viernes, 22 de julio de 2011

Manipulación mediática III


Una frase: “Nos van a entretener hasta morir” (José Pablo Feinmann, “La filosofía y el barro de la historia”). Tiro aquí algunas ideas rescatadas de dicha fuente y relacionadas con la manipulación mediática y las entradas anteriores:

EL HOMO-NET ("un navegante de la nada")

Pág. 532: Vattimo hablará de la sociedad transparente. Los medios de comunicación harían todo totalmente visible. Algunos hoy hablan de Internet como ese espacio de libertad “que se le escapó al Imperio”. No es así. El “Homo-Net”, condicionado y enajenado por el vértigo de la red, acostumbrado a ver basura y a exigirla… Internet despolitiza y deshumaniza todo... todo es un juego más, un espectáculo más de los infinitos que ofrece la red. De un game se pasará a otra cosa. Y a otra. Y nada significará nada. El Homo-Net es un navegante de la nada. Navega dentro de un significante tan saturado que es, en definitiva, un significante vacío para hombres vacíos, dado que la materia para dar contenido a sus vidas está en otra parte, no en la red.

Aparte del ruido, el otro elemento con que se sofoca la subjetividad es la rapidez (…) Pág. 706: Muchos eligieron burlarse de Fukuyama con la cuestión de la Guerra del Golfo. Mírenlo a este ideólogo del Departamento de Estado: decretó el fin de la historia y su país invade Kuwait. También se le podría haber dicho a Baudrillard: “Pero acaso la orgía no había terminado? ¿Hay algo màs parecido a una orgía (de sangre, desde luego) que una guerra?” (…) ¿Qué viene después de la orgía? Se autopregunta: “¿Tarea de luto o melancolía? …una interminable adecentamiento de todas las peripecias de la historia moderna y de sus procesos de liberación (de los pueblos, del sexo, de los sueños, del arte y del inconsciente, resumiendo, de todo lo que ha constituìdo la orgía de nuestra época) bajo el signo del presentimiento apocalíptico del fin de todas las cosas” (…) Si la realidad había muerto, él podía decir, como dijo muy suelto de cuerpo, ”La guerra del Golfo no ha tenido lugar”, libro que publica en 1991. Su tésis es brillante (…) “Estados Unidos hizo esta guerra del Golfo como si se tratara de una guerra atómica, por lo tanto a fin de cuentas como sustituto de una tercera guerra mundial que no ha tenido lugar”.

Pero la guerra atómica que todos esperaban no se produjo. Ergo, hubo que armar un wargame en miniatura. “Así, esta orgía militar no era una orgía en absoluto. Era una orgía de simulación, o una simulación de orgía (…) Los americanos hicieron la guerra cara a cara a la opinión mundial -a través de los medios de comunicación, de la censura, de la CNN, etc.- que en el terreno de las armas. Recurrieron mediáticamente a la misma bomba de depresión, que absorbe todo el oxígeno de la opinión pública”. “La amnesia, por si sola, constituye una confirmación de la irrealidad de esta guerra. Sobreexpuesta a los medios de comunicación, subexpuesta a la memoria”. La profusiòn de información ahogó el acontecimiento. La televisión nos protege. ¿De qué nos protege? De una responsabilidad insoportable (…)

Pág. 674: Desde la informática es que ahora el poder realiza la “sujeción” de la que hablaba Foucault. Si pedía defender nuestra subjetividad, estamos seriamente en riesgo de perderla por completo. El capitalismo parece haber advertido muy claramente la cuestión y su poder informático-comunicacional “se queda” con la subjetividad del sujeto. No se la quita, la penetra. La conquista. Entre Hollywood, la televisión e Internet, la represión toma ese matriz placentero que Foucault señalaba. No toda represión es violenta, ni desagradable. Nos van a entretener hasta morir. Vamos a terminar por ser la basura informática que desean hacer con nosotros, o con lo que va quedando. Porque esto empezó hace tiempo. Hay un trabajo sobre el tema en mis “Escritos imprudentes II: la colonización de la subjetividad”.

