


1) Alejandro Rozitchner en una entrevista de Ricardo Carpena (“Para querer ser presidente, una persona tiene que tener alguna patología”) . Diario La Nación del 06/11/10.
“La izquierda, o el progresismo, es un fenómeno, sobre todo, discursivo: no saben bajar la pobreza, por ejemplo. Viven hablando del pueblo, pero no saben hacer cosas útiles para el pueblo”.
“Hoy no tenemos pueblo, tenemos personas, individuos. Esto cambia completamente el juego de la política. No se trata dehacer representatividad respecto de una masa indiferenciada, sino de responder a necesidades de personas que quieren vivir, desarrollar sus proyectos, crecer. Antes el individuo no existía, las personas se preguntaban qué debo hacer. Hoy la pregunta es qué quiero hacer. Es un cambio muy valioso que tiene que ver con una gran revolución que representan más Los Beatles que la izquierda, una revolución cultural que está también muy presente en ese gran logro humano que es Internet”.
“… la idea es que mucho de lo que se quería conseguir por la vía del desarrollo de la izquierda termina siendo mucho más real y accesible por un grupo de personas que superan la distinción entre izquierda y derecha, que no juegan ya esa política vieja y que tratan de ocuparse de las cosas de un modo más efectivo… puestos a tratar de solucionar el tema de la pobreza en la Argentina, debatir ideológicamente es perder el tiempo, es no querer hacerse cargo del problema… la opción muy impregnada de ideología termina siendo un obstáculo.”
“El pensamiento social argentino no se lleva muy bien con la riqueza. Siempre que hay riqueza la considera mal habida. Y considera que, de alguna manera, la pobreza es buena. Como si ser pobre fuera ser bueno… una mentalidad de este tipo lógicamente va a producir pobres, va a producir pobreza. El populismo es un fenómeno político determinado por la producción intencionada, aunque inconsciente, de pobreza”.
“Muchas de las cosas que intentamos pensar en términos políticos tendríamos que pensarlas en términos psicológicos. De la misma manera, la política, en su transformación, tiene que abrirse a esas perspectivas. Entonces no es tan relevante si una persona es de izquierda o de derecha porque eso ya no quiere decir nada. Si es relevante si es un megalómano, un paranoico, un neurótico normal tirando a sano… Hay en la Argentina una gran corriente de resentimiento y de enajenación que podrías explicarla aludiendo a la historia dura de ciertos sectores, pero todos los sectores de todos los países han tenido historias duras. También se puede aludir a ciertas posiciones existenciales, visiones del mundo, formas de enfrentar los problemas. Yo puedo enfrentar los problemas diciendo que son culpa del sistema o diciendo que son míos y que tengo que hacer algo con ellos. Esa delegación para generar la visión de un poder que te obstruye es una posición muy querida por un montón de políticos. Es poco sabio y poco realista… por eso la idea del amor, aunque parezca tan zonza, es fundamental incluso para interpretar fenómenos políticos. El mundo de la política oficial es un mundo sin amor, en donde las relaciones incluso entre ellos son de mucha tensión. No hay amor. Y amor es también posibilidad de entenderse, de acercarse, de ser empático, de intercambiar”.


2) José Pablo Feinmann en “La sangre derramada. Ensayo sobre la violencia política”. Booket-Planeta,1998.
