frases sobre cosas de actualidad.
Si se detienen en aquellas influencias del ska, puede deducirse que las bandas asociadas al naciente género autóctono se conformaron con la base típica de batería-bajo-guitarra, al que se sumaban un piano e instrumentos de viento, primero que todo el trombón, luego saxo y trompeta. Al principio fueron mayoritariamente instrumentales, sin vocalista.
El nombre cortito del género proviene de “ska-boom-ska-boom”, onomatopeya del sonido que reproducían esos sound-system. Aunque hay otras versiones del origen de la palabra “ska”, todas se relacionan con el beat o el sincopado de la guitarra (“chuking”), usuales en el estilo. Al baile relacionado lo llamaron “skank”.
Con los años, los DJ “toaster” grabarían sus ocurrencias anticipando al rap y el ska daría origen o evolucionaría al rock-steady (con un tempo más lento) y el dub (manipulación de pistas y adición de efectos electrónicos). Serían los predecesores del reggae que nació en 1968 con el single “Do the reggay” de la banda The Maytals, el último y quizás más pulcro eslabón de la cadena con el que colonizarían musicalmente el mundo varios años. Una proeza tercermundista digna de resaltar.
The Skatalites llegó a ser el grupo más destacado del género que nos ocupa. Estaba formado por músicos que se la rebuscaban en el circuito hotelero y en los primeros estudios de grabación. Fueron unos de los padres fundadores del ska. El título de este recopilatorio “Guns of Navarone-The best of Skatalites” (2001) viene asociado al tema clásico y homónimo que les pertenece, que se usó como soundtrack –con otro ritmo y gran orquestación- para una superproducción cinematográfica de la época -justamente llamada “Guns of Navarone”- protagonizada por las superestrellas Gregory Peck, David Niven y Anthony Quinn.
Los Skatalites duraron poco y ya se habían disuelto en 1965 pero cuando les llegó el reconocimiento internacional se rejuntaron en 1983 con una formación modificada para aprovechar la bolada. Continúan dando vueltas hasta hoy, habiendo incorporado el rocksteady y el reggae.
Don Drummond (Kingston-Jamaica, 1932-1969), su trombonista fundador y compositor principal, no llegó a viejo: se volvió loco y falleció en la cárcel para pasar a integrar el famoso Club de los 27. En distintos momentos, los Skatalites tuvieron como vocalistas colaboradores a Desmond Dekker, Prince Buster, Jimmy Cliff, Bob Marley y Doreen Shaffer, entre otros.
Cuando pasaron por Argentina, dejaron grabado su vivo “The Skatalites In Orbit en vivo en Buenos Aires vol. 1 y 2” (2005), en el Teatro Armenio del barrio de Palermo. La excelente banda argentina Dancing Mood capitaneada por el bohemio Hugo Lobo -que ya resaltamos en el Cap. I-Rock argentino-, reversionó con muy buen gusto los principales temas de Skatalites.
El conocido “My boy, Lollipop” que aquí en el sur versionaran añares después Viudas e Hijas de R&R, fue el primer ska -fácil y ganchero- que triunfó en USA en 1963. El productor musical Chris Blackwell (Westminter-Inglaterra, 1937), criado en tierras jamaiquinas y luego fundador de la famosa discográfica Island Records, tuvo en los años sesenta gran ingerencia en la exportación de la música de la isla caribeña a Inglaterra. Aquí había una gran colonia de inmigrantes antillanos (muchos rude boys mezclados entre los ya citados mods londinenses fanas de The Who y The Kinks) y eso facilitó la aceptación de músicos jamaiquinos que cruzaron el charco. El cantante Desmond Dekker (Kingston-Jamaica, 1941-2006) fue una de las cabezas de playa artísticas del ska entre los flemáticos con su hit “Israelites”. Hizo lo suyo también Lee ‘Scracht’ Perry (Kendal-Jamaica, 1936-2021), hábil productor de los Wailers.
A fines de los setenta, el sello discográfico inglés “2-Tone” difundió y puso más de moda el ska entre blancos e inmigrantes. Su nombre no solo aludía a los dos tonos de la música; también se relacionaba a la estética con el blanco y negro a cuadritos que identificaba a la tribu en zapatos, ropa y apliques, una vuelta de tuerca mod. Fueron baluartes de esa onda los grupos The Specials, Madness y The Selecter, sobre los que volveremos. En Argentina, y luego en Sudamérica, los Fabulosos Cadillacs también fueron exitosos alumnos -más bien copiones- del género ska y esas bandas. Claro que varios escalones debajo de los geniales Dancing Mood.
Insuperable maestro del reggae fue el mulato Robert Nesta Marley Booker (Nine Mille-Jamaica, 1945-1981), hijo de una mujer negra y un capitán inglés tránsfuga. Un cronista sintetizó su derrotero como “la primera estrella global surgida de un ghetto poscolonial” (A.k.a. tercer mundo). Slogan intrincado pero verídico. Cae perfecto decir que es el Gardel del reggae porque, realmente, cada día canta mejor y nunca fue superado en lo suyo.
Es interesante chusmear la biografía aventurera de Marley. Su vida privada no fue moderada, estuvo salpicada de altibajos sentimentales y algunos abusos pero también de solidaridad. Usó su popularidad para coquetear con la política en su país y si bien buscó la conciliación, le costó varios atentados y sustos. Sus grabaciones fueron objeto de tironeos comerciales entre productores. Tuvo que crear su propio sello, Tuff Gong, para protegerlas. Y las disputas por la herencia de Marley fueron otra historia en si misma: tuvo 10 hijos reconocidos y 2 adoptados. Una manera de abordar a Bob Marley es recurrir al libro “Tanto que contar: historia oral de Bob Marley” (2019) de Roger Steffens, que entrevistó en su momento a 74 colaboradores, músicos y allegados al cantante. Otra es la biografía escrita por su esposa cubana Alpharita Constantia Anderson ‘Rita’ Marley (“No woman, no cry” de 2004), que trata bastante descarnadamente a su ex.
En lo estrictamente musical, al escuchar sucesivamente los discos de Marley se percibe una cierta inmadurez en los primeros y un claro afianzamiento de su sonido a medida que pasan los años. Los más puristas prefieren aquella etapa “vernácula” o más clásica por su autenticidad, grabada con medios rudimentarios locales. Otros, en cambio, las obras que le siguieron apoyando su globalización, dentro de la movida rock inglesa.
Pero, ¿de dónde salió el reggae? El crítico Alan Di Perna ilustra bien al respecto. Los jóvenes jamaquinos se copaban en los tempranos sesenta con el rythm & blues de New Orleans y Miami (Fats Domino, Huey Smith, Professor Longhair) y el sonido Motown (Drifters, Plateros, Miracles y Temptations) escuchando emisiones norteamericanas con sus radios portátiles a pila. Le agregaron su bagaje mestizo-creole y surgió el ska: acordes “up-beats” sobre líneas de “walking bass” (googleen, señores). Bob Marley mismo grabó su primer single solista en 1963 con el ska “Judge not” y fue otro ska lo primero que hizo con The Wailers: “Simmer down”.
Se venía produciendo en Jamaica la comentada movida musical de los “sound system” con el “toasting” (hablar payando/improvisando con un micrófono sobre una pista grabada, claro antecesor del rapeo norteamericano de los setenta). De a poco el género adquirió ritmos más lentos y mutó al llamado “rock-steady”, más apto para bailar que el ska. Surgió también el “dub”: reversionar un single desde las consolas con sus bases instrumentales pero sin incluir las voces.
Una ralentada más con ritmo hipnótico y apareció el reggae, en ritmo de 4x4. Guitarras “muted” (sonido apagado, asordinado con la palma de la mano), con “one drop” (espacio en el primer pulso de cada compás que produce ese suspenso atrapante y gozoso tan difícil de explicar del reggae) y el bajo -como figura principal pero sin hacer solos- que repite dos compases entre silencios para mantenernos en trance.
Luego, a esta música se le sumó una oleada mística derivada de las creencias del rastafarismo: una religión o filosofía difundida desde los años 30 por el controvertido ideólogo, predicador y empresario jamaiquino-británico Marcus Garvey (Saint Ann’s Bay-Jamaica, 1887-1940), promotor del panafricanismo y la negritud, un ñato con facetas racistas y fascistas. Como prometía la llegada de un mesías negro, sus seguidores terminaron curiosamente adorando al dictador de Etiopía Haile Selassie I como un nuevo Cristo. Su nombre real era Ta Fari Makonnen, el “ras” o jefe: de ahí “rastafari”. Sus seguidores repudiaban a “Babylon”, la sociedad moderna occidental, corrupta y tecnológica. Vegetarianismo, ganja=cannabis sativa pero no cocaína ni alcohol. Detalles externos de sus adeptos, sus dread-locks y gorras tams para cubrirlos esos rizos, austeridad. A todo esto Selassie, que no entendía nada, un día se decidió, cruzó el charco y visitó Jamaica en 1966: lo recibieron con honores unas 100 mil personas. Marley abrazó esas creencias y las difundió junto a su música pero pragmáticamente, sin descuidar su carrera artística.
Esta maravilla de compilación “Legend” (1984) de Island Records es un solo LP de 14 tracks sin desperdicios. No en vano ha sido el disco de reggae más vendido de la historia: más de 30 millones de copias. Aunque solo cubre piezas de Marley globalizadas entre 1973 y 1981, almacena clásicos reggae como “Is this love”, “Could you be loved?”, “One love”, “I shot the sheriff” y las enormes “Redention song” y “No woman no cry”. Ediciones más modernas lo convirtieron en un disco doble que incluye 29 temas.
