> Que el nuevo Papa sea el primer americano ha
impresionado a todo el mundo. A los chilenos, sin embargo, nos llega con más
fuerza un solo dato: que es argentino. Para muchos, no se trata de algo grato,
porque miramos con mucho recelo a nuestros vecinos. Salvo unos pocos, como
un amigo que me dice, “por fin ha quedado claro que son mejores que nosotros”.
Bueno, no sé si es así, pero nos guste o no, la verdad es que ellos generan un
encanto, algo que nos cuesta entender, en parte porque los vemos como rivales.
Pero al final, aunque nunca lo confesemos, también nos gustaría encantar así. Y
no sabemos cómo hacerlo.
> ¿Qué tienen los argentinos? Bueno, aquí tenemos claro lo que no tienen.
Nos gusta decir que es un país que se farreó su situación económica. Recordar
que eran uno de los 10 más ricos del mundo y que hoy está en la ruina. Y si
bien ello es cierto, también lo es que siguen siendo una nación muy rica en
individualidades. Personas que, en distintos ámbitos, son destacadas a nivel
internacional. El Papa Francisco es un ejemplo más.
>Tener individuos destacados es tan importante como tener una sociedad
organizada. Es cierto, sin sus compañeros, Messi, probablemente, no
sería el mejor jugador de fútbol del mundo. Pero él no es uno más; es el alma,
el motor del Barcelona. El que genera la pasión de los hinchas por el equipo y
por ello su presencia es fundamental. Porque en el fútbol, como en toda
actividad, no basta ganar; también hay que encantar.
>Las figuras argentinas no nacen solas, la sociedad las potencia, las
adora, llevándolas a estados superiores. Y las defienden cuando caen en
desgracia, como a Maradona. Para ellos, todos son los mejores del mundo,
cosa que a los chilenos nos revienta, porque nosotros somos exactamente lo
contrario: somos chaqueteros. Y si son ganadores, los tiramos para abajo. Como
a Pablo Neruda, por ejemplo, que lo ninguneamos. Porque era comunista,
dicen algunos. Porque era creído, otros. Y pocos, muy pocos, lo leen. Al final
del día, a Neruda le hubiera convenido ser argentino, porque sería un dios, un
grande, el mejor.
>Algunos dicen que esto tiene que ver con nuestra baja autoestima, que no
nos creemos el cuento. Que nos carga ver el éxito ajeno y por eso castigamos al
que lo alcanza. ¿A quién le ha ganado? ¿De dónde salió este? ¿Qué se cree?
Claro, uno podría decir que los argentinos tienen demasiada autoestima. Pero
les resulta, ellos sí se la creen y generan héroes. Y por eso generan personas
que llaman la atención en todo el mundo, mientras los chilenos no encantamos a
casi nadie. Ni siquiera a nosotros mismos.
>Todo este encanto seduce, entusiasma y logra grandes individualidades.
Pero también es atroz cuando la sociedad no funciona. Pero la mezcla contraria
también es mala. Es cierto, tener una economía ordenada sirve para pagar las
cuentas, lo que no es menor. Pero vivir para eso no conmueve a nadie. Porque al
final del día, la estabilidad sólo genera el piso sobre el cual podemos
construir. Llegar al techo, al límite, requiere de personas notables,
distintas, que corren riesgos inesperados, que se creen el cuento. Y esos tipos
no sólo mueven las cosas, sino que también generan entusiasmo necesario para
que todos avancen. Apostar a ellos es fundamental.
BONUS TRACK I
En la escuela, su gesta es apenas una
frase -“pasó la cordillera”- y la batalla de Chacabuco la condujo O’Higgins,
mientras que el general argentino fue sólo un colaborador. No falta quien lo
acuse de haber “invadido” Chile. InfoBAE Domingo 12/02/17. Por Claudia Peiró.
Edwards Gajardo vive en Argentina
desde el año 2009, es periodista y trabaja en la web de noticias Mendoza on
Line. Hace unos años escribió allí un artículo con el título "San
Martín libertador de Chile: una parte de la historia que allá nadie me
contó", en el que relataba cómo recién al llegar a nuestro país
tomó conocimiento de la magnitud de la expedición libertadora organizada por el
general argentino, cuya figura, dice, "está (en Chile) debajo de la
de (los chilenos) Bernardo O'Higgins, José Miguel Carrera o Manuel
Rodríguez".
