martes, 29 de marzo de 2016

Viajar a contrapelo


Viajar ha sido para mi un sueño irrefrenable. Confieso que quizás la mayor opción de mi vida fue no agarrar una mochila y dar vueltas por el mundo sin parar, después que terminé la secundaria. Preferí intentar contra viento y marea terminar una idealista carrera universitaria para no quedarme con 'media medalla', conservar a quien es aún el amor de mi vida y digamos, tratar de progresar dignamente, como hacen más o menos todos los mortales que conozco. 

Claro que como decía casi proféticamente un ex-amigo oriental de Carrasco (Roberto B. R.) "si no viajás de jóven no viajás más" y algo de eso había, porque las oportunidades dependen de otras prioridades, de tu arrojo, de tus ingresos o de la suerte, también. Y las visiones  son distintas a medida que pasa el tiempo.  

Tuve lo que modernamente se ha dado en llamar "viaje iniciático" a Bolivia y Perú, allá por los ochenta, pero me quedó gusto a poco. Y aunque todavía no pisé Europa y visitar un país musulmán es aún para mí una quimera, pude conocer muchos lugares de cabotaje año a año y conocer con mi esposa destinos nada despreciables en todos los países vecinos. Lo valoro porque hay gente que no puede asomar nunca la cabeza del barro y se que he sido un privilegiado. 

Además, particularmente por mi trabajo visitando frigoríficos y cosas afines a esa industria, también recorrí casi todas las provincias argentinas, pueblitos y rincones tan increíbles como desconocidos y poco turísticos. No me pregunten como pero recuerdo como se entra y se sale de esos lugares, donde queda su norte, donde hay hoteles amigables y donde encontrar bodegones para comer bien y económico o que se puede recorrer si se dispone de algunas horas después de laburar. Caminé cada lugar todo lo que pude cada vez que pude escapándole a los tumultos (ayudado por mi timidez) y saqué fotos que guardo prolijamente en su correspondiente archivo.  

Ahora bien, ¿si visitaras Buenos Aires te irías sin ver los previsibles 'Caminito' en La Boca o Puerto Madero? ¿No le sacarías todo retorcido una foto desde abajo al obelisco? ¿Dejarías de subir al Pan de Azúcar o al Corcovado en Río de Janeiro? Pero, a la vez, ¿pensás que en esos lugares podés hallar la esencia de estas ciudades? Por si no lo advertiste, existe un turismo pre-fabricado/masticado esperándonos. 

Mirando desde otro ángulo, ¿entraste alguna vez en Pehuajó, Tres Arroyos, Puán o Jáuregui o pasas siempre de largo cuando agarrás las ruta 5, la 3 o la 33? Tu respuesta definen parte de tu persona, tus intereses, tu sensibilidad.

Cuando leí un reportaje al viajero, sommelier, escritor y periodista Diego Bigongiari busqué más información suya (vayan a su sitio "Austral spectator", por favor). Primero envidié su profesión y sus experiencias de vida, que nunca se me habían ocurrido para mi. Después, me pegaron fuerte no solo sus conocimientos sino su particular filosofía para mirar alrededor porque me resulta muy familiar a mi visión: viajar a contrapelo, viajar a los 'no lugares', viajar cuando nadie va o a los lugares donde nadie va. Horanosaurus.

PD1: sin olvidar a don Unamuno y eso de "se viaja no para buscar el destino sino para huir de donde se parte". ¿Será así?

      

Diego Bigongiari (Buenos Aires, 1956) es un argentino de primera generación que vivió trece años de su juventud lejos del país, la mitad de ese tiempo navegando por los siete mares en buques mercantes y a vela. Entre La guía Pirelli de Argentina 1990 y los cinco volúmenes de las nuevas Guías YPF recorrió por los caminos, rutas y huellas del país la misma distancia que hay entre la Tierra y la Luna. Publicó cuatro diferentes guías sobre Buenos Aires. Y creó la guía de vinos argentinos de más larga trayectoria. “Fugas & viajatas a 400 km de Buenos Aires” (Planeta, 2012) inició una nueva serie de "guías de auto". Vive con su familia en Escobar y, cuando no viaja o escribe, cocina y cultiva hierbas aromáticas y plantas comestibles. 


Creador de guías de viajes personalísimas, habla sobre la idiosincrasia argentina y las diferentes maneras de recorrer nuestro país. Para leer y después viajar. Revista El Federal. Por Fabián Casas. 