Existe otra recopilación muy difundida de Islands Records y Bob Marley Fundation, que consta de 4 CD, llamada “Songs of Freedom. From Judge not to Redemption Song” (1992), atractiva y equilibrada por lo abarcativa. Permite acompañar la evolución de Marley desde aquel iniciático ska -esa etapa jamaiquina que valoran los puristas- hasta su caprichoso final.

*Bob Marley & The Wailers – “Uprising” (1980)
La herencia del reggae continuó durante los años ochenta en Gran Bretaña muy bien representada por la banda blanca inglesa UB40 (ver adelante) y Steel Pulse y en su tierra de origen con Black Uhuru, Third World y múltiples solistas como Bunny Wailer o Burning Spear. Otro fue Ziggy, el hijo mayor de Bob y Rita, nacido el 17 de octubre de 1968.
Más allá de cargar con el peso de ser el vástago del mayor exponente internacional de la música reggae, este ya no tan chico se la bancó con dignidad. El marketing le permitió tocar sin mucho trámite con famosos como Sting, Keith Richards, Tina Weimouth de Talking Heads, Lauryn Hill, etc. Son atractivos su voz y los coros femeninos que utiliza, que remiten a papá Bob y a las famosas I Three, y un cierto aggiornamiento del género, que lo respeta sin maltratarlo.
Su disco más famoso fue “Conscious party” (1988) con los éxitos “Tomorrow people”, “Tumblin’ down” y “New love”, que están también en la compilación de arriba, sumando también los buenos tracks “Brothers & sisters” y “Look whos’s dancing”.
Después del imperio del hard rock y el rock sinfónico durante más de diez años, irrumpiría el punk “pateando calefones” (lo abordaremos ahora no más con los Sex Pistols) pero su dominio se apagaría rápidamente. Transversalmente, los inmigrantes antillanos en Brixton y otros suburbios de Londres se mezclaban con las tribus mods mirando de reojo a punks y skinheads. Musicalmente resultaría el mejunje denominado “new wave”: la evolución del punk suavizándolo con pop, ska y reggae. Una etapa deliciosa de la música inglesa que no pueden dejar pasar. Visitaremos a muchos representantes de esa ola.
The Specials fueron los grandes difusores del ska en Europa. Eran de Coventry-Inglaterra y empezaron llamándose AKA Special. Versionaron y reflotaron el género jamaiquino con una base de bajo y batería, guitarra eléctrica estilo “upstroke”, piano de salón, órgano Hammond y una sección de vientos sobria pero sólida. Su estilo se terminaría difundiendo por todo el mundo, sino pregunten acá en el sur a Vicentico y Los Fabulosos Cadillacs, Pericos, etc. etc. Nunca fue muy popular en EE.UU., como si el gran público no lo hubiera entendido.
Los símbolos externos particulares de la movida ska en Inglaterra eran los sombreritos “pork pie hat”, anteojos de sol negros, tiras o apliques “a cuadritos” blancos y negros, pantalones tipo chupín al tobillo, ropa barata, calcetines blancos y zapatos “creepers”. Como ven, todo B&N.
Este recomendado disco debut de The Specials fue producido por el gran Declan Patrick MacManus (a) Elvis Costello, al que abordaremos más adelante. Incluye su primer éxito “Gangsters”, “A message to you Rudy”, “Monkey man” (de Toots & The Maytals) y “You´re wondering now”. Para mi gusto, les faltará “Rat race”, “Free Nelson Mandela” y “Ghost town” (un himno que refería al desempleo y los estragos económicos de la dama de hierro Margaret Tatcher) y su buena versión de la antes mencionada “Guns of Navarone”. Pueden recurrir a “The best of The Specials” (2008) para un panorama más amplio.
Fueron los mismos Specials que en 1979 crean el sello independiente 2-Tone (“dos tonos” o también “segunda ola”) con el apoyo de Chrysalis Records. Ese sello y su denominación le dio identidad a la movida -ideológicamente antirracista y libertaria en oposición a los skinheads- que albergó a grupos icónicos como The Beat (o English Beat), Madness y The Selecter, entre otros, generalmente bandas mixtas de locales blancos con algunos integrantes inmigrantes o hijos de inmigrantes, morenos. The Specials como 2-Tone duraron pocos años, pero artísticamente dejaron huellas.
Sobre los Madness, otro grupo interesante de ska inglés de la misma casa, hizo una variante autodenominada “nutty sound”, una mixtura distinta. Empezaron en 1979 con el single “Prince”, un homenaje al músico jamaiquino Prince Buster y su primer disco fue “One step beyond” (1979), un título de ese mismo autor. Fueron muy populares en Gran Bretaña pero en América del Norte. Dejaron gratificantes composiciones: “Our house”, “It must be love” y “Yesterday’s men”. Vayan por ellos en “Our house-Best of Madness” (2002) o “Full house-The very best of Madness” (2017).
Hay más habitantes del universo 2-Tone de visita obligatoria. Primero el grupo The Beat, creado por los ingleses Ranking Roger y Dave Wakeling en Birmingham para hacer música muy de la época antiTatcher-new wave, mezclando reggae, ska, dub y pop. En USA los vendieron como “The English Beat” para evitar confusiones. Sacaron tres discos muy parejos: “I just can´t stop it” (1980), “Wha’ppen” (1981) y “Special Beat service” (1982). “What is beat?” (1983) es una recopilación que mantiene su espíritu y junta sus éxitos más difundidos: “I confess”, “I can’t get used to losing you”, “Tears of a clown” (un cover del soulero negro Smokey Robinson) y “Mirror in the bathroom”. Para mi gusto, le falta un temazo: “End of the party”, del tercer CD. Tarea para el hogar: buscarlo.
Al disolverse The Beat, los mismos Roger y Wakeling formaron la banda General Public, casi una continuidad, la misma sonoridad, las mismas interesantes voces y yeites, quizás más dósis de pop. Convocaron inicialmente a Mick Jones, ex The Clash, y también duraron tres discos. Otra vez recomiendo una recopilación de 1984 (“General Public-Classic master”) porque ninguno de ellos se destaca sobre de los otros. Contiene “I’ll take you there”, “Tenderness” y “Never you done that”. Como nunca nada ni nadie es perfecto, dejaron afuera “Cosmic song-Dishwasher” y “As a matter of fact”. Otros dos ex integrantes de The Beat, Andy Cox y David Steele, formarían el grupo Fine Young Cannibals, que tuvieron el hit “You drive my crazy”, de 1989.
Este combo multirracial de amigotes de barrio fueron la frutilla del postre de la new wave made in Gran Bretaña. Palabras mayores. Se juntaron en 1978 e hicieron blanco al reggae, le metieron dub y pop, lo envolvieron con una estupenda sección de bronces y lo largaron al mundo. Los líderes del grupo fueron el rubio Alistair ‘Ali’ Campbell (1959), la cálida voz que identificó (casi) siempre a la banda, su hermano Robin (1954) y el morocho Terence Oswald ‘Astro’ Williams (1957-2021), que se destacaba como “toaster”. Todos de Birmingham, Inglaterra.
El nombre del grupo lo sacaron del formulario que tenían que llenar para cobrar un subsidio por desempleo (“Unemployment Benefit attendance Form. 40”). Una reproducción del formulario ilustró la tapa de su primer disco, “Signing off” (1980).
“Labour of love” (1983) fue el tercero de la banda, el que los catapultó a la fama mundial. Recurrieron al viejo truco de hacer covers de clásicos que habían musicalizado su propia la infancia. Lo vendieron por millones con su tema de difusión, el “Red red wine” de Neil Diamond y “Keep on mooving” de Curtis Mayfield. ¿Quién no los bailó o tarareó en su momento? Persistieron fuerte en la veta llegando a sacar “Labour of love” II, III y IV usando el mismo método. Todo ganancia.
En “The best of UB40 volumen 1 y 2”(2005) encontrarán sus éxitos de un saque, incluídos los cover de “I got you babe” (1985) y “Breakfast in bed” (1988) con la voz de Chrissie Hynde de The Pretenders, que fue la gran promotora del grupo en sus comienzos y se asoció con ellos en estos recontra-conocidos singles.
También es muy agradable su proyecto “UB40 present the Father of reggae” (2002) donde, a modo de homenaje a sus héroes musicales, la banda grabó una especie de grandes éxitos suyos con leyendas del reggae mundial, como Gregory Isaacs, Toots Hibbert y Freddie McGregor, relegando Ali Campbell el micrófono.
Escucho a los UB40 y no puedo abandonarlos. Nada falta, nada sobra: bases perfectas, bronces con arreglos sobrios y delicados, algún efecto dub para decorar con elegancia y la suave voz de Ali Campbell. Son adictivos!
Una nota curiosa es que, habiendo vendido más de 70 millones de discos, hace unos años quebraron la discográfica propia que habían creado. ¿Habrán pedido de nuevo el subsidio? Los UB40 siguieron dando vuelta -con idas y venidas, deserciones, peleas e impugnaciones legales de integrantes originales incluyendo entre los hermanos Robin y Ali- habiendo pasado varias veces por Buenos Aires.
Ahora si, nos metemos con el punk. Es importante que se ubiquen temporalmente entre los años 1975 a 1980 para insertar el fenómeno contracultural del punk inglés entre las otras expresiones musicales que vinimos repasando, con algunas de las cuales convivió.
Deben visualizar que, en solo diez años, la música moderna sajona se paseó por el rock psicodélico, el hard rock y el rock sinfónico y progresivo y empezaba a absorber las influencias de la música jamaiquina de los inmigrantes suburbanos. El punk en Londres irrumpiría dislocando todo pero reinaría por pocos años porque, como pregonaba su slogan “no future”, no tenía destino ni filosófico ni artístico.
