miércoles, 14 de marzo de 2012

Feinmann: sobre la inseguridad y la violencia legalizada


Mi necesidad de compartir unos cuantos párrafos escogidos de "La sangre derramada (ensayo de la violencia política)" de José Pablo Feinmann, 1998, surge como reconocimiento a la movida interna que me produjeron, aunque no suscriba absolutamente todas sus concepciones. El autor analiza -y rechaza- el uso de la violencia como arma política a través de la historia argentina pero, como podrán ver, se mete con sus derivaciones en el individuo, la sociedad actual, las guerras, la pena de muerte, etc. No puedo entretener a la gente que quiero con cosas como estas -porque inevitablemente sus preocupaciones y pensamientos pasan por otro lado- entonces utilizo de nuevo este humilde blog como si un paciente amigo me escuchara del otro lado. En una de esas le sirve a alguien y a mi me aplaca la ansiedad. La foto de arriba salió publicada en Clarín y es de un elegante miembro del Comando Vermelho, una banda narcotraficante de las favelas de Río de Janeiro. Horanosaurus.

Sobre la inseguridad

(...) Tal vez lo que defina el rostro poco piadoso del capitalismo actual sea su afán de concentración de riqueza y poder… un capitalismo torpe y avaricioso… el rostro que hoy exhibe es uno de los más descarnados y -para el destino de la humanidad- suicidas. En un polo, la avaricia, en el otro la pobreza. Así parecen ver el mundo los banqueros que hoy lo gobiernan… asistimos, de este modo, al obsceno despliegue del capitalismo avaricioso. No distribuye, despoja. No integra, excluye. No oculta sus riquezas, las exhibe con impiedad e impudor. Podríamos conjeturar que, como todo ser avaro y miserable, tendrá su castigo: que tendrá que distribuir, integrar y ocultar pudorosamente sus riquezas para no despertar la ira de los desangelados.

(...) La sociedad del odio: desempleo y violencia… la violencia ha crecido en las ciudades y en los suburbios. El modelo neoliberal ocluye la posibilidad de cambio, un sistema tan cerrado termina por explotar. Para un excluido del sistema de libremercado basta con comprar un revólver para transformarse en un delincuente y sentirse otra vez incluido en la sociedad que lo había expulsado como ciudadano. Ahora pertenece otra vez a ella, sólo en el modo de la delincuencia. Si antes no tenía un trabajo, ahora lo tiene. Si antes estaba abatido, hundido en la depresión, ahora lo vigoriza un odio sin fronteras. Si antes era un derrotado, un sub-hombre, ahora le temen. Si antes era inofensivo, inoperante, un desecho marginal y triste, un número arrojado al canasto, un desdichado más en la cola de los desdichados que buscan trabajo, ahora es agresivo, ofensivo al extremo, brutal. No padece la desdicha, la provoca.

El delincuente criminal asume la cara desembozada y cruel del sistema de exclusión. Cruel, irracional y generalizada. No odia -como odiaba el antiguo obrero explotado- a los patrones. Odia a todos. A todos los que tienen una casa. Una familia. A todos los que tienen las cosas esenciales de las que él fue privado. Odia, también, a la vida, porque piensa que se la han quitado. Sólo se siente parte de la sociedad cuando la agrede, cuando la lastima, cuando hiere el corazón de cualquiera de sus representantes… el kioskero de la esquina o un pequeño propietario a quien seguramente le guarda un destino simétrico al suyo, ya que tal vez mañana lo expulsen del trabajo que aún -escasamente- le permite sostener lo que tiene. Así las cosas, un delincuente crimínal -con solo un revólver, con sólo matar- ocupa la centralidad en el sistema que lo había escupido de sí. Vuelve a tener un ser: se siente alguien, alguien temido, odiado, perseguido, pero alguien. No se sentía así el día en que lo echaron del trabajo.

Ocurre que el odio -en la sociedad de exclusión- es más cruel que en la sociedad de clases. Más cruel e irracional. No tiene ideología. No se canaliza organizadamente: huelgas, movilizaciones, trabajo a tristeza, volanteadas, pegatinas… implicaban que se tenía algo que decir… se denunciaba una injusticia y se proponían los caminos (que podían o no incluir la violencia) para salir de ella. Hoy el excluído sabe que no saldrá de esto. Que esto es así. Que no se modifica. Peor, que se acentúa. Que este modelo consiste precisamente en eso: en acentuar las condiciones que hicieron del excluído un excluído. Así las cosas, sólo queda el odio… si bien el odio es una categoría del enfrentamiento de clases, su virulencia, su espesor estuvo siempre pulido por la ratio ideológica. No se odiaba todo, no se proponía destruir todo ni la violencia se postulaba como absoluta -contra todos- y con el plus estremecedor de la crueldad.