"En la historia de Chile la
figura del general José de San Martín no es destacada como la de un libertador -escribió
Gajardo en aquella ocasión- y sólo se resalta su relación con Bernardo
O'Higgins, como un gran aliado y amigo, pero muy lejos de la imagen de prócer
que tiene en la Argentina".
"Cuando vas a la escuela, te
hablan de O'Higgins como el libertador y de San Martín como una especie de
colaborador y te dicen que la batalla de Chacabuco la condujo
O'Higgins", afirma Gajardo en charla con Infobae. Aclara sin embargo
que hay una excepción a este "ninguneo": el ejército chileno, el
sector que más rescata el rol de San Martín y estudia su gesta. "En esos
círculos es muy valorado", afirma. "Pero San Martín no aparece en las
monedas, ni en las plazas, ni en monumentos; la calle principal de Chile, que
todos conocen como Alameda, se llama Libertador Bernardo O'Higgins", dice
Gajardo.
La televisión chilena copió el formato
de la serie que aquí hicieron Mario Pergolini y Felipe Pigna. En el
breve extracto que sigue de "Algo habrán hecho por la historia de
Chile", puede apreciarse la parcialidad con la que se refieren a la
batalla cuyo bicentenario se conmemora este 12 de febrero y que fue la
exitosa coronación de un Cruce de la Cordillera por el Ejército de San Martín,
que el gobernador realista de Chile, Casimiro Marcó del Pont, no esperaba
porque lo consideraba imposible.
No debe culparse a Bernardo O'Higgins
por esto. Sucedió a pesar suyo y tras su muerte, ya que en vida, como a su
amigo San Martín, le pagaron con el derrocamiento y el exilio. Este héroe
chileno, de origen irlandés, siempre reconoció a San Martín como su jefe
y la amistad entre ambos sólo la interrumpió la muerte. Pero uno de los motivos
de esta malversación histórica es la larga querella que enfrentó a los dos
líderes independentistas de Chile, José Miguel Carrera y Bernardo
O'Higgins. El cliché dice que el primero era republicano y el otro conservador;
que uno quería una "revolución nacional chilena", mientras que
el otro se subordinaba a los intereses porteños. Lo cierto es que, cuando los
chilenos llegaron a Mendoza, tras ser derrotado el primer gobierno patrio en
Rancagua por los realistas, San Martín se entendió de inmediato con O'Higgins y
lo privilegió entre los demás jefes. No se equivocó. Carrera era demasiado
vanidoso como para subordinársele. Y cuando San Martín y O'Higgins
liberaron Chile ésa no fue para él una buena noticia, y no dudó en conspirar
-incluso con el extranjero- para derrocar al nuevo gobierno independiente.
"O'Higgins comulgaba con San
Martín y estaba contra los Carrera. Muchos en Chile ven a San Martín como el
hombre que mató a los hermanos Carrera", señala Gajardo, como uno de los
motivos de la desconsideración hacia su figura. Se trata de otra
tergiversación, ya que esos fusilamientos -fruto del exceso de celo de algunos
funcionarios cuyanos- ocurrieron en ausencia de San Martín que incluso intentó
impedirlos.
En los años 90 y 2000, cuenta Gajardo,
la televisión chilena emitió una serie, "Héroes", tendiente a mostrar
a los próceres con un rostro más humano. San Martín no está en la lista;
aparece sólo como personaje secundario. "Las últimas generaciones se
quedan con esa historia, despreciativa hacia O'Higgins, el 'guacho
Riquelme', le dicen por ejemplo, usando el apellido de su madre y en
alusión a su condición de bastardo", comenta Edwards Gajardo.
Recientemente también apareció un
libro, que es best seller, La historia oculta de Chile, de Jorge Baradit,
que llega a decir que, "técnicamente, San Martín invadió Chile"
(ver video al pie de esta nota).