Musicalmente consistía en temas rockeros cortitos de pocas notas y riffs poderosos tocados a mil por hora por artistas-casi lumpen de formación dudosa, cantados desprolijamente con letras y actitud lo más provocadoras posible. En términos de evolución en la música popular, un retroceso.
Sex Pistols fue el grupo más importante de la historia del punk. Sus integrantes apenas llegaron a estar juntos tres años. John Joseph Lydon (Londres-Inglaterra, 1956) era un pibe de Finsbury Park que acostumbraba escupir a los que lo molestaban en la calle. Cuando lo corrían se refugiaba en la boutique Let-it-rock de la King's Road (luego rebautizada Sex), manejada por Malcolm McLaren y Vivienne Westwood, pioneros en vender ropa hipercasual-trash, que adoptaría inmediatamente la tribu. Lydon tenía un grupo llamado The Swankers (los masturbadores) junto a Paul Cook, Glen Matlock, Steve Jones y un tal Wally, algunos pungas en la vida real. Lydon andaba con remeras de promoción de bandas sinfónicas, quemaba los ojos de Roger Waters con un cigarrillo y pintaba “I hate” (yo odio) sobre el logo de Pink Floyd. Una declaración de principios: los punkies solo bancaban a The Who, Small Faces, Bowie y poco más. En la tienda empezaron a vender remeras agujereadas por ocho libras.
Malcolm McLaren (*) agarra al grupo como manager, le cambia el nombre por Sex Pistols y les compra instrumentos. Lo pone a cantar a Lydon porque advierte que odiaba lo que cantaba y así le salía original y le sugiere el apodo "Johnny Rotten", inspirado en sus dientes descuidados. Les inventa una impronta de chicos malos con un marketing alrededor de sus presentaciones obscenas y violentas en los boliches en los que actúan. Imagínense a Lydon vociferando al micrófono: “Soy el anticristo, soy un anarquista, no se lo que quiero pero se como conseguirlo. Quiero destruirlo todo! Es todo una mierda” y proclamando el “no future”. Rebeldía mucho más acorde a la oscura época del gobierno de la dama de hierro Margaret Tatcher, que las letras sobre caballeros medievales de los grupos sinfónicos, para una juventud inglesa que no le interesaba al sistema.
Era tal el quilombo que armó la movida de la banda que las autoridades prohibieron actuar y difundir por radio y TV a los Sex Pistols y cuando intentaron tocar en el lanchón Queen Elizabeth sobre el Támesis (porque eso no era ‘suelo’ inglés) les pegaron para que tengan: todos a la sombra. Venían con McLaren de publicar el single “God save the Queen” y de vender miles de remeras con la imagen de la reina Isabel y su sonrisa atravesada por un alfiler de gancho. Fueron repudiados por el establishment y gran parte de la opinión pública horrorizada. "Dios salve a la reina, ella no es humana/el régimen fascista los hará idiotas, potenciales bombas H".
El título de “Never mind the bollocks, here’s the Sex Pistols” de 1977 podría traducirse como “A pesar de los boludos aquí están los Sex Pistols”. De hecho, fue el único LP que llegó a grabar la banda como tal en su corta vida artística. Es un disco emblema del punk y muchos lo consideran uno de los mejores de la historia. Realmente sigue sonando muy bien para quien tenga en sus venas algo de R&R. Contiene los éxitos “God save the Queen” y “Anarchy in the U.K.” (**). Primero el sello EMI y luego A&M Records rompieron sus contratos con los Pistols, negándose a editarles el disco dada su mala prensa. Por eso debieron pagarle al grupo miles de libras esterlinas de indemnización. Pasado un tiempo, el sello Virgin se animó finalmente a distribuirlo y la pegó vendiendo millones de copias.
Los Sex Pistols y los punk tuvieron que bancarse una verdadera persecución cultural y legal en Inglaterra, que no entendía semejante movida iconoclasta surgida de jóvenes desocupados. La prensa los condenaba y la policía les daba palos por la cabeza. Eran los chicos con crestas pelíferas de colores, desaliño total, ropa rotosa y borceguíes.
Para retratar la época es recomendable el relato de nuestro periodista Juan Carlos Kreimer en “Punk, la muerte joven” (Distal, 1993), que estuvo en el lugar justo y el momento justo de la movida punk. Esta palabrita puede traducirse como una especie de insulto por ‘verde’, inútil o tonto pero también puede usarse de modo cariñoso, como cuando nosotros decimos “boludo”.
Había muchas bandas del palo dando vueltas, como The Damnned, The Buzzcocks o Sham 69, las principales. Pero el punk como género musical era muy limitado y demasiado duro para el gusto medio. Resultó una ruta cortita y sin salida y el tiempo fue su mayor antídoto. La cosa fue deglutida rápidamente por la “new wave”, una colectora del pop-rock nada odiosa y mucho más agradable, que heredó sin esforzarse la corona del punk manoteada al rock progresivo. Nada menos que con The Police a la vanguardia y todos los demás atrás.
(*) ese personaje, que merece un film biográfico como Dios manda, se llamaba Malcolm Robert Andrew McLaren (Stoke Newington-Londres-Inglaterra, 1946-2010). Fue etiquetado como “padrino del punk” pero nunca fue punk. En realidad fue un empresario multifacético, representante de bandas, situacionista, curador y buscavidas. Un agitador cultural a lo Andy Warhol pero flemático. Sabía mucho de arte y lo del local de modas fue su primer expresión artística diseñando ropa: vistió a la generación punk y, de paso, fue el ideólogo de los Pistols, con quienes terminaría peleado mal. Ni lerdo ni perezoso craneó el falso documental “The great rock&roll swindle” (Julien Temple, 1980) para contar su versión de la historia que estaba escribiendo en esa época. El tipo decía: “La idea visual de la música es tan importante como el sonido mismo. Con los Sex Pistols vendimos la imagen, la idea visual de esa música”. McLaren quiso ser intendente de Londres para cambiarlo todo, pero no pudo. No se privó antes de editar varios discos propios, experimentando con música de ópera, electrónica, el scratching y el hip hop y pirateando ritmos de la world music. ¿Un mercachifle? Se considera que con su disco “Paris” (1994), grabado con la voz de las actrices Catherine Deneuve y Francoise Hardy e inspirado en la música del moderno Eric Satie, inventó el género lounge. Algunas cosas le salieron extraordinarias y fueron sutiles inspiraciones para varias modas posteriores. Busquen y escuchen su incomparable “Lauretta (o mio bambino caro)”, escuchen “Legba”, escuchen “Buffalo Girls”.
(**) Apenas participó del LP quien fuera el último bajista de la banda, el renombrado “Sid Vicious”, un alias que significa ‘cruel’ y no ‘vicioso’, como muchos creíamos. Se ocuparon del bajo en los distintos tracks Glen Matlock o el guitarrista Steve Jones. El que cargaba aquel nombre artístico se llamaba en realidad Simon John Ritchie (Lewishman, Londres-Inglaterra, 1957-1979): un chico manipulable que prácticamente no sabía tocar instrumentos, más conocido por sus desmanes, al que alguno reconoció como inventor del pogo (incomprobable). Una discográfica quiso incluso relanzarlo como solista y fue un fracaso total. “Nancy (Spungen) está muerta. ¿Me puedo quedar la habitación?” le dijo al conserje del Chelsea Hotel con su novia aún tirada en el piso, antes que llamaran a la policía. Solo unas semanas después, Sid tuvo su propio final con una sobredósis a los 21 años. Habiendo pasado el tiempo, al fin y al cabo y comparando actitudes, ¿no fue el más punk de todos los punks y el menos hipócrita? Vean si es posible la película "Sid & Nancy" (Alen Cox, 1986), con Gary Oldman y Chloe Webb, y disfruten de paso de la excelente banda de sonido punk curada por Joe Strummer (The Clash).
*The Clash – “London calling” (1979)
Otra vertiente punk inglesa famosa fue el grupo The Clash: más melodiosos y versátiles que los Pistols, dejaron éxitos como “London calling”, “Magnificent seven”, “Should I Stay or Should I go” y “Rock the Casbah”.
El líder fue Joe Strummer (Ankara-Turquía, 1952-2002). Traían letras más politizadas que alzaban la cabeza sobre el nihilismo de la época y convocaban a una rebelión más drástica con posturas antimonárquicas y antiimperialistas, atrayendo más a estudiantes que a chicos punk-promedio. Musicalmente agregaron grandes cucharadas de power-pop, rockabilly, reggae, ska y dub al monocorde estilo punk.
La Rolling Stone americana consideró a este LP doble “London calling” (1979) el disco de la década. Subjetivo, claro. Fue el tercero de los seis que grabaron en su corta carrera entre 1976 y 1985. Es una pila de canciones poco pretenciosas, casi de garage también, nada épico a lo beatle. En el disco asoman sobre el resto el track homónimo, “Revolution rock” y “Train in vain”. Para una visión más abarcadora de la banda que incluya el resto de los hits que les indicara antes, el recopilatorio doble “The essential Clash” (2003): tiene 40 tracks.
Una extensión que aggiornó el espíritu de The Clash con un poco de efectos tecno, fue el grupo BAD (Big Audio Dynamite) que formó en los ochenta su ex guitarrista Mick Jones (Wandworsth, Londres-Inglaterra, 1955). Escuchar “Planet BAD Greatest hits” (1995) para conocer cual era su sonido.
Pero, attenti al ladri! ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? ¿Quién inventó el punk? ¿Puede discutirse el epicentro geográfico del punk? Hay quienes dicen que no nació en Londres, sino al otro lado del charco. ¿New York? ¿O Detroit?