El excluído -también- tiene una relación de abierto conflicto con el incluido. Todo incluido ocupa el lugar que el excluido no tiene. Todo incluido es culpable. La relación ya no es entre clases. Es más personal, más individual, más íntima. Es de uno a uno. Es una sociedad de incluidos y excluidos todos y cada uno de los incluidos son culpables por la exclusión de alguien. Todo incluido tiene su simétrico excluido. Ocupa un lugar del que otro ha sido privado. Un lugar que si no lo ocupara pertenecería a otro, que no lo tiene porque el incluido lo posee. Ergo, no hay incluido inocente. De aquí el odio… si lo que creció es la violencia es porque lo que creció es el odio. Antes, el huelguista, el militante, el guerrillero veían en el Otro una representación cuasi abstracta: la patronal, el imperialismo, el sistema. Hoy el excluido ve, descarnadamente, a un ser individual, singular y culpable, o a un cómplice, o a un indiferente. También a alguien que se permite gozar la vida en un tiempo de desdichas masivas. Entonces, rabiosamente, lo golpea sin piedad. O lo mata. ¿Sólo nos resta el miedo? ¿El miedo y el desencanto?

Sobre la violencia legalizada, las guerras y la represión

En cuanto a la violencia sólo apuntemos aquí que requiere -siempre- a Dios en cualquiera de sus formas. Siempre se mata desde un absoluto: la Razón, el Estado, la Patria, la Religión, la Raza, el Hombre Nuevo, el Ser Nacional, el Mercado. Siempre se mata desde Dios o desde alguno de sus rostros secularizados. ¿Habrá que sacar a Dios del medio para acabar con la violencia? Hay que matar la imperativa exigencia de absoluto y unicidad que Dios impregna en cada concepto que se desprende de él… si Dios es amor, si lo absoluto es amor, si lo absoluto postula una relación y no un centro autosuficiente, un centro que niegue la sustancialidad sagrada de toda alteridad, tal vez entonces lo absoluto incluya lo uno y lo otro en la modalidad del reconocimiento. Este absoluto -cuya expresión política es la democracia- evitaría la violencia. Evitaría la voluntad de dominación, el deseo de sometimiento y su resultante: la voluntad de muerte. Se trata de quitarle justificaciones, legalidades a la muerte.

(...) Reflexiones sobre la pena de muerte: toda muerte violenta -ya sea la que comete el Estado fascista, el liberal, el revolucionario, el comando guerrillero, la patota neonazi o la muerte absurda y gratuita de los asaltantes callejeros de fin de siglo- es una aplicación de una pena, una pena concreta y notoria: la pena de muerte. Es esta pena la que le discutimos al Estado su derecho de aplicar…

Entre 1976 y 1983 la Argentina vivió bajo la impiedad de un Estado criminal. Regía una pena de muerte silenciosa, cruel, no explicitada, sin tribunales ni jueces. Todos sabían sobre los horrores cotidianos. De una forma u otra, con mayor o menor conciencia. La mayoría confiaba sobrevivir al margen de un estado de cosas que había llegado demasiado lejos. Y la certeza de no poder incidir en los acontecimientos convalidaba la actitud medrosa, cobarde, mezquina de dar vuelta la cabeza. El miedo no puede legitimar ninguna ética y sólo conduce a aberraciones insostenibles.

La mayor aberración radicaba en el conocimiento y la aceptación de lo que ocurría. Nadie ignoraba que el Estado aplicaba a mansalva la pena de muerte. Pero (y ésta era una de las justificaciones más fuertes) la aplicaba contra quienes también la habían aplicado o contra quienes habían sido sus simpatizantes, contra los que habían tenido algo que ver, contra los que “algo habrían hecho”. Lo que tranquilizaba a los buenos argentinos era: “el Estado mata culpables”. O “ellos lo quisieron así”. O “mueren en la ley que eligieron”. La ley y la única forma política en que la ley puede expresarse (es decir, la democracia) estaban fuera de moda. Absolutamente fuera del espíritu de los tiempos.

El que acepta la pena de muerte busca siempre -porque sabe que la necesita- una justificación poderosa. Todas, en última instancia, consisten en indagar en el Estado un paralelo de la crueldad de los homicidas. Si antes, fuera de la democracia, se dijo: “Los subversivos mataron, es natural que sean muertos”, y se aceptó la muerte silenciosa, hoy, dentro de la democracia, se pide la muerte estridente, con jueces, tribunales y medios de comunicación. El motivo es el mismo: “Estamos asustados”. La propuesta es la misma: “Maten para tranquilizarnos”… al Otro, siempre, hay que matarlo… antes la excusa era el ataque a las instituciones por medio de la subversión. Hoy la excusa es la infinita desdicha de un hombre a quien le han arrebatado la vida de un hijo… pero el padre que pide la pena de muerte para el asesino de su hijo no pide justicia, pide venganza…

