martes, 21 de enero de 2014

Agua de la canilla... y sin plásticos...


Aunque casi todos parecen sentirse a gusto con la globalización (los poderosos, la clase política que vive de arriba y otros inescrupulosos, más millones de indiferentes), los bienintencionados podríamos ganar esta pequeña batalla con un poquito de buena voluntad. Resultaría incluso una oportunidad interesante de rebelarse contra algo en forma fácil y sin consecuencias perniciosas para burgueses de convicciones ecológicas livianas y clase media encasillada como 'progre'. Me refiero a dejar de lado el 'aputasado' consumo de agua embotellada y aprovechar la bendición del agua corriente purificada de la canilla, que no se consigue en cualquier país ni en muchas poblaciones del nuestro. Los argumentos para negarnos a comprarla son variados y demoledores y mejor leerlos de los artículos que pego abajo que esperar que lo haga el amateur Horanosaurus: básicamente, nos crearon una necesidad-innecesaria y nosotros obedecimos como borregos. Horanosaurus.

PD: los populistas mediocres del kirchnerismo -votados por tres de cada 10 argentinos recientemente- quitaron del proyecto del nuevo Código Civil, a punto de aprobarse, la responsabilidad del estado argentino de proveer agua potable a su población. Quizás copiaron y pegaron mal apurados para volverse a disfrutar de los placeres de Puerto Madero. Quizás encontraron el filón de otro negociado (si Boudou es aún presidente del Senado argentino!). Nos están afanando otro derecho pero no les cae la ficha y nadie le da bola a nada. Pensar en el prójimo y mover el culo por los demás no está de moda.   




Por Fernando Diez (*) Para LA NACION 11/01/14. En reuniones empresarias y sindicales, en las conferencias de prensa, en las reuniones de organismos de gobierno, en las conferencias internacionales y académicas, en todos lados, las mesas están presididas por una batería de botellitas descartables de plástico, llenas de agua. Estas conferencias de prensa y reuniones políticas se transmiten en vivo por las pantallas de televisión a todo el mundo, escenificando para nuestros niños cuál es el comportamiento ejemplar que esperamos de ellos: consumir agua en envases descartables. Si los políticos, los líderes religiosos y los héroes deportivos lo hacen, no quedan dudas. Dos inferencias inevitables surgen de esta escena: el agua pública no es saludable y, en cambio, sí es saludable descartar dos o tres botellas plásticas todos los días.

La aprehensión y la afectación se mezclan en este nuevo culto por el agua envasada. En todo el mundo, la gente que puede decidir lo que toma ha pasado a tomar agua envasada. Al principio parecía una moda excéntrica, pero luego se transformó en una obsesión que ganó las mentes de todo aquel preocupado por su salud. Comenzó en las grandes capitales del mundo como un signo de sofisticación que presumía de un gusto más desarrollado que el de los demás. Eso fue hace unos treinta años, cuando uno podía sorprenderse de que en Nueva York se tomara agua importada de Francia en elegantes botellitas verdes. En un acto de exhibicionismo y versación culinaria, en la mesa de enfrente alguien prefería una botella de agua italiana. 

En poco tiempo, esta extravagancia se multiplicó de un modo tal que las grandes empresas de alimentos adivinaron que sería importante posicionarse en el mercado del agua envasada. Compraron las compañías tradicionales y promovieron el consumo de agua mineral con toda clase de declaraciones de saludable pureza, una indirecta recomendación a no tomar el agua de red, o sea, el agua de la canilla. Esta insistencia en las declaradas virtudes de las aguas envasadas terminó por minar la confianza del público en el agua de la red. La campaña fue tan ingeniosamente desarrollada que años después una importante mayoría dudaba de si el agua de la canilla no dañaría su salud. Millones se invirtieron en este sutil pero persistente mensaje, que alcanzó todos los rincones de la tierra. Al fin, el agua mineral y el agua envasada en general se transformaron en una necesidad. No una necesidad más, sino en una primera necesidad. Había llegado el momento clave esperado: la gente tenía (tiene) miedo del agua pública

No se piense que éste es un fenómeno local. Es un fenómeno mundial, o por lo menos de la parte del mundo en que vivimos. En México DF, atentos funcionarios públicos preocupados por mi salud no me permitieron tomar agua de red. Mis amigos brasileños me recomiendan no hacerlo.