*Iggy Pop – “Brick by brick” (1990)
Merecen una orden al mérito del reinado
punk dos bandas norteamericanas originadas en Detroit-Michigan-USA. El grupo
MC5 ya estaba dando vueltas desde 1965 y The Stooges editó su primer disco en
1969. Eran rock de garage y salvaje en medio del paz y amor hipón de Woodstock. Pocos repararon en sus producciones y las discográficas les rescindían
contratos. Después serían reconocidos como bandas de culto por algunas tribus.
Los Ramones y New York Dolls -que tuvieron mucho que ver en la siguiente
horneada- los sindicaron como influencias fundamentales del punk.
El estrafalario James Newell Osterberg Jr. (a) la iguana o Iggy Pop (Michigan-USA, 1947) lideraba The Stooges. El grupo pudo abrirse camino y llegó a la escena de Chicago, pero no mucho más. Primero sacaron “The Stooges” (1969) con el himno punk “I wanna be your dog” y, poco después, “Fun house” (1970).
Iggy Pop confesó alguna vez que se ideó un personaje sexy y violento para llamar la atención cuando fue a los boliches y descubrió que la gente deliraba por los imbéciles. Se convirtió en un frontman que incluía automutilaciones y vómitos sobre el escenario y pogos y peleas en vivo y en directo con el público. “Se lo que ven en mi: la sangre, los gritos, la suciedad… yo no soy Rod Stewart, no canto tan bien”. Como diciendo ‘algo tenía que hacer’. Mierda, que retorcido Iggy!
Igual que hizo con Lou Reed (Velvet Underground) en su estancia setentosa en Berlin-Alemania, David Bowie le produjo a Iggy Pop sus primeros discos solistas, ampliando y domesticando su sonido con dósis de pop y tecno de su propia cantera. Así salieron los LP “The idiot” (1977) y “Lust for life” (1977).
Entre la posterior y abundante discografía de Iggy Pop lo más exitoso comercialmente han sido “Blah, blah, blah” (1986) también producido e influenciado por Bowie y “Brick by brick” (1990) de la mano del cotizado Don Was. El primero con los tracks “Real wild child”, “Shades y “Cry for love”. El otro aportó “Home” y el hitazo “Candy” a dúo con Kate Pierson, la cantante pelirroja de The B’52s.
Ya de grande “la iguana” cambió su hábitat de NYC por Miami para abandonar las drogas duras y ganar en salud y con gym y anabólicos pasó de esmirriado a mostrar músculos, modificando el personaje . Así pudo seguir rockeando en forma creíble hasta sus setenta y pico. Sin escrúpulos, lució perfumes de Paco Rabane junto a Debby Harry-Blondie, otra sobreviviente punkie. Quedémonos con sus aportes musicales, que creo le permiten asomar la cabeza superando a muchos solistas soft del rubro.
Retomando el tema de los orígenes del punk, si revisamos cronológicamente la cosa, la escena de Londres pudo ser posterior a la música de esas bandas de garage de Detroit-Chicago e incluso de la movida neoyorkina de alrededor de 1974 (Ramones o New York Dolls). Pero fue tan original lo de los ingleses, agregando un aura diferencial con sus particulares atuendos, actitudes y posturas de vida, que superó la tendencia musical específica del subgénero y la transformó en un movimiento explosivo. Aunque moda para algunos cabezahuecas, fue una expresión cultural genuina: tan nihilista como vilipendiada. Finalmente, efímera y deglutida.
Volvamos a Nueva York circa 1974 con las tribus y grupos amateur que pasaban por el mítico antro CBGB en el 315 de la Bowery Street. Ramones, Television de Tom Verlaine y Richard Hell & The Voidoids, influenciados de antes por los New York Dolls. Fueron los primigenios habitantes de ese boliche junto a otras otras expresiones punkies/new wave como Patti Smith, Blondie de Debbie Harry o Talking Heads.
Ramones fueron unos punkies más melodiosos en formato canción de breve duración, rockitos con incrustaciones de rockabilly e incluso de surf rock. El nombre de la banda lo tomaron del pseudónimo artístico-juvenil que usaba el beatle Paul McCartney y lo adoptarían como apellido todos los integrantes del grupo: así fueron inicialmente Joey, Johnny, Dee Dee y Tommy Ramone. Arrancaron en 1974 actuando una vez por semana en el CBGB y en abril de 1976 sacaron su homónimo e histórico primer LP, que consta de 14 canciones en solo 29 minutos, el que abre con su representativo “Blitzkrieg pop”. Un productor los llevó a Londres con gran suceso en el mismo momento que The Clash teloneaban a Sex Pistols. Todo muy simbiótico. Musicalmente Ramones han sido más redondos que los primos punk ingleses más duros, a veces también cerca de la monotonía. Agreguen al de arriba “She´s a sensation”, “Pet sematary”, “Needles and pins” entre los temas suyos que prefiero. Una recopilación generosa es “Ramones mania” (1988) pero hay otras para revisar. Terminaron siendo un grupo de culto en muchos países del mundo, incluído el nuestro. Al escucharlos podrán identificar fácilmente a la gran cantidad de bandas que han influído y que los han copiado con mayor o menor decencia.
Relacionada musicalmente al punk clásico en esa movida musical de la Gran Manzana de fines de los sesenta y principios de los setenta, que incluía tangencialmente las primeras incursiones de Bob Dylan y Leonard Cohen y los Velvet Underground, está Patricia Lee ‘Patti’ Smith (Chicago-USA, 1946). Muchos la veneran por fusionar por primera vez poesía con R&R eléctrico. Una performer adoradora de Arthur Rimbaud y del escritor beat William Burroughs. Pero, ya les dije, personalmente soy vago para traducir letras del inglés y encima no me atrapa la poesía. Para colmo, la música y la voz de la Smith no sobresalen mucho de lo ordinario. Intenten Uds. con su debut “Horses” (1975), un disco señalado como histórico por decenas de especialistas. Debe reconocerse que pocos como ella personifican mejor eso de “estar en el momento correcto, en el lugar correcto”. Sus búsquedas y dramas de esos años alrededor del legendario Chelsea Hotel del Village neoyorkino, las escribió a modo de biografía en “Eramos unos niños” (2010). Por sus páginas circulan el fotógrafo iconoclasta Robert Mapplethorpe, Andy Warhol, el poeta Allen Ginsberg, Janis Joplin, Sam Shepard, Cohen y hasta Salvador Dalí.
Otro artista de culto para muchísima gente que me desencanta por igual es Lewis Alan ‘Lou’ Reed (Nueva York-USA, 1942-2013), la cara más visible de los Velvet Underground junto a John Cale (Carmarthenshire-Gales, 1942), grupo mimado por el artista pop Andy Warhol cuando Nueva York era culturalmente el ombligo del mundo y el tipo digitaba todo con su arte y sus mecenazgos. Insisto con mi idea inicial: si nuestro Manal hubiera surgido en NYC cantando en inglés otra hubiera sido la historia. De la discografía de aquella banda, la crítica rescata casi unánimanente “The Velvet Underground & Nico” (1967) como un mojón novedoso, ese que en la tapa del vinilo tenía la foto intervenida de una banana. A mi, nunca me conmovió.
**XTC – “Nonsuch” (1992)
Nos vamos adentrando en el mundo de la new wave inglesa, el pop-rock & ska del deslinde de los años 70 con los 80. Esta banda era originaria de Swindon, suburbios de Londres, y sus referencias musicales eran The Stooges y New York Dolls. Su nombre parecía referirse a la expresión “éxtasis” pero el bautizo fue antes que esa clase de falopa se conociera y fuera moneda corriente.
Después de Madness y The Specials los XTC fueron otra de las influencias de nuestros Cadillacs y Decadentes vernáculos. Al principio sonaron lindantes con el pogo festivo como esas bandas de adolescentes que quieren llamar la atención a toda costa, pero se fueron puliendo de a poco.
Para los porteños muchos de sus temas remiten irremediablemente al inigualable programa radial “El tren fantasma” de las AM y FM Rivadavia de aquellos años. Vaya un recuerdo grato para su conductor Omar Cerasuolo (Río Segundo-Córdoba, 1945-2016) y el productor Daniel Morano por su música y aportes frescos en tiempos difíciles en la Argentina. XTC eran uno de sus caballitos de batalla preferidos, junto a los que vienen en seguida.
Para el oído medio, la voz disonante del líder Andy Partridge (Mtarfa-Malta, 1953) puede sonar extraña pero su particular modo identificó a la música del grupo. La cara visible de la banda sufrió ataques de pánico desde joven, lo cual impidió al grupo actuar en público y hacer giras.
Los XTC sacaron una docena de discos hasta fines de los noventa. Pueden detenerse en el tercero, "Drums & Wires" (1979), que es bastante representativo de la primera época. Otro podría ser “Black sea” (1980). No me parece una selección impecable pero está el recopilatorio álbum doble “Fossil fuel. The singles 1977-1992” (1996) para un repaso rápido. En 2018 salió un documental llamado “XTC: this is pop”, que cuenta la historia de esta banda bastante ninguneada internacionalmente.
“Nonsuch” (1992) son los XTC más maduros. Contiene temas muy buenos, como los muy difundidos “King for a day”, “The disappointed” o “The ballad of Peter Pumpkinhead”, éxito muy versionado.
Ah! El iconoclasta Andy Partridge y algunos miembros de XTC crearon un grupo alternativo The Dukes of Stratosphear, con el que hicieron en los ochenta dos loquísimos discos ultra-psicodélicos, dignos de escuchar: “25 O’Clock” (1985) y “Psonic Psunspot” (1987). Los códigos de la música psicodélica son mucho más sutiles que los de otros subgéneros como pueden ser el rockabilly o el grunge pero Partridge supo como homenajearla bien, incluyendo resonancias beatlescas.