"Bobbio decía algo así: los socialismos reales han sido derrotados, pero el capitalismo de fin de milenio no tiene respuestas para ninguno de los problemas que dieron origen a las filosofías socialistas… habría entonces una mala superación. El capitalismo tardío cree que ha resuelto la historia, pero no tiene cómo responder a las angustias que originaron las realidades que pretende haber superado… sólo podría presentarse como superador del socialismo si hubiera encontrado solución a los problemas que lo hicieron nacer. El problema que permanece es el de la creciente desigualdad…
Muchos filósofos (desde Aristóteles en adelante) se ocuparon de la desigualdad. Pero fue Hegel -en sus 'Principios de la filosofía del derecho') quien lo hizo con una precisión conceptual lo necesariamente poderosa como para disparar el pensamiento de Marx (…) La igualdad de las personas sólo es abtracta. Es el concepto de posesión el que introduce las desigualdades… Hegel se niega a la repartición de los bienes para lograr la igualdad… “porque la riqueza depende de la diligencia de cada uno”. Sacraliza así, la sociedad de competencia (pero confiesa que) remediar la pobreza es un problema que mueve y atormenta a las sociedades modernas (…) luego vino Marx y realizó un análisis implacable acerca del capitalismo como un sistema que se basa en la desigualdad…
(...) La primera y absoluta convicción que tiene Bobbio sobre el hombre de izquierda es su incapacidad para tolerar la desigualdad. Esta incapacidad es la suya y explicita, entonces, su “malestar frente al espectáculo de las enormes desigualdades, tan desproporcionadas como injustificadas, entre ricos y pobres, entre quien está arriba y quien está abajo en la escala social, entre quien tiene el poder, es decir, la capacidad para determinar el comportamiento de los demás, tanto en la esfera económica como en la política e ideológica, y quien no la tiene” (...) el mundo resulta intolerable para el hombre de izquierda (…) porque tiene una aguda sensibilidad (cualidad que lo ennoblece) para percibir las desigualdades. El hombre de derecha, por el contrario, es siempre un “justificador” del estado de las cosas. O las ve como inmodificables, como leyes de un sistema inapelable, o -lo que implica otra faceta de la misma actitud- desarrolla una praxis que tiende a la preservación del estado de cosas, incluso, en lo general, por medio del a profundización de los niveles de desigualdad.
Bobbio acierta en instrumentar el concepto de “igualdad” como elemento central para diferenciar izquierda y derecha… La derecha naturaliza la historia. Es parmenídea: lo que es, es. La izquierda historiza la historia, es decir, acentúa su carácter cambiante. Es, así, heracliteana: todo fluye, todo cambia, nunca nos bañamos dos veces en el mismo río… siempre la fuerza de lo socialmente modificable ante lo naturalmente establecido… aquello que (Bobbio) defiende (la real diferencia entre la izquierda y la derecha y la vigencia de esta distinción conceptual) está en la necesidad de los tiempos. Siempre que la desigualdad es intolerable (y hoy lo es) lo primero para luchar contra ella es afirmar que sí, que existe, que no tiene razón,y que es históricamente superable, no por la lógica interna y necesaria de las cosas, sino por la libertad del sujeto. Por su esencial aptitud de percibir la desigualdad -simultáneamente- desde el ámbito del conocimiento y desde el ámbito de la indignación.
(…) Bobbio adhiere a una de las tradiciones (o digamos: uno de los “tradicionales errores”) de la izquierda: creer que su triunfo está inserto en la mecánica de los hechos históricos. Así, la idea de “progreso histórico” (superación hegeliana/dialéctica marxista) es consustancial a la cultura de la izquierda… es incluso tan fuerte que el concepto con que la izquierda de fin de siglo ha elegido nombrarse para no nombrarse como izquierda es el de “progresismo”. ¿Es necesario el garantismo progresista para que la izquierda pueda afrontar las resistencias de la historia? Este garantismo redentorista es lo que suele llamarse utopía… la utopía es la certeza o el sueño de que la historia debe progresar para tener algún sentido. Sería más adecuado, y por que no, fascinante, proponer una izquierda antiutópica, que afirme que el mañana no está garantizado, que no sabemos si marchamos necesariamente hacia la igualdad ni si la historia progresa pero que esto no reduce en absoluto nuestra capacidad para indignarnos hoy ante la desigualdad y comprometernos en la azarosa lucha de su eliminación… librarse de ella es una de las premisas sustanciales del nacimiento de una nueva izquierda…
(...) Este libro está escrito, entre otras cosas, para refutar los garantismos metafísicos, las utopías aseguradas, los sentidos inexorables. No sólo son inadecuados para una lúcida praxis política, sino que desde ellos se han exaltado, justificado y practicado ejercicios de violencia. Todo aquel que se siente históricamente instalado en una utopía garantida concluye que –desde esa posición- tiene el sacralizado derecho de ejercer la violencia contra el Otro, es decir, contra quien impide la realización del garantismo.