Hace muchos años, César Aira, un gran y prolífico escritor argentino, le dijo a quien escribe estas líneas que le gustaba mucho la “Guía Pirelli”. Era raro, no nombraba a una novela o a un libro de ensayos, sino a una guía de viajes. Pero cuando uno iba y leía esa ya mítica enciclopedia de la ruta argentina, comprendía por qué Aira se declaraba fan de los libros de Diego Bigongiari: porque en ellos no estaba sólo dónde comer y dormir, sino que también, mediante notas y reflexiones fugaces, se captaba la metafísica de los lugares por donde este intrépido escritor pasaba. Cada guía de Bigongiari -la Pirelli, la de vinos y la reciente “A 400 kilómetros de Buenos Aires” que acaba de editar Planeta- es una aventura singular. Tanto, que hasta se pueden leer las guías y después no moverse de casa porque uno siente que al leerlas ya estuvo viajando. ¿Cuál es el mejor consejo para un viajero?, le preguntamos a Bigongiari en un día caluroso de este “verano brasileño” que irrumpió en Buenos Aires. “Viajar a contrapelo”, responde, “viajar cuando nadie va a los lugares donde nadie va, descubrir”.

-¿Cómo se gestó la “Guía Pirelli”? - La “Guía Pirelli” fue algo único e irreproducible que se gestó y se hizo en el ‘89, y salió como guía en el ‘90. Y la segunda edición fue en el ‘92, ‘93. Pese a que yo nunca había hecho una guía antes, igual Pirelli me tuvo confianza, y me dio carta blanca y libertad total. Ese es el tipo de guía que a mí me gustó hacer y el tipo de guía que hoy seguiría haciendo: sin usar la fotografía, con dibujitos en pluma, la cosa retro que me gusta. Cosa que va totalmente a contrapelo de lo que hoy pide el mercado que quiere cosas más light. Hace unos años, también hice la guía BUE de Buenos Aires, que también es un trabajo totalmente personal, y fijate cómo está hecha: es un volumen doble, por un lado, la guía, por el otro, las notas de viaje. Siempre me gustaron a mí las notas a pie de página. Creo que es el libro más lindo que hice y sin embargo, no se vendió. Hoy toda la temática audiovisual, virtual, ha vuelto todo más light. La capacidad de atención e interés por la lectura ha mermado.

- ¿Es porque la gente está perdiendo experiencia? - Tiene que ver con el hecho de que tanto la televisión como los medios digitales acostumbraron a la gente a ir directamente a lo que uno le interesa, a buscar en el nicho exacto. Cuando en realidad lo divertido de los viajes es encontrar las cosas que te interesan, pero que no sabías que existían. Esta es la misma diferencia que hay entre leer el diario online o en papel. Cuando leo el diario online, busco solamente las noticias de los temas que me interesan; cuando leo en papel, me explayo más, me encuentro con cosas inesperadas.

- ¿Cómo se planifica un viaje? - Por cada día de viaje hay uno o dos días sentado en la computadora. Y, en realidad, hoy estoy un poco deformado por eso, me cuesta mucho viajar en familia. Por otro lado, a mí me cuesta también desenchufarme, sería un pésimo turista de verdad. Soy absolutamente incapaz de estar tirado en un playa mucho tiempo sin hacer nada, me pongo nervioso. Estoy acostumbrado a moverme, a mirar las cosas al toque y registrarlas. En general, yo viajo con un esquema prefigurado de lo que voy a buscar, y voy a eso y nada más. La última guía que hice que todavía no se publicó, es una guía de todos los pueblos y ciudades de la provincia de Buenos Aires que nadie hizo hasta ahora. Es una guía de lugares no turísticos: Chivilcoy, Bragado, Junín, Pergamino, etc. Yo quería hacer esto porque estaba convencido de que no era posible que la provincia de Buenos Aires no tuviera una guía, siendo la provincia más rica y poblada de la Argentina. Y, además, porque son esos pueblos que si no tenés un problema mecánico, no pasás. Nunca entrás a Junín o a Pergamino. Y entrando a cada uno de esos pueblos quedé sorprendido de las cosas que hay. Cosas que uno ni se imagina acá nomás, en la provincia de Buenos Aires, ciudades hermosas como Las Flores. Es una ciudad encantadora, linda. O Bragado.

- Este libro aconseja un turismo para no turistas- El lector ideal sería un viajante de comercio. Lo pensé para alguien que tiene que viajar a Puán por algún motivo y se pregunta: ¿en Puán qué hay? ¿Dónde duermo, dónde como y qué es lo que hay para ver? Cuanto más se haya escrito sobre un territorio, más te ayuda. Por ejemplo recuerdo cuando hice la primera “Guía Pirelli”, no había casi nada. Hoy, si uno quisiera hacerla refritando, escribís una guía sin salir de tu casa. A mí me cuesta mucho escribir sin haber vivido, sin haber visto las cosas. Por eso no escribo más poesía. Para escribir poesía tengo que vivir poéticamente.