Ésta es una percepción que se afirmó más extensamente en nuestros países, donde la confianza en el Estado y, por lo tanto en lo público, es débil y, a veces, casi nula. En los países del Norte aún se confía en el agua pública. En Estados Unidos, en la mayoría de los restaurantes, cuando uno ocupa una mesa, primero sirven una jarra con agua (de red) antes de tomar el pedido. En Francia puede costar un poco más, pero en el restaurante medio, basta pedir de l'eau , y traen un botellón con total naturalidad. Claro que en los restaurantes más caros y elegantes esto ya casi no sucede. En cambio, se ofrece al comensal elegir entre un listado de aguas minerales casi tan largo como el del vino. En los restaurantes de Buenos Aires es cada vez más difícil conseguir tomar agua de la canilla. En mi caso, que me niego a tomar de botellas descartables por razones ecológicas, he tenido que retirarme de un restaurante de medio pelo donde educadamente se me explicó "que no sirven agua de la canilla".

El derecho al agua era incluso algo reconocido por las monarquías absolutas, que consideraban una obligación ofrecer agua pública en la plaza. Pareciera que ahora esa idea no gobierna más la conciencia de nuestros dirigentes. Ellos prefieren tomar agua envasada. Si los dirigentes y los funcionarios, los propios responsables del Estado no se permiten tomar el agua de la red pública, entonces también están confirmando que habrá ciudadanos de primera que beberán agua de primera y ciudadanos de segunda que beberán el agua pública. Sin previa discusión, la responsabilidad del Estado de proveer agua potable fue borrada del anteproyecto del nuevo Código Civil, ahora a punto de aprobarse.

Parece inevitable que si el agua corriente ya es considerada insegura por quienes son responsables de que sea segura, es decir, potable, llegará el momento en que terminará siendo insegura. No es verdad que el agua embotellada sea más segura, pues la contaminación, si ocurre, está concentrada. Pero si en algunas ciudades el agua pública no fuera suficientemente buena, o se estuviesen relajando los exigentes y constantes controles de potabilidad que son la norma para el agua corriente, estaríamos aceptando un retroceso de lo público tanto más grave que cualquier otro, incluso de la ya notoria decadencia de la enseñanza y salud públicas, de las que la Argentina llegó a ser modelo. 

(*) arquitecto, miembro de la Academia Argentina de Ciencias del Ambiente y autor de Agenda Pendiente.



Pero, siempre, consumo solidario

"... podemos pensar en ejemplos muy cotidianos sobre la relación entre los problemas de servicios públicos y nuestro rol como consumidores y ciudadanos responsables. Mientras en el mundo más de mil millones de personas no tienen acceso al agua potable, y como consecuencia mueren anualmente dos millones de personas, la ciudad de Buenos Aires está bencecida por el río más ancho del mundo. Tal vez contar con esta cercana fuente de agua potable nos hace ser uno de los mayores consumidores de este preciado recurso a nivel planetario. La OMS (Organización Mundial de la Salud) indica que cada persona necesita al menos 50 litros del líquido en forma segura para aseo personal y para elaborar sus alimentos. Ciudades capitales como Madrid, Estocolmo, Lisboa y Londres tienen un consumo per cápita de agua que va entre 130 y 160 litros por día. En Buenos Aires, en cambio nuestro consumo diario per cápita se eleva a unos 630 litros (...) derrochar el agua en Buenos Aires o en cualquier ciudad del mundo es un crimen (...)" Lucas Campodónico -director de la ONG Ecomanía- en "Hacen falta consumidores solidarios". Suplemento Comunidad diario La Nación. 01/02/14.  


La Nación 21/08/09. Crónicas norteamericanas-Por Mario Diament. MIAMI. Tal vez sea la recesión, una mayor conciencia ambiental o una combinación de ambas, pero el hecho es que, por primera vez en una década, las ventas de agua embotellada en los Estados Unidos han registrado un bajón.