*Squeeze – “Play” (1991)
Buena oportunidad para recordar de nuevo a otra banda new wave londinense contemporánea, interesante para escarbar: Squeeze. Con una evolución muy parecida pero algo más redondos que XTC, grabaron entre 1974 y fines de los noventa una decena de discos. Es otro de los casos donde conviene revisarlos hasta encontrarles unas cuantas perlas beatlescas entre la hojarasca.Como mencionara antes, uno de sus fundadores fue Jools Holland (Blackheath-Londres-Inglaterra, 1958), pianista y conductor del famoso programa de TV de la BBC de Londres “Later… with Jools Holland”, que llevaba músicos de primera línea a tocar en directo. Los otros fueron Glen Tilbrook, voz líder (Woolwich-Londres-Inglaterra, 1957), y Chris Difford (Greenwich-Londres-Inglaterra, 1954), que se reparten las composiciones.
Como en muchas otras bandas primigenias de la new wave británica, sus discos iniciales parecen travesuras adolescentes, a veces olvidables. En Squeeze, algunos fueron incluso producidos por Elvis Costello y John Cale y vendieron bien. Pero a medida que se fueron afiatando y madurando, se les rescatan canciones con melodías y arreglos interesantes.
No es tan bueno su cuarto disco “East side story” (1981), donde invitaron al solista Paul Carrack (Sheffield-Inglaterra, 1951), ese que cantara con los Mick & The Mecanics. Contiene la inoxidable y hermosa “Tempted” y la country “Labelled with love”. Les recomiendo buscar en los LP “Cosi fan tutti frutti” (1985), “Babylon and on” (1987) y en “Play” (1991) aquellas perlitas que le añoro a la banda. Otro recurso puede ser acercarse al recopilatorio “The Squeeze story” (2006), aunque no es el que yo hubiera curado.
Elvis Costello (en realidad, Declan Patrick McManus, Paddington-Londres, 1954) surgió con la new wave londinense a mediados de los ’70 haciendo un pop rock fresco con una buena dósis de rockabilly, matizada con baladas melodramáticas y alguna grageas de reggae. Un crítico lo definió como “un poeta con corazón punk que escribe novelas en tres minutos”. Sus letras lucían irónicas y “violentamente eruditas”.
Para su estética adoptó un look anticuado a lo Buddy Holly, un cantante norteamericano pionero del R&R de los años cincuenta: saquito con corbata, piernas patizambas sobre el escenario, jopo y caripela escondida detrás de unos enormes anteojos. Su particular timbre de voz se sumó a la originalidad de melodías y arreglos. Era un producto diferente. The Attractions fue la clásica banda de rock que acompañó a Costello varios años. Batería-bajo-guitarra más un piano o un órgano eléctrico, a cargo de Steve Nieve (Londres-Inglaterra, 1958) compinche artístico de Mc Manus durante añares.
Esta recopilación de 1995 del sello Rykodisc resume bastante bien la primera parte de la prolífica obra de Costello, que básicamente exploró el andarivel definido antes pero como veremos tuvo ramificaciones propias de un músico mucho más completo que sus contemporáneos. Y en esta, no me equivoco. El compilado es un disfrute total editado por Main Records-Rykodisc que contiene 22 bandas y cubre sus primeras once producciones, desde su estupendo album debut “My aim is true” (1975) hasta el disco “Blood and chocolate” (1986). Rescata temas memorables como “Alison” y “Watching the detectives” más otras gemas como “Accidents will happened”, “Everiday I write the book”. Pero la verdad, aunque sea extraordinario no puede superar el deleite de escuchar durante varios días disco por disco, dada la variedad de melodías, ritmos y matices que nos ofrecen Costello and company en esta etapa.
Attenti! “The very best of Elvis Costello” (1999) es otra recopilación -esta vez de 2 CD- pero de la Universal Music con 21+21 temas. Copia casi calcado el CD del compilado de 1994 de Rykodisc pero la otra unidad contiene la famosa versión de Costello haciendo “She” (el tema de Charles Aznavour) con la que lloraron tantas mujeres en la película “Notting hill” (1999), la romanticona con Julia Roberts y Hugh Grant. También trae “Shipbuilding”, un sentido tema inspirado en las víctimas sajonas de Malvinas.
Igualito, igualito que el inmenso Joe Jackson -ya que sus orígenes, carreras e intereses han sido muy parecidos- Costello no ha sido un rockero ocasional que la pegó con buenos singles y se quedó en el molde repitiendo fórmulas para vivir en zona de confort. Los dos recostaron su carrera en Estados Unidos, se abrieron y maduraron musicalmente. A modo de ejemplo, en 1993 Costello sacó un disco innovador (“The Juliet Letters”) con el solo acompañamiento acústico de las cuerdas del grupo británico Bronsky Quartet, que tiene momentos sublimes y me tientan a recomendarles uno más. También sacó “Il sogno” (2004), obra para ballet grabada con la Orquesta Sinfónica de Londres con Michael Tilson Thomas e hizo la versión orquestal de sus temas en “My flame burns blue” (2004). Justamente, Joe Jackson tiene en su haber “Heaven and hell” (1997), una búsqueda en la dirección de la música clásica, impensada para músicos comunardos del pop o el rock. Tipos inquietos que también han hecho música para series de TV o películas.
En su búsqueda, como admirador del folk y el country norteamericano que había absorbido en su casa paterna, Costello tiene varios CD que se apoyan fuertemente en ese género, llenos de guitarras slide y covers, como “Almost blue” (1981), “King of America” (1986) y “Secret, profane & sugarcane” (2009), los últimos con la producción del músico norteamericano Joseph Henry ‘T-Bone’ Burnett (San Luis-Misuri-USA, 1948).
Claro que McManus no inventó también el viejo recurso de hacer covers de su música preferida para llenar discos. Pero en “Kojak variety. Rhythm & Blues. Popular balads” (1995) desfilan Screamin’Jay Hawkins, Willie Dixon, Little Richard, Bob Dylan, The Supremes, Aretha Franklin, Burt Bacharach, Randy Newman y The Kinks.
Otra jugada fuerte suya fue el “Deep dead blue” (1995) grabado en vivo con el imprescindible guitarrista jazzero Bill Frisell. O aquel disco con su mujer, la pianista y cantante canadiense Diana Krall (“The girl in the other room” de 2004), que merecerá varios párrafos en el Cap. 4: Jazz & Jazz Rock porque es una belleza. Pero el que más me gusta de su carrera es “Painted from memory” (1998) con el rescatado Burt Bacharach, que comentaré adelante.
Este es uno entre los numerosos discos comprendidos en el sonido rockabilly-pop rock característico de Costello pero conviene detenernos en él y disfrutarlo. El CD tiene el temazo “Sulky girl”, que representa al músico excelentemente, seguido de “20% amnesia”, “London´brilliant parade”, “My science fiction twin” y la delicada “Favourite hour”.
Dentro de esa línea clásica en Costello sacó en la última década trabajos con grupos de apoyo propios bautizados The Imposters y The Sugarcanes, en los que va alternando músicos: “Momofuku” (2008), “Secret, profane and sugarcane” (2009) y “National Ramson” (2013). En “Wise up ghost and other songs” (2013), trabaja con la banda de hip-hop The Roots. O sea que el tipo va mechando estilos constantemente. Casi siempre encontraremos involucrado en el medio a su colaborador Steve Nieve.
**Elvis Costello - “Extreme honey. The very best of the Warner Bros. years" (1998)
Merodeando Spotify descubrí otra recopilación recontra interesante, que no pueden soslayar. Es un solo CD con 18 tracks grabados bajo esa discográfica entre 1989 y 1997, o sea una cobertura posterior al compilado de 1994 de Rykodisc. Abarca los discos “Spike” (1989), “Mighty like a rose” (1991), “The Juliet letters” (1993), “Brutal youth” (1994), “All this useless beauty” (1996) y algún track colado. John Lennon queda hecho un poroto al lado de “Poor factured Atlas” y de “The birds will still be singing”, el momento introspectivo del compilado.
**Elvis Costello & Burt Bacharach - “Painted from memory" (1998)
Es muy posible que si no conocían a McManus-Costello, menos aún supieran de Burt Bacharach (Kansas-USA, 1928-2023), aunque ya les recomendé al principio de este capítulo una colección suya. Fue un norteamericano super-exitoso en los tempranos ’70 que hacía música orquestal bonachona-chic de gran nivel, con gran swing y calidad, emparentada a The Carpenters, que le cantaron varios temas suyos, justamente.
Costello lo admiraba mucho y se le ocurrió convocarlo para trabajar juntos, cuando el tipo había pasado de moda. Hicieron esta obra con canciones y baladas originales de melodías impresionantes. No tiene desperdicio. Escuchen la memorable “Such unlikelly lovers” porque sintetiza el espíritu del disco, la homónima “Painted from memory” o “The long division”. Belleza pura! Uno de los 10 que me llevaría a la isla desierta de la que todos suelen hablar.
Hay otro CD que le dio una vuelta de tuerca jazzera al concepto de esta reunión Costello-Bacharach y es “The sweetest punch-the new songs of Elvis Costello and Burt Bacharach arranged by Bill Frisell” (1999). Del mencionado Mr. Frisell, guitarrista de excepción, nos ocuparemos en la sección que viene. Este CD tiene prácticamente los mismos temas que mi recomendado de 1998, pero abordados de modo bastante diferente. Participa obligadamente el mismísimo Elvis Costello en algunas bandas y grandes músicos del rubro jazzero (Cassandra Wilson, Don Byron, Brian Blade, etc.)
David Ian “Joe” Jackson (Burton upon Trent-Inglaterra, 1954). es un músico también surgido con la new-wave londinense de los setenta, que empezó moviéndose suelto de cuerpo con un pop-rock-rockabilly muy refrescante. Se había criado en Portsmouth hasta que decidió largarse a estudiar en la Royal Academic of Music de Londres.