- La prosa es la ruta.- A mí me da más por el lado del ensayo, de la prosa. Voy pensando en otras cosas, voy leyendo el paisaje de otra manera. Hay momentos que te pegan poéticamente y a veces alguna nota poética tomo. Tengo un libro que Planeta tiene en gateras que se llama “Guía existencial argentina”. Y este libro surge de cuando en el ‘89, con un Renault 12 que me dio Pirelli, hice 50.000 kilómetros por toda la Argentina. Y cuando hice las de YPF recorrí 65.000 kilómetros. Entre una y otra guía pasaron 22 años, más o menos. Y yo iba llevando notas de reflexiones y apuntes del país que vi hace 20 años y el país que vi ahora.

- ¿Qué diferencias notaste?- Lo que más me impresionó es que ahora tenemos un país mucho más vivible, más tolerante, más abierto. La sociedad argentina todavía en los 80 estaba muy cargada de autoritarismo milico. Sin hablar de esos carteles que te decían zona militar, no se detenga. De esos vi uno solo todo destruido en este viaje reciente. La democracia, el turismo extranjero hizo cambiar al país. En la hotelería, ni hablar. En la comida, tampoco hay punto de comparación. Hoy hay cocinas regionales, productos agroalimentarios: cambió todo como cambió el vino.

-En esos viajes habrás atravesado focos de conflicto, como el de la minería a cielo abierto. - No tengo un partido tomado por el tema de la minería. Me llamó mucho la atención la diferencia que hay entre la Patagonia y el Noroeste. En la Patagonia esa misma minería es silenciosa. No hay una sola protesta, una sola pintada. Quizá porque existe mucho menos densidad poblacional. En cambio, en La Rioja o en San Juan no podés llegar, no te dejan acercarte a los lugares de conflicto minero.

- ¿Cómo se reflexiona en el paisaje? - Uno reflexiona también sobre los no lugares o el vacío. El espacio vacío es una de las cosas más poéticas de nuestro país. No la densidad, sino lo contrario. Este libro de ensayos está dividido en rutas pueblos, ciudades y forasteros. En las rutas uno tiene por ejemplo largas reflexiones sobre las rectas argentinas. Es lo que te produce la recta, avanzar. La recta es macho y la curva es hembra, esto como lo más obvio. No hay forma de memorizar una recta. Lo que pasa entre lo que tenés delante del parabrisas y el retrovisor es lo mismo, siempre lo mismo. Otra de las reflexiones que llaman la atención es como te tira buena onda la gente en la Argentina. Todos te saludan con un “que le vaya bien”. Y te lo dicen siempre, en todas partes. Salvo en las ciudades grandes. Cada vez que me voy de Buenos Aires, lo hago escuchando la radio y me gusta mucho sentir cómo la AM se va perdiendo a medida que te alejás de la ciudad. Y uno va dejando detrás todo ese barullo. En las grandes ciudades somos muy gritones. Y esto va en contrapunto con el silencio de la gente del interior. Hablan poco, y lo que hablan es atinado.

-Consejos para el viajero. - Viajar a contrapelo de los demás. El gran lujo hoy es poder ir cuando los demás vienen e ir cuando los demás van. O viajar a los no lugares. En pleno enero yo estaba girando por la provincia de Buenos Aires y es un placer: no hice una reserva de hotel, hay lugar para todo, te atienden bien. El problema del turismo en la sociedad de masas es la saturación. Tendría que haber una ley que premie a las empresas que traten de conseguir que la gente se tome vacaciones durante todo el año.

 

Diálogos a fondo: Diego Bigongiari. Por Claudio Martyniuk. Clarín 26/03/16.

Diego Bigongiari dirigió la Guía Pirelli de Argentina 1990 y 1995, Guías Pirelli de Buenos Aires y alrededores con costas del Uruguay. También realizó la serie de cinco guías YPF (Patagonia, Noroeste, Cuyo y Córdoba, Litoral y Buenos Aires). Desde 2004 publica la Guía Austral Spectator de Vinos de América del Sur. Su última obra es “Guía Austral Spectator teórica y práctica de los pescados de mar y mariscos de Argentina”, publicada por editorial Planeta (2016).