Desde Francia, en correspondencia
privada con amigos, alguna vez el Libertador comentó que el primer país
que le mostró reconocimiento y gratitud fue Perú, paradójicamente, decía, el
que menos le debía, dado que de allí se marchó sin poder completar su
misión. Argentina, en cambio, se tomó su tiempo para empezar a poner las cosas
en su lugar. Recién en tiempos de Rosas, la legislatura bonaerense empezó a
rendirle homenaje anualmente. En Chile, el prestigio de San Martín siguió
siendo víctima indirecta de la querella que todavía se proyecta hoy sobre
los debates entre carreristas y o'higginistas, aunque el país trasandino, como
lo señaló nuestro embajador allá, José Octavio Bordón, ha saldado esa querella
mediante una póstuma reconciliación entre los dos próceres, poniendolos en un
mismo plano.
Queda pendiente reconocer el papel de
ideólogo y jefe de la expedición libertadora que desempeñó San Martín y de conductor
de las dos batallas que le dieron la independencia a Chile. En Chacabuco,
O'Higgins comandaba uno de los dos cuerpos en los que dividió San Martín su
ejército. El otro lo dirigía Miguel Estanislao Soler, también relegado en
el recuerdo. El general argentino condujo una batalla cuya suerte
O'Higgins, por temerario, casi compromete, al lanzar el ataque prematuramente
sin dar tiempo a Soler para completar la maniobra envolvente que debía realizar
para caer sobre el flanco enemigo mientras el brigadier chileno atacaba de
frente. Este contratiempo obligó a San Martín a intervenir personalmente
en la batalla con la caballería. De hecho,esa fue la última vez que
desenvainó el sable en un campo de batalla y la escena que inspiró la
estatua ecuestre en la cual apunta con el dedo hacia adelante que hoy nos es tan
familiar.
Jorge Baradit, historiador mediático,
efectista y por momentos de escasísimo rigor histórico, ha hecho sin
embargo un aporte, como puede verse en el video a continuación. Pasemos por
alto las flagrantes contradicciones en que incurre, como decir que San Martín
invadió Chile -olvidando que estaba en manos de los realistas- o que en
Chacabuco derrotó al ejército "chileno" (sic), cuando se trataba de
tropas realistas, y segundos después sostener que, gracias a que San
Martín cruzó Los Andes se salvó toda América.
Rescatemos en cambio el hecho de
que Baradit dedica buena parte de su intervención a exaltar la gesta del
cruce de Los Andes, reconociendo que en la escuela chilena no le
consagran ni 5 minutos al tema, pese a que la campaña de San Martín
-dice Baradit- se equipara a otras hazañas militares como el desembarco en
Normandía o el cruce de los Alpes por Aníbal. Es un aporte innegable y un
primer paso hacia una mayor justicia histórica con San Martín.
BONUS TRACK II Otro brillante artículo de opinión de Claudia Peiró en InfoBAE tantos años después. Esta vez para mostrar una faceta diferente del pueblo chileno, que realmente le dió una lección de realismo a los vacilantes y acomodaticios dirigentes políticos de un lado y otro de la cordillera. Rechazando el plebiscito para aprobar una nueva y engañosa constitución, entre otras cosas le pusieron un parate a increíbles pretensiones de minorías que se autoproclaman herederos de pueblos originarios junto a "progres" (idiotas o malandras) que compran el relato y se suben a esa moto disgregadora. Algunos niegan las leyes de la democracia, son violentos y cargan asesinatos en su haber: son meros delincuentes. Muchos de esos mangueros de poncho y vincha hipones son bancados por sospechosas fundaciones europeas. No jodamos. Horanosaurus.
Argentina le debe mucho a su rotundo
“NO”, aunque los políticos locales no lo hayan notado. InfoBAE 08/09/22. Por Claudia Peiró.
El domingo 4 de septiembre los chilenos
se pronunciaron de modo contundente, inapelable -62 % de los votos-, en rechazo al proyecto de Constitución pergeñado
por una asamblea dominada por ultraminorías que, lejos de buscar consensos,
radicalizaron sus propuestas facciosas. De nada sirvieron las promesas de último
momento del presidente, Gabriel Boric, de que reformaría los aspectos
más discordantes del proyecto, si éste era aprobado.