Lo que muchos consideraron el mayor golpe comercial desde que DeBeers inventó el mercado de los diamantes proclamando que eran "el mejor amigo de la mujer", el agua embotellada pasó de ser una curiosidad en la década del 70, a una moda en los 80, a una forma de consumo obligatorio a partir de los 90. La imagen de una esbelta veinteañera, vestida con ropa deportiva y acarreando su infaltable botella de agua, bien podría ser el póster cultural de finales del siglo XX.


Entre 1990 y 1997, las ventas de agua embotellada en los Estados Unidos pasaron de 115 millones a 4000 millones de dólares. Entre 1997 y 2006, aumentaron el 170%, hasta totalizar 10.800 millones de dólares. Pero el año pasado, lo norteamericanos consumieron 400 millones de litros menos que el año anterior, de 110 litros per cápita en 2007, a 107 en 2008, según la revista Beverage World. 

Hasta el severo Wall Street Journal se preguntaba la semana pasada si no estaríamos presenciando el principio del fin del boom del agua embotellada. Argumentó que Nestlé S.A., el mayor grupo en ventas de alimentos y bebidas del mundo, había registrado una caída del 3% en las ganancias de la primera mitad del año, y que el segmento más débil de su operación era la división de agua embotellada, responsable del 10% del total de las ventas de la compañía. Nestlé comercializa una docena de marcas de agua embotellada, incluidas Perrier, San Pellegrino, Poland Spring y Zephyrhills. 

Un litro de agua embotellada en un supermercado cuesta un promedio de 70 centavos en los Estados Unidos. En un restaurante puede costar entre 4 y 8 dólares. Esto es más que el precio de la nafta, que en estos días anda en alrededor de 65 centavos el litro. 

De modo que, probablemente, el principal factor en la caída de las ventas sea el económico. Muchas empresas que antes ofrecían agua embotellada gratuitamente a su personal dejaron de hacerlo, como una forma de reducir sus gastos, mientras que el consumidor individual, que antes cargaba mecánicamente su docena de botellas en el carrito, ahora lo piensa dos veces. 

Ni más limpia ni más sana

El fenómeno está acompañado de estudios que demuestran que al agua embotellada que se vende en los Estados Unidos no es necesariamente ni más limpia ni más sana que la que proviene de las canillas, sino que, en varios casos, hasta es significativamente inferior. 

Según una investigación de cuatro años realizada por el Consejo de Defensa de Recursos Naturales (NRDC), una de las más respetadas organizaciones ambientalistas del país, que incluyó el análisis de más de 1000 botellas de agua de 103 diferentes marcas, reveló que un tercio de ellas contenían diversos niveles de contaminación, incluso químicos orgánicos sintéticos, bacterias y arsénico. 

El otro problema son las botellas. La mayor parte de los envases son de tereftalato de polietileno, un producto hecho a base de petróleo crudo. Según un estudio realizado por la Universidad de Louisville, se requieren 17 millones de barriles de petróleo para producir las 30.000 millones de botellas que se venden anualmente en los Estados Unidos. Más grave aún, el 86% de estos envases no son reciclados, lo que significa que tomará entre 400 y 1000 años degradarlas, según el Instituto de Reciclaje de Envases (CRI). 

Esto ha llevado a muchos restaurantes y hoteles en las principales ciudades del país a dejar de ofrecer agua embotellada, citando sus preocupaciones ambientalistas, pero igualmente preocupados por el costo que implica la operación de descarte y reciclado de los envases. Prefieren instalar sistemas de filtrado y ofrecer el agua en bidones. 

Si el negocio del agua embotellada efectivamente declina, tal vez el próximo gran boom sea el aire envasado. Podría empezar en las líneas aéreas, empeñadas en vender todo cuanto sea posible, y luego extenderse a las grandes ciudades. Con el nivel de contaminación ambiental en ascenso, nadie debería sorprenderse.

---Fotos (no mías): puerto de Olivos-Buenos Aires repleto de botellas que recalan en sus playas arrojadas por imbéciles de distinta posición social, situación que se repite en toda la ribera bonaerense del Río de la Plata cada vez que sopla una sudestada. Luego, río Citarun en Java, que dicen es el más sucio del planeta.

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