Las pasiones de Diego Bigongiari van de Los Andes a la costa atlántica, del buen vino a los mejores frutos de mar. Para él, no hay nada comparable a los pescados del fondo rocoso: mero, chemia, besugo, rubio, trilla. Y el abadejo. Y recomienda vino blanco sin crianza para los fritos, ceviches y mariscos. Con crianza para pescados al horno, grillados o salseados, también con vinos rosados. Espumante para ostras y mariscos crudos. Tintos ligeros para chupines y sopas de pescados y mariscos. Y enseguida va más allá: a nuestra cultura gastronómica y política (sigue en el link).

PD2: ¿Qué pasa si viene este tipo de abajo y propone volver siempre al mismo lugar para disfrutarlo de nuevo? ¡Que desfachatado e interesante punto de vista!

Confieso que he viajado / Estados Unidos
Marcelo Insúa y la diversidad de Nueva York
Por Marcelo Insúa, mago profesional. Clarín Viajes 02/04/17.

Debo admitir que no entiendo la voracidad de la gente por conocer lugares nuevos en el mundo. Yo prefiero volver cada año a escuchar jazz en la isla de Manhattan, en Nueva York. Pero también es cierto que tengo un record de veintidós visitas a Madrid para comer en el mesón Casa Lucio esos famosos “huevos rotos” que allí preparan, unos ricos huevos fritos acompañados de papas y jamón. Hice ya diez viajes a Londres para saber como viajar hasta el barrio del Soho en el subterráneo, el “Tube” londinense. Y también viajé catorce veces a París hasta encontrar el sitio en Montmartre donde sirven la mejor “raclette”, una fondue de quesos. Aunque suene raro, a veces me pregunto: ¿para qué conocer algo nuevo cuando uno ha disfrutado tanto de lo ya conocido? Y también, ¿será acaso ése el gran secreto del matrimonio? La verdad es que me nutro de la nostalgia, más que de las novedades. Soy de esas personas que extrañan lugares, sabores, aromas y colores.

Me obsesiona volver. Volver a sentir la calidez de Perú en un escenario de Lima me seduce más que visitar las ruinas de Machu Picchu. No me obsesiona mirar, porque siento que mirar no es conocer. Es fácil decirlo después de haber visitado treinta países, aunque en realidad no conozco ninguno, o casi ninguno.

Pero en mi último viaje a Nueva York empecé a conocerla, a entender esa diversidad que es su mayor atractivo. Allá conocí a una persona de Bangladesh durante la fría madrugada de un sábado de diciembre. Nevaba y él me ofrecía una “crepe” de dulce de leche. Esto me pasó en la esquina de la 2° avenida y la calle 82, eje del elegante Upper East Side neoyorquino. Este hombre me contó que en sólo cuatro años ya había logrado ser propietario de tres locales, tenía uno en Manhattan, otro en Brooklyn y el tercero en Queens.

En Nueva York conocí también a una española que cursaba un doctorado en literatura. Ella abría la puerta de su departamento siempre que yo subía las escaleras hacia el mío. Y conocí a un argentino que tiene una parrilla en Harlem. Me hice amigo de un chofer nativo de Trinidad Tobago casado con una mujer de Rusia, ella me llevó al aeropuerto. Conocí a un cubano que limpiaba las calles sacando la nieve con una pala, él me dijo que amaba a Trump. Y también conocí a Joe Garsetti, hijo de italianos, él me contrató para trabajar en su teatro. Conocí a un judío ortodoxo que vino a oír mi conferencia sobre magia. Yme hice amigo de un gran mago, el dominicano Eric Decamps. Después de nueve viajes a Nueva York empecé a conocerla de verdad.

Esta diversidad hace casi imposible toparse en Nueva York con un “american american”, un estadounidense. No vi nada igual en otras grandes ciudades. Londres, Sidney o París son cosmopolitas, pero Nueva York es a la vez una ciudad de inmigrantes y de oportunidades, el centro del planeta. Empiezo a conocerla aunque nunca subí al Empire State, ni tomé el ferry a Liberty Island para ver la Estatua de la Libertad.

2 comentarios:

  1. Hola muy bueno el comentario, y a raiz de este tema, en donde sacaste la foto de la foto del barco que comienza la nota? saludos

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    1. Gracias! Ese barco semihundido esta en el Rio de la Plata justo enfrente del ingreso al aeroparque de Buenos Aires, a pocos metros de las barandas del -digamos- malecon. Un amigo fana de la pesca que lo conocia me dijo "mirá, es de cemento". Juro que parece, pero no puedo creerlo todavia! Abrazo. Horanosaurus.

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