(...) la palabra crítica en su significado kantiano es conocimiento de algo. Criticar algo es emprender la ardua tarea de conocerlo. Creo en la siguiente obviedad: el deseo de conocimiento es constitutivo del intelectual. De modo que no puede existir un intelectual que no sea crítico… el joven Marx… utiliza el concepto como distanciamiento, como cuestionamiento de lo fáctico, de lo establecido. Sólo el distanciamiento ante lo real permite su conocimiento, y este conocimiento deviene crítico ya que plantea la insoslayable praxis de la transformación de lo real: hacer más ignominiosa la ignominia, conociéndola; hacer más opresiva la opresión, publicándola… así, la figura del intelectual crítico es la figura del intelectual libre… todas las modalidades de la filosofía posmoderna se han encargado de imposibilitar su despliegue… toda la deconstrucción impide la figura del intelectual crítico, del intelectual que asume para sí la posibilidad del conocimiento de la totalidad y la posibilidad, también, de su transformación.
¿Qué relación existe entre el intelectual crítico y el intelectual orgánico? Dibujemos la figura del intelectual orgánico: suele pertenecer a un partido político o a algún estamento del Estado. Si pertenece a un partido político su praxis crítica queda seriamente erosionada por la necesidad de contemplar, cotidianamente, la táctica y la estrategia partidarias. Siempre, dentro de un partido político, hay algo que se puede decir y algo que no se puede decir, algo que hay que decir de una manera u otra, algo que se puede decir ahora y no después o después y no ahora. El intelectual, dentro del partido político, pierde gran parte de su autonomía crítica. Queda, con excesiva frecuencia, sujeto a las tácticas, al momentaneísmo, al coyunturalismo.. no diré que está perdido como intelectual; pero sí que su (enorme) riesgo es el de transformarse en un operador político.
El intelectual que se incorpora al Estado buscará justificar su decisión diferenciando al Estado del Gobierno. La diferenciación es válida y hasta es válido que el intelectual luche por tornarla real. Ocurre que raramente es real: el Gobierno (y, muy especialmente, en nuestro país) termina adueñándose del Estado y sometiéndolo a sus ambiciones y hasta de los arbitrios y modalidades, incluso, personales de sus caudillos. Aquí, el intelectual se transforma (…) en un operador estatal y, también, político-partidario, en la medida que el Estado y partido gobernante tienden a identificarse.
En suma, el intelectual orgánico termina abandonando su poder crítico y se transforma en un operador político-cultural cuando desarrolla su praxis en un partido político o en un operador estatal-partidario cuando la desarrolla en el aparato del Estado.
(...) Se me objetará -desde las filosofías posmodernas sustentadas en Heidegger- que postular un sujeto crítico es retornar a una centralidad cognoscitiva. A un subjectum. Al logocentrismo. En suma, a Dios, en el modo en que la modernidad lo instauró con Descartes… que incurro en la constitución de una nueva esencia. Se dirá que ya Heidegger demostró que el ser no debe entenderse como esencia sino como acontecer. Que el pensamiento debe rechazar toda postulación que conduzca a un fundamento, a una causa o a la noción de verdad.
Sin embargo, no es tan sencilla la propuesta de este ensayo. Que se expresa así: rechazar la noción de fundamento, de causa, necesidad y ley, pero recuperar a la vez la visión crítica del sujeto crítico. Insistí en rechazar los garantismos metafísicos del pensamiento de izquierda, pero insisto en rechazar la visión azarosa, descentralizada, acrítica y conformista que el posmodernismo heideggeriano impulsa. Los garantismos –tal como los hemos visto en los textos de Fanon, Sartre y Bobbio, o como están presentes en innumerables textos de Marx- no hacen sino introducir otra vez a Dios en el pensamiento. Toda garantía es teísta. Pero erradicar el garantismo -matar a Dios- no nos debe conducir a la aceptación de una historia virtual, azarosa, aleatoria (1). Una historia sobre la que el sujeto no sabe cómo actuar ya que es inapresable. En resumen: incomprensible. ¿Cómo cambiar lo incomprensible? La cuestión, entonces, es: eliminar todo fundamentalismo, todo garantismo metafísico, pero mantener la crítica viva. Matar a Dios -como lo pedía Nietzche- y construir al sujeto crítico, sin que esta construcción implique un regreso a Dios. Sin hacer del sujeto crítico un nuevo absoluto. ¿Es posible?"