El de los chilenos fue un reflejo
defensivo, una reacción de supervivencia, una reafirmación de unidad, frente al
espíritu divisivo y peligrosamente fragmentario del texto constitucional
sometido a referéndum. Los argentinos le vamos a deber mucho a
este rechazo: bien podríamos haber sido las siguientes víctimas de estos
riesgosos experimentos que ya están en germen en nuestro país, donde encuentran
terreno fértil en la ignorancia o defección de muchos políticos.
El artículo 1°, quizás el más
conflictivo del proyecto constitucional, declaraba a Chile un Estado “plurinacional”.
El artículo 2° ampliaba: “La soberanía reside en el pueblo de Chile, conformado
por diversas naciones”. Y, más adelante, art. 5°, punto 1: “Chile reconoce
la coexistencia de diversos pueblos y naciones en el marco de la
unidad del Estado”, y punto 2: “Son pueblos y naciones indígenas preexistentes los Mapuche,
Aymara, Rapanui, Lickanantay, Quechua, Colla, Diaguita, Chango, Kawésqar, Yagán,
Selk’nam y otros que puedan ser reconocidos en la forma que establezca la
ley.”
La “plurinacionalidad” es ni más ni
menos que la consagración institucional del indigenismo que, como queda claro
ahora, siempre tuvo por objetivo la fragmentación bajo cubierta de
reivindicación de derechos. La plurinacionalidad es la negación del
mestizaje, signo constitutivo de las naciones hispanoamericanas. Es decir, la
plurinacionalidad es la negación de nuestra historia y, para decirlo en la
jerga moderna que cultivan los promotores de estas modas, la
deconstrucción de nuestras naciones mediante la deslegitimación de sus
bases fundantes.
Consultado por el periódico El
extremo sur, de Chubut, acerca de qué significaba “plurinacional”, un
periodista mapuche respondió: “Se entiende como lo opuesto al Estado-nación,
aquella ficción de las élites chilenas del siglo XIX que artificialmente homologó
el Estado con una nación única, la chilena, de características monoculturales y
monolingües”. Según él, “esa no es la realidad de Chile, un territorio habitado
por al menos una docena de primeras naciones preexistentes al Estado
desde hace siglos”.
Ajena a estas cuestiones estratégicas,
inmediatista siempre, la política argentina ha dicho poco y nada al respecto.
El Gobierno quedó catatónico porque su lectura se limita a que “perdió” uno de
sus aliados (Boric); un poroteo cortoplacista, sin conciencia de los intereses
permanentes de la Argentina, que están muy bien servidos por este rechazo
categórico a darle legitimidad a grupos que cuestionan la soberanía chilena
sobre todo su territorio, como también pretenden hacerlo en la Patagonia
argentina.
Esta vez la nota la dio el presidente de
Colombia, Gustavo Petro, haciendo gala de una ignorancia poco digna
del cargo que ocupa: “Revivió Pinochet”, dijo, faltando el respeto a los
chilenos que, no sólo han reformado ya varias veces aquella Constitución de la
dictadura, sino que decidieron, en un referéndum anterior, el 25 de octubre de
2020, darse una nueva.
Lo que sucedió ahora, es que ese mismo
electorado impidió que aquella decisión abriera una Caja de Pandora llena de
riesgos para la soberanía y la integridad territorial del país. Porque el indigenismo es la nueva punta
de lanza de la fragmentación social, política y territorial de Latinoamérica;
como en el pasado lo fue la lucha armada y la consigna de convertir a la
Cordillera de los Andes en una larga Sierra Maestra, hoy el mordiente es el
cuestionamiento a la existencia de nuestras naciones por la vía de reivindicar
a los pueblos “originarios”, terminología artificial y que apenas disimula su
verdadera intención.