De su primer etapa son sus LP “Look sharp!” (1979), “I´m the man” (1979) y “Beat crazy” (1980), sencillamente sorprendentes. Si en el mundo del arte reinara la justicia, este Jackson hubiera podido ser verdaderamente “el rey del pop” y no aquel producto medio pelo desteñido que nos impusieron desde el imperio, con nombre de pila Michael e igual apellido.
Para situarse temporalmente, Joe Jackson junto a Costello (Declan McManus) irrumpieron en Inglaterra con su power pop rompiendo la breve hegemonía del punk al mismo tiempo que The Police y UB40. Sus discos innovadores salieron entremezclados con meses de diferencia. Una revolución musical de verdad que que coincidió con el éxito comercial de la movida.
Como era demasiado músico, sensible y perfeccionista, Jackson fue para adelante avanzando casilleros y rompiendo moldes. Por eso su cuarto disco fue "Jumpin´jive" (1981), un compendio homenaje al swing o jazz estándar y las big bands norteamericanas de los años cuarenta que el tipo escuchaba en su casa paterna. No solo no tenía nada que ver con lo anterior: fue una jugada artística inaudita, muy bien hecha por un inglés irreverente.
Coincidiendo con su mudanza a Nueva York, regresó evolucionado con el excelente “Night and day” (1982) donde se escuchan composiciones de gran profundidad, algunas con impronta latina. El tipo es un declarado admirador de la música latina y la incorpora en su obra de modo natural y elegante. Muchos sajones sensibles terminan abrevando en la latinidad, como buscan en España el sol que no tienen en su casa. La mayoría suelen abordarla de modo estereotipado pero no es el caso de Jackson.
Para algunos críticos “Night and day” (1982) es la obra maestra de Jackson. La tapa del LP, donde aparece su caricatura en un piano y el fondo de la gran manzana, ya anunciaba cambios. Inaugura una seguidilla de discos que exhiben lo mejor del británico en toda su carrera. Acá se destacan “Another world”, “Breaking us in two”, “Slow song”. Participa la genial percusionista Sue Hadjopoulos (Flushing-NYC-USA, 1953).
Para escuchar a Joe Jackson y su banda en vivo en un momento inmejorable y haciendo la música de esos primeros discos suyos, pueden recurrir a “At the BBC” (2009). Allí la Spectrum Music-Universal recopiló en un álbum doble cosas de sus cuatro audiciones de los años ochenta realizadas en esa radio oficial inglesa.
Pero este séptimo disco “Body and soul” (1984) merece particular atención. Es una obra con tono introspectivo pero monumental, casi operística. Hay algo de rock, referencias latinas (boleros, el cha-cha-cha-loco) y vuelos jazzeros (bebop). El tema “Heart of ice” y su crescendo es la belleza misma hecha música. Inolvidables “The veredict”, “You can´t get what you want” y “Be my number two”.
Esta obra salió en vinilo-LP cuando no
existían los CD. Venían dos discos y la particularidad que un lado de los 4 no
tenía grabación, no tenía nada, era silencio con ruido a púa. Otra curiosidad es que fue grabado en vivo en
un teatro en solo dos pistas y en una
sola toma, sin remezclar ni retocar nada y pidiéndole al público presente que
no hiciera ruido ni aplaudiera. El tipo quiso grabar a su banda tocando en vivo
sin artilugios técnicos. Qué emocionante (y reprimido) debe haber sido
presenciarlo en el Rondabout de NYC. Como sugiere el título del disco, musicalmente
es un paseo musical por el mundo, con una ecléctica selección de estilos: soul,
hard-rock, funk, folk. Uno de los mejores discos modernos que he escuchado.
Temas buenos a montones: “(It´s A) Big world”, “Precious time” y “Tonight and forever”, “Soul kiss” y "Home town”. La anécdota para nosotros quizás sea el tango alla europea inspirado en la guerra de Malvinas (“Tango atlántico”), donde -esta vez- no pudo evitar hacer el ridículo tratando de adaptar un ritmo ajeno a su idiosincracia.
Continuidades del excelente “Big world” (1986) son los LP “Blaze of glory” (1989) y “Laughter and lust” (1991). El primero, con las impresionantes y delicadas “Sentimental thing” y “The best I can do”. El otro, con menos sorpresas, trae “Obvious song” y “Stranger than fiction”.
Entremedio, Jackson se entretiene con otra de sus obsesiones: la música clásica. Tiene varias producciones melodramáticas y poco comerciales donde mezcla oberturas, fugas y sopranos con dósis variables de modernidad y sampling. Ciertos pasajes los asimilan a música para películas. Así editará “Will power” (1987), “Night music” (1994), “Heaven and hell” (1997) y “Simphony Nº 1” (1999), éste más bien un instrumental pop.
Después de unos cuarenta años le volvieron las ganas de homenajear al jazz clásico con “The Duke” (2012) donde versiona temas de Duke Ellington con arreglos insolentes y radicalmente diferentes a los originales. Una opción es escucharlo como sonaba en la emocionante gira contemporánea que hizo con una big band en el Count Basie Theatre Red Bank de Nueva Jersey-USA en setiembre/2012, que se consigue como DVD. La actuación en noviembre/12 en el Olimpia de Paris es parecida pero con un quinteto y está en Youtube. Las dos funcionan también como una recopilación de grandes éxitos con excelente marco y, si no recuerdo mal en ambos con la increíble Sue Hadjopoulos robándose la escena.
Espasmódicamente, también J.J. vuelve a las fuentes estilísticas que lo hicieron popular. Sacó “Number 4” (2003) aludiendo a una secuela de sus primeros tres discos. Editó el más cercano “Rain” (2008), donde tienen que escuchar “Invisible man”, una hermosa síntesis de su música. Y en 2019 produce “Fool” y cuando escuchás “Friend better”, “32 kisses” y “Alchemy”, amás de nuevo a este inglés.
Como todos ha tenido sus patinazos artísticos pero Jackson ha sido un verdadero fenómeno soslayado por la industria de la música y el público masivo.
Que yo sepa, Joe Jackson nunca pisó un escenario en la Argentina, vaya a saber porque motivo. Lo cómico es que una vez lo vi en persona sentado en un banco junto a un acompañante oriental mucho más jóven, tomando fresco en un rincón apacible del Central Park de Nueva York, la primera vez de las dos que pise la capital del imperio, allá por octubre de 2016. Estaba todo vestido de negro incluídos su gorra tipo béisbol y anteojos de sol, lo que contrastaba con su piel blanca como un papel. Dada mi admiración por su obra artística, me quedé helado observándolo mientras me sostenía la mirada y no fui capaz de saludarlo, reprimiéndome simplemente para no pecar de cholulo. Ni siquiera me animé a un comentario pelotudo de fan que calzara, del tipo “oh, ambos cumplimos años el 11 de agosto y los astros nos proyectan las mismas aspectaciones”. Aunque fuera en mi inglés titubeante, ameritaba agradecerle la felicidad de tantos ratos que me brindaron sus discos. Jackson es uno de los músicos que más me ha conmovido. Lo mismo me pasó -con distintos resultados- con los escritores Eduardo Galeano en Montevideo y Rogelio García Lupo en BAires. En algún rincón de este blog tengo reflejadas estas peripecias menores.
*Pretenders – “Learning to crawl” (1984)
La norteamericana Christine ‘Chrissie’
Hynde (1945) se fue de Akron-Ohio-USA a Londres en busca de suerte en medio de
la explosión punk de los 70, rebuscándosela para sobrevivir en la tienda de
Malcolm McLaren y como groupie. En 1980 pudo lograr su sueño de formar una
banda y editar su primer disco, producidos por
Ray Davies (The Kinks), quien sería también su primer esposo. Pretenders
explotaron un sonido rockero punkie, sin teclados, notoriamente “new wave” pero
con acordes potentes. Todo sostenido por la expresiva y sensual voz de la Hynde,
que además llamaba la atención como líder femenina carismática al frente de una
banda fuerte. Encajaron muy bien.
Al poco tiempo ella fue la única que quedó
del grupo original. Varios integrantes murieron por drogas o en accidentes, como el singular
violero James Honeyman-Scott y el bajista Pete Farndon. Pasaron
también por la agrupación los guitarristas Robbie McIntosh (luego Paul
McCartney band) y Johnny Marr (The Smiths), repitiendo el sonido patentado por la
banda. De todos modos, Hynde siempre fue la mandona y compositora principal de
Pretenders.
Deberían comenzar escuchándolos en su iniciático “Pretenders” (1980) que incluía “Stop your
sobbing”, “Brass in the pocket” y “Kid” o
“Pretenders II” (1981) con “Message of love” y “Talk of the town”. Este
recomendado “Learning to crawl” (1984) es el tercero de los 14 de su carrera. Tiene
los temazos “Middle of the road”, “Back to the chain gang”, “Time to avenger” y
“Show me” y “Thin line between love and hate”, que lo pagan solos.
Han grabado montones de temas imperdibles
más como “My baby”, “Don’t get me wrong” y tienen buenas dósis de baladas
pegadizas como “Hymn to her” o “I´ll stand by you”, sin olvidar la dupla de la Hynde con UB40 en el exitoso cover “I
got you babe”. Todo eso más o menos se puede escuchar en “The singles” (1986) o
en “Greatest hits” (2000).
Fenómeno extraordinario el de The Police: evolución inteligente del punk en rock & pop british salpimentado con reggae blanco. Realmente un grupo de vanguardia que fue suceso masivo mundial con el correr de sus discos, marcando a fuego los años 80.