Pág. 636: (Foucault) “Es imperioso que pensemos nuestro presente. Se trata del “más importante de los problemas filosóficos”. ¿Para tanto? ¿Para qué? (…) “Quizás el objetivo más importante de nuestros días es descubrir lo que somos, pero para rechazarlo”. Célebremente, en el Prólogo al libro de Fanon (“Los condenados de la tierra”) Sartre escribió: “No nos convertimos en lo que somos sino mediante la negación íntima y radical de lo que han hecho de nosotros”. Pero este acto requiere una negación. Se ha hecho algo de nosotros. Ese algo, ¿quién lo hizo? Lo hizo el poder, en cualquiera de sus formas. Si hicieron algo de nosotros, ¿qué somos? Somos una cosa, una pura facticidad. Esta facticidad es la que tenemos que negar. Se niega desde lo que fundamenta la negación. El fundamento de la negación es el hombre. “Es por el para-sí que la nada adviene al mundo”. Solo el hombre se niega a si mismo para devenir otro de sí. Los animales no cambian, evolucionan. Solo el hombre (porque la tiene) puede negar su subjetividad (su subjetividad-cosa, su subjetividad-fáctica, la subjetividad que le han hecho ser) para ser libre. La verdadera lucha contra el poder es una lucha por la libertad. Y (como muy bien dice Foucault y desarrollaremos luego) en nuestros días se nos sujeta la subjetividad. Nos colonizan -decimos nosotros- la subjetividad. Nos hacen “otros” de nosotros mismos. Nos hacen ser lo que el poder quiere que seamos. Ni Sartre ni Foucault analizaron el poder de los medios de comunicación en esta tarea. No conocieron la revolución comunicacional (…) y menos aún conocieron a Bill Gates o imaginaron al Homo-Net. Esta es nuestra tarea.

Pág. 650: la alienación, en suma, es la pérdida de la subjetividad y del cuerpo de los hombres a manos del poder. También es el proceso por el que el poder sofoca y domina, poseyéndolo, lucuándolo o destruyéndolo, todo posible polo de hegemonía (…) ¿Qué somete el poder? Somete a los hombres. Son hombres que someten a los hombres (…) Los medios de comunicación colonizan las subjetividades y crean una totalidad informativa tan abrumante que aniquila toda verdad. No hay verdad, hay informaciones. Pero tenemos que creer en medio de todo este aquelarre de imposibilidades, que el hombre está vivo. Está vivo para torturar, para someter, para conquistar y, arduamente, para rebelarse. Y es cierto que nadie puede fundamentar una ética porque no podemos en medio de tantas diferencias y prácticas enfrentadas establecer valores universales. Pero tiene que haber éticas zonales, verdades zonales. Tiene que haber “algo” que me permita decir que Bush es un terrorista. Que Bin Laden otro. Que son malas personas, malos tipos. Que están por la muerte. Y nosotros estamos por la vida. Si eso no es así, si eso no es posible, entonces seamos pasivos observadores de la destrucción, del sometimiento y esperemos sin esperanza alguna el día del Gran Tsunami. Porque hacia allí nos llevan. “El hombre que se rebela es inexplicable”, dijo el mejor Foucault, el de Irán, el que se conmovió con la sublevación de “las manos vacías”. Puede ser (…) es posible que toda rebelión se haya tornado inexplicable. Seamos inexplicables.

Pág. 696: Vattimo es un honesto pensador. Pero solo eso. No hay en él una sola idea original. La teoría de la multiplicidad y de los dialectos estaba en Foucault y en la destruktion que Heidegger hace de la metafísica… los posmodernos añadieron el elemento de los mass-media. Pero Vattimo con una ingenuidad alarmante: los media crean una sociedad transparente. Esto es un franco disparate. Los media crean una sociedad de la mentira. Esto supondría que hay una sociedad de la verdad. Y no es lo que creo. Pero si creo que los media -mintiendo creativamente- crean una realidad que es cualquier cosa menos transparente, la de los grupos de poder que los poseen… manipulan la realidad de un modo irrefutable, invencible.