El asesinato del Estado es tan bestial como cualquier otro asesinato. Y tiene el pavoroso peligro de acostumbrar al Estado a matar… el crimen del Estado no tiene ni la atenuante de la pasión. No hay crimen más frío, más deliberado, más cruelmente racional que el del Estado… es de una lentitud infinitamente cruel… de una premeditación enfermiza… un Estado que mata es un Estado enfermo… la erradicación de la pena de muerte es uno de los objetivos esenciales para la construcción de un Estado democrático, que debe estar siempre al servicio del respeto por la vida (…)

Cuando se discute con los defensores de la pena de muerte se suele decir: “toda persona es recuperable” (…) uno no sabe si toda persona es recuperable, sólo sabe que todos, absolutamente todos, merecen la posibilidad de recuperarse. Es esta posibilidad la que la pena de muerte clausura (…) nadie es uno de los actos de su vida, por horrendo o santo que haya sido. Ningún acto nos define para siempre. Siempre estamos abiertos y proyectados hacia el futuro. Y en ese futuro se juega nuestra salvación o nuestra perdición. La pena de muerte niega la primera de las posibilidades.

Para llevar el tema al espacio ético y político argentino: yo no creo que Alfredo Astiz sea recuperable… pero no le negaría la posibilidad de la recuperación. Y menos aceptaría su muerte a manos dela Justicia del Estado democrático (porque) se incluiría en el mismo espacio moral que el siniestro capitán de la ESMA… si matar está mal, ¿porqué milagrosa razón podría matar el Estado, y con ello, lograr el bien?

(…) El papel del sacerdote en la pena de muerte es tan indigno como el del médico en la tortura. El médico dice: “todavía puede aguantar más”. O dice: “llegó al límite”. O dice: “está muerto”. El cura dice: “Su alma está limpia. Ahora está en manos de Dios”. Lo obsceno es la relación que se establece con los verdugos. Cuando el cura le dice a los verdugos: “Su alma está limpia”, les está diciendo: “Pueden matarlo”. Está aliviando el alma de los verdugos. Es tranquilizador matar a un hombre que ya reposa, protegido para siempre, en el corazón de lo sagrado. Los verdugos se dicen: “Está en manos de Dios. Podemos sacárnoslo de encima sin culpa alguna”.

(...) Reflexiones sobre la guerra: hay un fenómeno sobre el que aún no nos hemos vuelto críticamente. La guerra. En ella, la pena de muerte no solo está legalizada sino que la muerte es la condición de la victoria… una guerra la gana el que mata más enemigos… que el enemigo. Podríamos concluir que el triunfo –en toda guerra- radica en una exitosa y masiva aplicación de la pena de muerte.

(…) en los orígenes delos pueblos siempre suele haber un hecho de armas. Se plantea, entonces, que la patria ha surgido de la guerra y que siempre que la guerra retorna lo hace para consolidar la patria… se termina identificando a la guerra con la nación. No es otro el origen del fundamentalismo bélico nacionalista… y para los estados guerreros quien se opone a la guerra es siempre un traidor (…) los orígenes de una nación no sólo tienen que ver con las armas, sino también con el lenguaje, con la cultura, con la valentía espiritual de aquellos que buscaron un rostro diferenciado al que luego llamaron patria.

Clausewitz lanza una poderosa frase: la guerra es la continuación de la política por otros medios... Clausewitz se equivoca: la guerra es el fracaso de la política. Es la desaparición de la política. O por decirlo más claramente: que la guerra es la sustitución de la política por la barbarie, por el crimen, por la justificación de la inhumanidad… además, ¿qué significa “por otros medios”? Es fácil decir que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Pero es monstruosa y barbárica, la materialización de los otros medios. Los otros medios son vidas humanas sacrificadas. Y ver morir despedazado a un ser humano siempre será algo distinto a predicar la inexorabilidad o la belleza de la guerra desde la Universidad de Berlin (por Hegel).

En suma: la guerra coloca al militarismo, al armamentismo y a la barbarie criminal en el centro de los objetivos de todo país que incurre en ella. Los pueblos que desean la paz no deben prepararse para la guerra, deben prepararse para la paz (*). Que es menos gloriosa, menos wagneriana, que carece de timbales y trompetas, que no inspira grandes poemas épicos, pero tiene la simple y honda grandeza de respetar la sustancialidad de la vida.

(*) por Colmar von der Goltz en “La nación en armas”: “las naciones que desean la paz deben prepararse para la guerra”. El fundamentalismo bélico palpita en esa frase… reclama que se ponga a la guerra –y a los guerreros- en el centro de los objetivos nacionales.


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