Este trío de blondos liderados por ‘Sting’ (Gordon Matthew Thomas Sumner, Wallsend-Inglaterra, 1951) reinaron en la época de la new wave y revolucionaron la música con su sonido singular. Cuanta musicalidad con solo tres instrumentos! Un power trio muy diferente al habitual. Para mi, aquí están los sucesores de The Beatles.
Poner sus cinco discos oficiales entre mis seleccionados haría mi listado interminable y me reprimo. Empiezan con “Outlandos d´amour” (1978), innovando con “So lonely”, “Roxanne”, “Can’t stand losing you” y “Born in the 50’s”.
Después este “Regatta de blanc” (1979) cuyo
título es una derivación traducida como ‘reggae de blancos’. Tiene “Walking on
the moon”, “Messagge in a bottle”, “Bring on the night” y otros. Para muchos
fans e incluso para ellos mismos, el mejor álbum de estudio de The Police.
Terminan de darle una patada en el culo al
punk insuflando más pop. Con las superlativas “Driven to tears” y “When the
world is running down, you make the best of what´s still around”, un tema que
vale libra por libra la longitud de su título. Toda la versatilidad en la guitarra
de Andrew ‘Andy’ Summers (Lancashire-Inglaterra, 1942), el músico más
experimentado de los tres.
La batería al mando de Stewart Copeland (Virginia-USA, 1952), ex miembro de la banda Curved Air, tampoco fue superflua: su revolucionario estilo estampó su impronta en la música de The Police. A él se le debe el nombre del trío, inspirado en su padre, que trabajaba en el exterior para la CIA. Copeland hizo música para varias películas y su última invención es la Police Deranged for Orchestra.
Paseen también por “Ghost in the machine” (1981), donde ya se nota la ayudita de teclados y sobregrabaciones de estudio. Un álbum conceptual, con una línea lírica basada en un libro de psicología de ese momento, como para avisar que los tipos eran leídos. Tiene “Spirits in the material world”, “Every little thing she does is magic”, entre otras. Ningún disco de The Police defrauda.
Un disco histórico solo comparable al “Abbey Road” beatle. Además de composiciones memorables, cuidada producción musical, lírica profunda y un arte de tapa bellísimo. Con “Every breath you take”, “Tea in the Sahara” y varias otras inoxidables. No dejen pasar el bonus track “Murder by numbers”.
Si escuchan en orden la discografía Police, creo que coincidirán: cada disco superó compositivamente al anterior. No en vano todo el mundo considera a “Synchronicity” (1983) el pináculo de la carrera de la banda.
Los tipos dieron su último concierto fue en Melbourne-Australia, en marzo de 1984, cuando ya no se aguantaban más entre ellos, drogas mediante. Pasados unos años hicieron varios revivals.
Cuando vinieron a Buenos Aires en medio de la dictadura militar a The Police los conocían solo los chicos de algunas tribus urbanas con acceso a sus discos importados. No se editaban aquí a tiempo y apenas se escuchaba su música en algunos programas radiales underground, como el mítico “El Tren Fantasma”. Tocaron en el estadio Obras Sanitarias. Las malas lenguas dicen que no lo llenaron. También lo hicieron en el más exclusivo New York City, boliche del momento, que todo porteño melómano dice haber presenciado. Eso fue durante diciembre de 1980. Volvieron aquí al reunirse por primera vez en su gira de 1998. Y una década después grabaron en el estadio River Plate el vivo “Certifiable: live in Buenos Aires” (2008). Está colgado en Youtube. Muy bueno para un revival hogareño, aunque Sting se empeña en deformar todas las estrofas.
Sting tomó el riesgo artístico de matar la gallina de los huevos de oro de The Police. Su primer disco solista “The dream of the blue turtles” (1985) funcionó como partida de defunción del trío pero copó la parada musical de la época, con un estilo más jugado artísticamente. Una onda jazzy-pop notoriamente más intelectual.
Ese disco salió bajo una gran expectativa y causó verdadera sensación. Tiene varios hits como “If you love somebody set them free”, “Be still my beating heart” y “Fortress around your the heart”. Para que Sting lograra su sonido propio, se acompañó de una banda impecable: el aporte fundamental de Branford Marsalis en saxos, más Kenny Kirkland en teclados, Omar Hakim en batería y Darryl Jones en bajo. Con el agregado de las cotizadas coristas de sesión negras Dolette McDonald y Janice Pendarvis, antiguas acompañantes de Talking Head, Steely Dan, Laurie Anderson y los Rolling Stones.
Sting siguió aportando muy buenas composiciones de estilo elegante, intimistas o bailables según la ocasión, con su característica voz desgastada. Su segundo CD “Nothing like the sun” (1987) fue una especie de superproducción. A aquella formidable banda se sumaron como gancho músicos con galardones reconocidos como nuestros mencionados (o por mencionar) Eric Clapton, Annie Lennox, Rubén Blades, Mark Knopfler, Manu Katché, Minu Cinelu y el arreglador y director Gil Evans, entre otros. De aquí salieron temas que pegaron como “Fragile”, “We´ll be together”, ““Englishman in New York”, “They dance alone” dedicado a las Madres de Plaza de Mayo y el cover de “Little wing”, de Jimi Hendrix. Pero para mi la joya es “The Lazarus heart”. Para aprovechar la bolada exitosa, sacó el EP “Nada como el sol” (1988), con cinco de sus temas cantados en castellano y portugués.
El recorrido siguió con “The soul cages” (1991) pero llegamos a “Ten summoners´s tales” (1993) plagado de hits como “If I ever lose my faith in you”, “Fields of gold”, “Seven days”, “It´s probably me”, “Shape of my heart”. Si debo elegir, supera en mis preferencias al sueño de las tortugas azules.
Después, “Mercury falling” (1996) y “Brand new day” (1999), acompañado de su fiel guitarrista Dominic Miller (Hurlingham-Argentina, 1960). Sting recurre intermitentemente a la música clásica y a la étnica inglesa para darle toques sutiles a sus creaciones.
Les aseguro que con estas producciones Sting copó las radios FM de la época varios años, al punto de saturar. Un fenómeno parecido al que produjo Phil Collins al bajarse del exitoso Genesis, unos años antes. Mientras se hacía millonario Gordon Mathew emprolijó su vida, adhirió a causas nobles, recomendó el sexo tántrico y dejó fuera de la herencia a sus hijos porque prefiere que se ganen lo suyo (yo creo que algo les va a tirar).
Sting es un músico insoslayable. No dejen escapar joyitas como “All this time”, la hermosísima “I was brought to my senses” y “Brand new day”, imbatible de solo escuchar la suprema armónica de Steve Wonder. Una parte de esas gemas la encontrarán en la recopilación “Fields of gold” (1994) y casi todas en el doble “The best of 25 years” (2011). Como suele ocurrir con los grandes artistas, los últimos discos de Sting parecen perderse en el barullo general.
Su primer disco “Three imaginary boys”(1979) y los siguientes me suenan monótomos, hoy. Pero la banda despertó la curiosidad de la gente con singles como “Killing an arab”, “Boys don’t cry” y “A forest”.
Robert James Smith (Blackpool-Inglaterra, 1959), con su inigualable modo impostado de cantar y su estética cercana al Guasón de Batman, es el líder de este sobreviviente cuarteto inglés post-punk formado en 1973 con el nombre de The Obelisk, que fue cambiando de integrantes a medida que pulía un estilo propio. La banda adoptó al final su nombre definitivo a partir del título del tema “Easy cure” de Lol Tolhurst, antiguo baterista del grupo.
Terminaron adoptando una onda originalísima, inquietante y muy jugada que etiquetaron “dark” o gótica. La presencia de máquinas de ritmo subyacen bajo las melodías y cuando aprietan el acelerador y quieren, meten hard rock del bueno. Parecido no es igual pero han sido parientes de Siouxie Sioux & The Banshees, New Order, Depeche Mode, Dead can dance, Bauhaus y Cocteau Twins. Letras oscuras, existencialistas e introspectivas aunque también dedicadas al amor, con un marco musical de rock poco festivo, normalmente. Suenan a súplicas cantadas por Smith, que orillando los 70 mantiene la pelambre pero insiste en pintarse los labios para subirse a los escenarios.
“The head on the door” (1986) fue su 6to. disco y el primero editado en la Argentina, coincidiendo con su popularidad mundial en ascenso. No pareció una casualidad porque en este punto afinaron su sonido e insuflaron oportunamente aires pop-rock en sus composiciones, acercándolas a la moda new wave. Temas de difusión fueron “In between days” y “Close to me”. Suenan muy bien hoy, a pesar de los años transcurridos.
The Cure tiene una frondosa discografía que les permitió vender millones y mantenerse durante décadas en el candelero aunque sin meter tantos éxitos como en los ochenta. No la escuché en su totalidad, lo que me priva de opinar sobre su evolución. Lo que puedo intuir es que mantienen su esencia, lo cual no es poco. Pueden, nuevamente, cortar camino con su “Greatest hits” (2001) para conocerlos, si es que no los tenían.
Los vi en el estadio Ferro Carril Oeste en 1988, pleno auge mundial del grupo, con mi amigo Fixie. Esos días aparecieron de abajo de las baldosas porteñas tribus dark que no sabíamos que existían en la ciudad, pálidos, con los pelos parados y de borcegos, escupiendo al escenario cuando esa moda estúpida ya había sido archivada por sus inventores ingleses. Más que los dos recitales allí se recuerdan los desmanes que se produjeron dentro y fuera de la cancha. Nunca se entendió de donde salió tanta violencia de golpe. Los músicos actuaron pero huyeron despavoridos y juraron no volver más la Argentina. Robert Smith rompió la promesa y volvieron en 2013 y 2023.