La violencia mundial, disfrazada por la televisión

(…) ya es imposible ignorar el poder de los mass-media como creadores de la realidad. Es cierto que el hambre no es virtual pero es virtual la trivialización del hambre, del crimen, de la tortura, como la de la guerra. No se “muestra” el hambre y si se lo “muestra” se lo hace como un paisaje más del show mediático posmoderno. Pasamos con tanta velocidad de una escuelita miserable de Jujuy, de chicos desnutridos, o de violencias en las villas donde se concentran los desesperados al galancito de moda, a la modelo con trusa y soutien, a la risa de un conductor-empresario, a las declaraciones de un político, a un partido de fútbol o a la guerra de Irak, que del hambre y sus imágenes no nos queda nada, y si alguna emoción nos despertó ver a un chico raquítico, con la pancita hinchada, analfabeto, con el signo de la derrota clavado entre ceja y ceja, se nos diluyó enseguida, nos la borraron con el vértigo de las imágenes, de la información, con el anuncio de una película de Bruce Willis, con Penélope Cruz, o si somos más sofisticados, con Cate Blanchet, con Helen Mirren, y enseguida con el alza de precios, con la canasta familiar, con el informe económico, con todo eso que, en efecto, hace que todo y nada sea real, porque es tanta la realidad que nos dan que no podemos retenerla, y esa realidad que no era “virtual”, el hambre, o que no debería serlo, murió en la vorágine de las imágenes, que ya no son imágenes de nada, que son simulacros, ¿o quién le dijo a usted que Penélope Cruz existe? ¿Què Bruce Willis es real? Son simulacros, son apariencias, son armas de seducción y desencanto que son reemplazadas por otras armas, acaso de horror y ternura o solemnidad o placer o sexo o lo que sea, armas que tienen el objeto de saturar, de abogatar nuestra conciencia, nuestro juicio crítico y asesinarlo al tiempo que se asesina la realidad, de la que terminamos por saber solo una cosa: nada, y creyendo, a la vez, que lo sabemos todo, porque vivimos en el mundo de las comunicaciones, un mundo de informaciones-vértigo, de informaciones-infinito, en el cual algo murió y no lo sabemos, es lo único que no sabemos: no sabemos que murió la realidad.

Pág. 716: ¿No es real el terrorismo? Apenas si vimos las víctimas de las Torres Gemelas. Ni siquiera se las sometió al simulacro de la TV. No se quiso exhibir las víctimas del Imperio. El Imperio es agredido en su centralidad. En el centro del poder económico y financiero. Pero no tiene víctimas. Las oculta. La muerte no existe. Podemos ver caer las Torres pero ocultarán los cadáveres (…) El simulacro es la máxima conquista del poder.

El sujeto absoluto comunicacional

Pág. 789: No hay subjetividades autónomas. El sujeto absoluto comunicacional “sujeta” a los hombres de hoy. Les hace ver lo que hay que ver. Hablar de lo que hay que hablar. Coloniza sus conciencias. Impide el más mínimo surgimiento de pensamiento crítico. De aquí que los gobernantes busquen algún canal de TV libre. O lo compren. Pero, ¿a quién lo compran, bajo que condiciones? ¿Qué pueden y no pueden decir? ¿De quién es La Nación? ¿Quién maneja el Grupo Clarín? Si el gobierno argentino compró Radio 10, ¿a quién compró en realidad? ¿Quién sostiene a los “creadores de opinión”? ¿Puede haber “libertad de prensa” en un mundo en que lo informático se ha monopolizado como nunca, un monopolio internacional manejado por el Imperio, por el nuevo sujeto absoluto? ¿Qué vemos de las guerras? ¿Qué sabemos de la verdad? ¿Hay verdades o el vértigo comunicacional que las ahoga? Los sujetos viven abogatados de informaciones, pero no tienen una sola verdad. Sus mentes son moldeadas. Opinan lo que opina el diario que leen, el canal que ven, la telenovela que miran. Sus valores no son propios. Son los que los medios -en medio de una guerra fenomenal- imponen (...)