(1) Todo parece señalar que no se puede existir sin garantismos metafísicos, y que éstos deben ser encontrados en Dios, en la Razón o en la Historia. Bien, ya no hay garantismos. No hay Dios, no hay racionalidad, no hay sentido de la Historia. La burguesía no engendró el proletariado redentor, se engendró a si misma y está engendrando un mundo desquiciado por la injusticia y la violencia. Esto produce angustia (…) Pero no es imposible vivir -aunque sea un tiempo, sin entregarnos fácilmente a otros amparantes garantismos- en la angustia. De la angustia se sale y se aprende (…), de los garantismos, de las ilusiones y de las exaltadas profecías se aprende poco y, con frecuencia, no se sale (…) será adecuado preguntarnos por uno de los más poderosos garantismos de la filosofía, la dialéctica: qué fue y adónde condujo.







(...) Tal vez lo que defina el rostro poco piadoso del capitalismo actual sea su afán de concentración de riqueza y poder… un capitalismo torpe y avaricioso… el rostro que hoy exhibe es uno de los más descarnados y -para el destino de la humanidad- suicidas. En un polo, la avaricia, en el otro la pobreza. Así parecen ver el mundo los banqueros que hoy lo gobiernan… asistimos, de este modo, al obsceno despliegue del capitalismo avaricioso. No distribuye, despoja. No integra, excluye. No oculta sus riquezas, las exhibe con impiedad e impudor. Podríamos conjeturar que, como todo ser avaro y miserable, tendrá su castigo: que tendrá que distribuir, integrar y ocultar pudorosamente sus riquezas para no despertar la ira de los desangelados.
(...) La sociedad del odio: desempleo y violencia… la violencia ha crecido en las ciudades y en los suburbios. El modelo neoliberal ocluye la posibilidad de cambio, un sistema tan cerrado termina por explotar. Para un excluido del sistema de libremercado basta con comprar un revólver para transformarse en un delincuente y sentirse otra vez incluido en la sociedad que lo había expulsado como ciudadano. Ahora pertenece otra vez a ella, sólo en el modo de la delincuencia. Si antes no tenía un trabajo, ahora lo tiene. Si antes estaba abatido, hundido en la depresión, ahora lo vigoriza un odio sin fronteras. Si antes era un derrotado, un sub-hombre, ahora le temen. Si antes era inofensivo, inoperante, un desecho marginal y triste, un número arrojado al canasto, un desdichado más en la cola de los desdichados que buscan trabajo, ahora es agresivo, ofensivo al extremo, brutal. No padece la desdicha, la provoca.
El delincuente criminal asume la cara desembozada y cruel del sistema de exclusión. Cruel, irracional y generalizada. No odia -como odiaba el antiguo obrero explotado- a los patrones. Odia a todos. A todos los que tienen una casa. Una familia. A todos los que tienen las cosas esenciales de las que él fue privado. Odia, también, a la vida, porque piensa que se la han quitado. Sólo se siente parte de la sociedad cuando la agrede, cuando la lastima, cuando hiere el corazón de cualquiera de sus representantes… el kioskero de la esquina o un pequeño propietario a quien seguramente le guarda un destino simétrico al suyo, ya que tal vez mañana lo expulsen del trabajo que aún -escasamente- le permite sostener lo que tiene. Así las cosas, un delincuente crimínal -con solo un revólver, con sólo matar- ocupa la centralidad en el sistema que lo había escupido de sí. Vuelve a tener un ser: se siente alguien, alguien temido, odiado, perseguido, pero alguien. No se sentía así el día en que lo echaron del trabajo.
Ocurre que el odio -en la sociedad de exclusión- es más cruel que en la sociedad de clases. Más cruel e irracional. No tiene ideología. No se canaliza organizadamente: huelgas, movilizaciones, trabajo a tristeza, volanteadas, pegatinas… implicaban que se tenía algo que decir… se denunciaba una injusticia y se proponían los caminos (que podían o no incluir la violencia) para salir de ella. Hoy el excluído sabe que no saldrá de esto. Que esto es así. Que no se modifica. Peor, que se acentúa. Que este modelo consiste precisamente en eso: en acentuar las condiciones que hicieron del excluído un excluído. Así las cosas, sólo queda el odio… si bien el odio es una categoría del enfrentamiento de clases, su virulencia, su espesor estuvo siempre pulido por la ratio ideológica. No se odiaba todo, no se proponía destruir todo ni la violencia se postulaba como absoluta -contra todos- y con el plus estremecedor de la crueldad.