Desde los años 80, los “derechos” de los
pueblos aborígenes son esgrimidos, no con fines de integración sino de
fragmentación; hay organizaciones no gubernamentales, o mejor dicho para-gubernamentales,
que fogonean estas políticas y que, con un grado de injerencia
inexplicablemente tolerado por los Estados latinoamericanos, financian a estos
grupos y les dan letra con el discurso revisionista de nuestra historia bajo el
signo de la leyenda negra antiespañola.
El proyecto constitucional chileno
llegaba al delirio de aceptar la coexistencia de una supuesta “justicia
indígena” en oposición a un principio esencial del republicanismo y la
democracia: la igualdad ante la ley. El Estado, decía el abortado proyecto
constitucional, debe “respetar, promover, proteger y garantizar el ejercicio de
la libre determinación” de las “naciones” indígenas, y el artículo 309
agregaba: “El Estado reconoce los sistemas jurídicos de los pueblos y naciones
indígenas, los que en virtud de su derecho a la libre determinación coexisten
coordinados en un plano de igualdad con el Sistema Nacional de Justicia”.
¿Es posible exagerar la gravedad de
estas disposiciones y el riesgo evitado con su rechazo? Pensemos que este
proyecto constitucional fue pergeñado en momentos en que, en el sur de nuestro
continente, sellos como la agrupación Resistencia Ancestral Mapuche (RAM)
o la Coordinadora Arauco Malleco (CAM), le han declarado la “guerra a
Argentina y Chile”, y protagonizan actos de sabotaje, incendios y amenazas.
Los años 90 vieron la eclosión del
indigenismo. Por ejemplo, en el sitio web británico The Mapuche
Nation (sic) se lee: “El día 11 de mayo de 1996, un grupo de mapuches
y europeos comprometidos con el destino de los pueblos y naciones indígenas de
las Américas, y en particular con el pueblo mapuche de Chile y Argentina,
lanzaron la Mapuche International Link (MIL) en Bristol, United Kingdom”. Es decir que The Mapuche Nation, la
“nación” que los constituyentes chilenos querían reconocer, tiene el centro de
operaciones de su “lucha por la autodeterminación” -tal el objetivo que
declama- en el nº 6 de Lodge Street, en la ciudad portuaria de Bristol, en
Inglaterra.
Una revista extranjera consagraba su
tapa a Gabriel Boric, en la edición previa al referéndum. ¿Es casual? ¿O ya
estaban preparando el terreno para consagrarlo como nuevo paladín de los
derechos de los pueblos “originarios”?
Entre nosotros, recientemente,
funcionarios nak&pop declararon “sitio sagrado mapuche” al Volcán Lanín.
Tuvieron que dar marcha atrás, pero el hecho de que autoridades argentinas
hayan llegado a considerar legítima semejante medida es un síntoma de la
penetración de estas doctrinas divisionistas.
A fines de los 90 una agencia de
desarrollo extranjera vinculada a iglesias protestantes comunicó a sus
partenaires argentinos que, en adelante, sólo financiarían programas destinados
a los “pueblos originarios”. Desde un interés nacional, no debería haber
diferencia alguna entre un pobre criollo y un pobre wichí, o toba o mataco.
Pero, por si no bastara, la agencia aclaraba que, como la “nación wichi”, por
ejemplo, no está asentada sólo en el norte argentino, sino también en Bolivia,
los proyectos podían ser binacionales...
¿Cuánto falta para que una entidad
internacional -por caso la ONU o alguno de sus derivados: Unesco, FAO, OMS,
PNUD, etc- declare la necesidad de proteger a tal o cual “nación originaria” de
la arbitrariedad del Estado chileno, argentino, boliviano u otro? Y no faltará
la ayuda de idiotas útiles locales. ¿Cuánto falta para que alguien proponga un
protectorado bajo supervisión internacional para defender los derechos de las
supuestamente preexistentes naciones indígenas?
Chile nació mestizo, como mestiza nació
la Argentina, como México, Paraguay, como todas las naciones
hispanoamericanas. Ese mestizaje es el que hay que reivindicar y
profundizar; el mestizaje es la verdadera integración. Y es la salvaguarda
contra las intentonas divisionistas.
Lo otro es facción, fragmentación y
gueto. Es ofrecer flancos débiles a las ambiciones ajenas. Gracias, Chile.