Ese poder es uno e intenta someter a lo múltiple. Y lo somete. Ya no existe lo múltiple. Lo que existe es el poder de lo uno comunicacional. Ese poder se dirige hacia el sometimiento, hacia el avasallamiento, hacia muy especialmente el aturdimiento de las conciencias. El mundo hace ruido. Todo es ruido. Vivimos en medio de una ontología del ruido. De una ontología de la sobreactuación. Desde la gesticulación inflamada de un director de orquesta (…) desde cualquier relator de fútbol, desde cualquier locutor radial, desde cualquier reportero del tiempo, todos gritan o sobreactúan. Lo uno comunicacional aplasta la subjetividad a través, entre otras cosas pero no lateralmente, del ruido. Ni hablar de los recitales de rock. El ruido, la bengala, el fuego, la muerte.

(…) Diez mega grupos controlan la prensa, la radio y televisión de EE.UU. e influyen en América Latina (…) y controla además el vasto negocio del entretenimiento y la cultura de masas, que abarca el mundo editorial, música, cine, producción y distribución de contenidos de televisión, salas de teatro, internet y parques tipo Disney World, no solo en el país del norte sino en América Latina y el resto del mundo (...) muestran a Estados Unidos como una democracia ejemplar, regida por el llamado “sueño americano de la libre competencia”…

Cada vez que encendemos el televisor recibimos, aterrados, las crueldades de la propaganda de guerra del imperio estadounidense, aunque las noticias pretendan mostrar la supuesta bondad de sus soldados en Irak y las películas nos familiaricen desde niños con la muerte y la violencia. Petróleo y recursos naturales para las transnacionales y circo para los pueblos, parece ser la consigna del imperio, solo que ahora el circo está instalado en los hogares, por voluntad de unas reducidas elites mundiales (...) En EE.UU. la información fue suplantada lisa y llanamente por la propaganda corporativa. Dejó de existir el “derecho a la información”, garantizado por la Primera Enmienda de la Constitución…

Hay una represión que entretiene, que produce placer. Es el gran hallazgo de la corporación Disney… el mundo es maravilloso. Ríndanse.

Dudar del poder

Pág. 792: Esto es hoy el capitalismo comunicacional. Esto es hoy el sujeto absoluto hegeliano. Está centrado porque son empresas y ramificaciones infinitas del Imperio. Se trata de una gigantesca metástasis. Nunca sabremos para quien escribe un periodista. Para quien habla un locutor. En que medio actúa el más “progresista” de los escritores: ese medio lo toma para neutralizarlo. Cuando no pueda le ofrecerá algo distinto y si el otro sigue siendo incómodo lo borrará de la realidad, le impedirá el acceso a cualquier lado. Alguien pondrá la cara: alguien dirá “estás despedido”. Pero no habla por su boca. Es hablado por la voz de sus amos, aunque no lo sepa ni lo crea.

(…) Es una metástasis que se expande concentrándose. El poder absoluto comunicacional no hace sino centrarse, logocentrarse, fonocentrarse. Ocupa la más absoluta centralidad. Pero, a la vez, se expande. Su condición de sujeto centrado que controla sus propios mecanismos de acción y poder es la que le permite des-centrarse y extenderse, globalizarse. Es un sujeto global informático. Pero es, sobre todo, la real posibilidad que tiene el Imperio para sujetar las subjetividades. En tanto, los filósofos post siguen deconstruyendo al sujeto, diseminándolo, adelgazándolo, hablando del pensamiento débil. ¿El Imperio, pensamiento débil? Ya resulta triste, patético, insistir con esas liviandades de los noventa, cuando se festejaba el triunfo del neoliberalismo y el fin del sistema soviético.
¿Qué haremos ante el abrumador poder del sujeto absoluto comunicacional? Defender nuestra subjetividad. (Escribí) un texto que se llama “Nos van a entretener hasta morir” (en Escritos imprudentes I). Decía León Rozitchner: “Nunca hubo un poder tan bien organizado, voraz y despótico como el que está apareciendo ahora… no podés imaginar siquiera, porque el imaginario viene de afuera y se mete en vos. Y el movimiento interno de imaginación y pensamiento te lo interrumpen a cada rato, pasándote. Todo está, en alguna medida, organizado de una manera siniestra. Todos los niveles de la relación del poder con la realidad están organizados técnica y tecnológicamente. Este sistema está hecho para destruir la subjetividad de la gente, impedir el pensamiento, impedir el afecto. Y por eso la superficialidad”.