Tarea imposible elegir un solo disco de Simply Red con ecuanimidad. “Picture book” fue como una bomba; irrumpió maravillando a todos los que tuvieran orejas abiertas. Es un grandes éxitos en si mismo. Solo para elegir un recontra-clásico: “Holding back the years”. Tiene el tema que más me gusta de ellos (“Turn it up”) y, además “If you don’t know me by now”, “It´s only love” y “Enough”.
Si no quieren continuar con “Stars” (1991) y van a perderse de escuchar “Something got me started”, “Life” (1995) con sus “You make believe”, “Remembering the first time” y “Fairground” y el “Mellow my mind” de “Blue” (1998) porque se les acaban las pilas, vayan a este recopilatorio que, como dije, tiene insuficientes 19 éxitos.Escuché a Simply Red en Obras Sanitarias en enero/93, con solo algún integrante original y la rareza de un batero japonés, Gota Yashiki. Me impresionó también verlos después en el video de Viña del Mar 2009 dando un gran concierto, Hucknall y cuatro más, claro está. La verdad es que el hombrecillo pelirrojo protegió muy bien su voz y dieron un show de alto vuelo para el conchetaje chileno y Piero, invitado en primera fila.
**Level 42 – “Running in the family” (1987)
Insoslayable grupo inglés de pop, funk blanco y piscas de jazz que alcanzó la cima en los ochenta, manejado por Mark King: uno de los bajistas más particulares de la música contemporánea por su técnica, varias veces considerado el mejor del mundo en ese instrumento. Tanto que su empresa discográfica salió corriendo a asegurarle las manos por un millón de libras. También es voz líder que identifica a la banda y principal compositor. El segundo en discordia es Mike Lindup, ex mozo de bar, de extraordinaria voz en falsete y tecladista. Level 42 es una invitación a mover el culo con música de buen gusto, que algunos bautizaron como la versión blanca de Earth, Wind & Fire. Claro, con teclados en vez de su famosísima sección de caños.
**Prefab Sprout – “Two wheels good” (1985)
En Inglaterra el LP en cuestión se llamó “Steve McQueen” pero en USA de este otro modo, por motivos legales. Es un disco hermoso y romántico. En el inolvidable programa “El tren fantasma” de los ‘80s (Omar Cerazuolo-Marcelo Morano), el tema más difundido del disco eran la deliciosa “Appetite” y “When love breaks down”. Busquen ustedes en “From Langley Park to Memphis” (1988) y “Protest songs” (1989) los exitosos “El rey del rock’n roll” y “Autos y mujeres” y “Life of surprises” más la delicada “Dublin”. A medida que fueron sacando nuevos discos, la calidad fue mermando, como suele pasar.
No esperes de este ochentoso grupo inglés de new wave o “synth-pop” (tecno-pop) nada más –ni nada menos- que melodías agradables y bien arregladas. Son de la época del “british pop”, de conjuntos como Spandau Ballet, Style Council, Everything But The Girl, Aztec Camera y Orchestral Manoeuvres in the Dark, que merecen que las investigues. No escuché la discografía entera de China Crisis pero en su momento compré y me gustó mucho “What price paradise” (1986). Algunas de sus obras fueron producidas artísticamente por Walter Becker, el de Steely Dan.
Durante el XXI Sakamoto siguió produciendo a paladas para
nuevos filmes y experimentando de lo lindo. Sin garantía de exhaustividad y
solo para mi gusto, una escala interesante fue “Chasm” (2004), donde sintetiza viejas búsquedas -con David Sylvian
en un tema de difusión “World citizen”- y deja entrever sus nuevos aires
minimalistas. Se juntó un tiempo con el alemán Alva
Noto y las computadoras, para algunos discos que a mi me aburren. Como esos
músicos que están de vuelta, se puso en experimentador loco de sonidos como
tirar agua en una palangana para ver como suena y distorsionarlo con máquinas. Sakamoto
es un bocho inquieto pero gran productor de belleza al que, con paciencia,
hay que buscarle la vuelta para quedarse con la recompensa.
Tenía que ir a verlo por si a Ryuichi no se le ocurría venir más al sur,
cosa que efectivamente pasó, aunque sabía de antemano que aterrizaba con una
onda muy experimental, no a hacer un compendio gratificante de grandes éxitos.
Fue en el Gran Rex en mayo de 2012. El
sesentón Sakamoto y su piano acústico mixturado con improvisaciones electrónicas y visuales de
Alva Noto (el alemán Carsten Nicolai), presentando su producción conjunta
“Summvs”. Gran nivel, pero minimalismo frío y pocas melodías. Nadie es
perfecto.
*Scritti Politti – “Provision” (1988)
**Thomas Dolby – “Aliens ate my Buick” (1988)
Estos ingleses de Bath deberían ser considerados entre los herederos de los Beatles. El dúo de Curtis Smith y Roland Orzabal nació en la época de la new wave. Empezaron con “The hurting” (1983), un disco ilustrativo de ese género, a pura batería electrónica y sintetizadores, con buenas melodías y los clichés del momento. Vendieron un montón de discos, aunque su leit-motiv intelectualoide era la infancia traumática (teoría de Arthur Janov sobre el grito primal). Su música la copió aquí Soda Stéreo –con una dósis mayor de azúcar- pocos años después en el excelente “Nada personal” (1985).
Recorriendo toda su discografía, creo que Queen llega la cima creativa en “Jazz” (1978), el séptimo LP, ese que empieza con el loquísimo “Mustapha” y sigue con gran muestrario de estilos pero nivel homogéneo. Mi preferencia no se corresponde justamente con la de las críticas de la época. Será el último trabajo del grupo sin usar sintetizadores, a los que ellos habían preferido ignorar hasta entonces. Brillantes intervenciones de Brian May, el gran subestimado... hasta que una encuesta de 2020 de la revista inglesa Total Guitar lo calificó como el mejor guitarrista de la historia del rock haciendo un poco de justicia en estas cosas tan subjetivas. May, artista bien ubicado si los hay, dijo que no se lo creía pero que al menos tenía la enorme satisfacción de haber llegado al corazón de la gente. Para la de 2011 de la Rolling Stone, primero fue Jimi Hendrix, seguido de Eric Clapton y Jimmy Page y May ocupó el 26º puesto.
Esta recopilación de 2 CD es de Island Records y tiene todos los éxitos esperados. Mis temas preferidos son “Beatiful day” y “Hold me, thrill me, kiss me, kill me” de la banda de sonido del film "Batman forever".
Otro “guitar hero” blusero contemporáneo que no se puede soslayar. Oriundo de Luisiana-USA, desarrolló su carrera en Chicago. Ya anda por los 82 años. Impacta su estilo de estirar las cuerdas, más agresivo que Clapton o King. Lo mismo pasa con su voz más potente y menos condescendiente que la de otros competidores del género. Esta recopilación contiene la muy buena versión de “Mustang Sally”, el tema de Wilson Pickett.
**Robert Cray – “Strong persuader” (1986)
Double Trouble fue su banda más estable. El temazo del disco es “Riviera paradise”. Además de tocar la Fender Stratocaster como los dioses, cantaba y componía muy bien. Algún crítico considera mejor a su álbum debut “Texas flood” (1983), con versiones de Howlin´ Wolf y de Buddy Guy. Después vinieron, “Couldn´t stand the weather” (1984) y “Step by step” (1985).
Aquí en un power trío blusero, haciendo gala de su gran uso de la pedalera, con Roscoe Beck en bajo (¿reencarnación de Jack Bruce?) y Tom Bretchlein en batería. Un disco en vivo (creo que un bootleg, grabado en San Francisco-EEUU, no oficial), inconseguible en el hemisferio sur, que resume los temas de una época bárbara de este músico. Una avalancha de blues pesado.
*The Fabulous Thunderbirds – “Tuff enuff” (1986)
Claro está, sabía de ellos, pero debo confesar que AC/DC entró a mi lista de preferidos no hace demasiado tiempo. Me deslumbraron cuando vi en DVD muchos años después esta actuación en el estadio River Plate (diciembre de 2009), parte de su “Black Ice World Tour”. Estoy lejos de haber aprehendido la discografía de este grupo de Sidney-Australia, pero este vivo es avasallante, puro corazón. Parece que algo de esto ha contagiado a mucha gente, por el éxito del disco y porque la actuación y la respuesta fervorosa del público argentino llegó a ser considerada por varios críticos como su película de conciertos de rock favorita de todos los tiempos.
El nervio de la banda han sido los hermanos Young, Angus y Malcolm, en guitarra líder y rítmica, respectivamente: dos máquinas de rockear. AC/DC es una avalancha de hard rock y un sonido deslumbrante, aunque no exhiba grandes preciosismos. Empezó en 1973 y todavía no se detuvo, a pesar de varios cambios de integrantes a través de estas cuatro décadas y pico. Sus cantantes emblemáticos fueron Bon Scott (1974-1980) y Brian Johnson (1980-2016). Cuando éste no pudo seguir por problemas auditivos (fue techista y mecánico, le encantan los fierros de carrera), convocaron un tiempo a Axl Rose (Gun´s Roses). Johnson pudo recuperarse de su afección y volvió al grupo con “Power Up” en 2020.
El ícono del grupo es Angus Young, ese guitarrista que aún grandecito se viste de colegial inglés multiplicando riffs demoledores con su Gibson SG, sin grandes alardes ni exhibicionismos. “Alguna gente gusta de las rubias, otra de las morochas: mi SG es una pelirroja”. Temazos: “Highway to hell”, “You shook me all night long”, “Back in black”, “Hells bells”, “Thunderstruck”. AC/DC: nacidos para ser clásicos.





























