(…) Un sujeto que no puede imaginar no puede proyectar, no puede pensar nada alternativo al imaginario del poder… lo interrumpen, dice León Rozitchner, “pasándote”. Nos pasan porque son más veloces, más rápidos. De aquí la “rapidez” de los “vivillos” de la televisión. Todos tienen lengua fácil, veloz. Son atorrantitos arltianos que “se las conocen todas”. Así, “te pasan como y cuando quieren”. No son la inteligencia ni el talento los que se requieren. Es la audacia. La rapidez que da la impunidad, el descaro, la indiferencia moral: “me cago en todo”, es la consigna de los “vivillos” de la tele. Mordaces, carajeadores, banales, campeones imbatibles de lo soez, ganan por velocidad, por ausencia de escrúpulos, porque son fruto de un mundo devaluado y conocen sus reglas, que ellos recrean y crean diariamente, mejor que nadie. Porque eso es lo que quieren quitarnos. Y con la subjetividad nos quieren arrancar la posibilidad de la conciencia crítica, del sujeto crítico que es -en un solo movimiento- la trama de nuestra libertad. El poder hace todo lo que hace (lo que con tanta eficiencia hace) porque busca la imposibilidad del acto libre. ¿Cuál sería este acto? (…) insistimos hasta decir que en algún punto, acorralado, sofocado, en el último socavón de nuestra conciencia, teníamos que tener todavía un resto de libertad. Concedámoslo: sí, en ese resto, en ese último bastión de nuestra subjetividad, somos aún el sujeto absoluto hegeliano. O el sujeto de la libertad sartreana. Es necesario que podamos serlo para que el hombre no esté definitivamente perdido. Desde ese resto es que aún podemos decir la frase que más teme el Poder que digamos, la frase contra la cual dirige toda su enorme artillería: dudo de vos. Lo que dijo Descartes. Ese “héroe del pensamiento”. “Dudo, y de lo único que no puedo dudar es de mi duda”. Ahí tambalea la estructura.

La última bunkerización: no estar ya en este planeta.

Vivimos en peligro. El terrorismo y el contraterrorismo harán del planeta un campo de batalla. La guerra global (preventiva) ya estalló. Y no es virtual a la manera de Baudrillard. Ahora la vemos. Vemos los muertos, los torturados. Vemos el hambre. Vemos a los hambrientos con solo abandonar la centralidad suntuosa de Buenos Aires, donde hay niños hambrientos en las calles, como en los bolsones de pobreza del Primer Mundo. Vemos los torturados de Irak. Los muertos de Irak. Los torturados de Guantánamo. Pero basta dar vuelta la página y ahí está la modelo del día, vendiendo su trusa, su soutien, con sus tetas bien siliconadas. Hasta los cuerpos son virtuales, falsos simulacros de algo que no es.

Pero la lucha por la autonomía sigue pasando por la lucidez, la inteligencia, sí, por la filosofía. Hoy, hacer filosofía, es defender la libertad de nuestra conciencia agredida por los medios del poder. Es pensar un mundo sin terrorismo ni contraterrorismo. Buscar un nuevo concepto de razón que imponga alguna zona de cordura en medio de la demencia multi-nuclear. Lo que corre peligro es la existencia del planeta. Se dice, se sabe, que los multimillonarios, que los que mandan y conducen y dirigen este mundo en carrera hacia el abismo ya codician el espacio sideral como tabla de salvación.
Pág. 710: (…) la realidad, si no murió, nos la escamotean todo el tiempo o, alevosamente, nos la crean y nos la sirven en platitos de plástico descartable. De este modo, Baudrillard nos advierte: “Vean, la realidad ya no es eso a lo que nos habíamos acostumbrado que fuera”. ¿A qué nos habíamos acostumbrado que fuera? Fácil: la verdad detrás de las apariencias. Como sabemos, detrás de las apariencias no hay nada: las apariencias son simulacros y ahí se termina todo. Estamos atrapados por la hiperrealidad posmoderna.

(…) la guerra en tanto pseudo-acontecimiento se construye por medio del bombardeo televisivo que sofoca al Homo-TV… los agresores y su formidable aparato de propaganda, de simulacro, de encubrimiento, de retórica, tornan imposible que los ciudadanos puedan conmoverse ante un cadáver, ante uno al menos, porque ninguno habrá de hacerse público, ninguno les será mostrado. Los que mueren, mueren doblemente. Mueren en el campo de batalla y mueren en la insignificancia de lo comunicacional, mueren en la modalidad de lo hiperreal, de la simulación, de parecer detrás del cual no hay verdad, no hay guerra.

Pág. 795: la exclusión seguirá sencillamente porque no hay para todos. Ni existe la voluntad de que lo haya. “En otros términos, si todo el mundo viviera como un francés, nos harían falta más de dos planetas, y si consumiéramos como un estadounidense nos harían falta cinco” (Paul Virilio, Ciudad pánico, Libros del Zorzal, pg. 70)

(…) se da una tendencia a la bunkerización, un regreso a la “ciudad cerrada”, que recuerda a los feudos medievales. “El gran encierro metropolitano de los siglos XX y XXI reproduce a escala global aquello que ocurría antaño a escala local, durante la población de la era agraria y artesanal” (Paul Virilio, pg. 76). Hay una “fijación patológica”. Ya el mundo se resiste a ser “multipolar”, ahora es “unipolar”. “El problema es que el patio trasero de la superpotencia estadounidense tiene las dimensiones del mundo” (Virilio, pg. 78) De aquí la necesariedad, para el Imperio, de la “guerra preventiva”. El ataque puede provenir de cualquier parte. Hay que anticiparse a el y operar antes que el tumor haga metástasis. Se trata de una cirugía preventiva. Pero es el Imperio el que decide donde está la “enfermedad”. Una enfermedad que aún no se ha manifestado, pues la “guerra preventiva” consiste en eso: en impedir que se manifieste. Cuando lo haga será tarde. Pero atacar algo que no existe o que no existe aún es de una irracionalidad criminal que amenaza a todo el patio trasero. Que al ser, ahora, todo el mundo, amenaza entonces a todos.

Todo el mundo capitalista –dada la imposibilidad para integrar a los que quedan afuera, a los nuevos bárbaros- se encuentra a las puertas de la invasión.

(…) Las clases medias altas y las clases empresariales de los countries de la banlieu de Buenos Aires retornan a la ciudad, a la centralidad, donde se sienten más protegidos, dado que los “bárbaros” de la periferia son ya incontenibles por los guardias armados de los servicios de seguridad. De este modo, el estricto presente de la racionalidad capitalista se dibuja entre la emergencia amenazante de los hambrientos, la incontrolabilidad del terrorismo, el fracaso de las nuevas guerras de colonización antiterrorista y el proyecto de las clases altas, de los poderosos que protagonizan el gran encierro, la bunkerización de la ciudad cerrada y planean, entre tanto, sumidos en la angustia y hasta en la crispada desesperación del último recurso, la huida a la seguridad extra-planetaria, sideral, al último encierro, al último bunker cuya característica esencial, la que otorga la verdadera seguridad que se busca, radica en no estar ya en este planeta. Algo que confirma para el Imperio un fracaso consumado, sistémico, aplastante: ni siquiera el sujeto absoluto comunicacional, cuyo poder es devastador, puede satisfacer una necesidad elemental de los hombres, el hambre, sino que lo acrecienta y en este acrecentamiento se hunde la posibilidad de integrarlo a la polis, a la dignidad social, al salario y no a la miseria injuriosa.

Y sin embargo, alguien, hoy, todavía

alguien nace y alguien muere en paz…
Marta Argerich toca la sonata en si menor de Liszt… 
Un pintor crea su mejor obra… 
Un médico hace un trasplante que salva una vida…

“Sólo por amor a los desesperados conservamos aún la esperanza”. Walter Benjamin.
“Todavía hay posiciones que defender en Europa”. Walter Benjamin. 
“Todavía hay causas que defender en este mundo”. José Pablo Feinmann.
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