El excluído -también- tiene una relación de abierto conflicto con el incluido. Todo incluido ocupa el lugar que el excluido no tiene. Todo incluido es culpable. La relación ya no es entre clases. Es más personal, más individual, más íntima. Es de uno a uno. Es una sociedad de incluidos y excluidos todos y cada uno de los incluidos son culpables por la exclusión de alguien. Todo incluido tiene su simétrico excluido. Ocupa un lugar del que otro ha sido privado. Un lugar que si no lo ocupara pertenecería a otro, que no lo tiene porque el incluido lo posee. Ergo, no hay incluido inocente. De aquí el odio… si lo que creció es la violencia es porque lo que creció es el odio. Antes, el huelguista, el militante, el guerrillero veían en el Otro una representación cuasi abstracta: la patronal, el imperialismo, el sistema. Hoy el excluido ve, descarnadamente, a un ser individual, singular y culpable, o a un cómplice, o a un indiferente. También a alguien que se permite gozar la vida en un tiempo de desdichas masivas. Entonces, rabiosamente, lo golpea sin piedad. O lo mata. ¿Sólo nos resta el miedo? ¿El miedo y el desencanto?
En cuanto a la violencia sólo apuntemos aquí que requiere -siempre- a Dios en cualquiera de sus formas. Siempre se mata desde un absoluto: la Razón, el Estado, la Patria, la Religión, la Raza, el Hombre Nuevo, el Ser Nacional, el Mercado. Siempre se mata desde Dios o desde alguno de sus rostros secularizados. ¿Habrá que sacar a Dios del medio para acabar con la violencia? Hay que matar la imperativa exigencia de absoluto y unicidad que Dios impregna en cada concepto que se desprende de él… si Dios es amor, si lo absoluto es amor, si lo absoluto postula una relación y no un centro autosuficiente, un centro que niegue la sustancialidad sagrada de toda alteridad, tal vez entonces lo absoluto incluya lo uno y lo otro en la modalidad del reconocimiento. Este absoluto -cuya expresión política es la democracia- evitaría la violencia. Evitaría la voluntad de dominación, el deseo de sometimiento y su resultante: la voluntad de muerte. Se trata de quitarle justificaciones, legalidades a la muerte.
(...) Reflexiones sobre la pena de muerte: toda muerte violenta -ya sea la que comete el Estado fascista, el liberal, el revolucionario, el comando guerrillero, la patota neonazi o la muerte absurda y gratuita de los asaltantes callejeros de fin de siglo- es una aplicación de una pena, una pena concreta y notoria: la pena de muerte. Es esta pena la que le discutimos al Estado su derecho de aplicar…
Entre 1976 y 1983 la Argentina vivió bajo la impiedad de un Estado criminal. Regía una pena de muerte silenciosa, cruel, no explicitada, sin tribunales ni jueces. Todos sabían sobre los horrores cotidianos. De una forma u otra, con mayor o menor conciencia. La mayoría confiaba sobrevivir al margen de un estado de cosas que había llegado demasiado lejos. Y la certeza de no poder incidir en los acontecimientos convalidaba la actitud medrosa, cobarde, mezquina de dar vuelta la cabeza. El miedo no puede legitimar ninguna ética y sólo conduce a aberraciones insostenibles.
La mayor aberración radicaba en el conocimiento y la aceptación de lo que ocurría. Nadie ignoraba que el Estado aplicaba a mansalva la pena de muerte. Pero (y ésta era una de las justificaciones más fuertes) la aplicaba contra quienes también la habían aplicado o contra quienes habían sido sus simpatizantes, contra los que habían tenido algo que ver, contra los que “algo habrían hecho”. Lo que tranquilizaba a los buenos argentinos era: “el Estado mata culpables”. O “ellos lo quisieron así”. O “mueren en la ley que eligieron”. La ley y la única forma política en que la ley puede expresarse (es decir, la democracia) estaban fuera de moda. Absolutamente fuera del espíritu de los tiempos.
El que acepta la pena de muerte busca siempre -porque sabe que la necesita- una justificación poderosa. Todas, en última instancia, consisten en indagar en el Estado un paralelo de la crueldad de los homicidas. Si antes, fuera de la democracia, se dijo: “Los subversivos mataron, es natural que sean muertos”, y se aceptó la muerte silenciosa, hoy, dentro de la democracia, se pide la muerte estridente, con jueces, tribunales y medios de comunicación. El motivo es el mismo: “Estamos asustados”. La propuesta es la misma: “Maten para tranquilizarnos”… al Otro, siempre, hay que matarlo… antes la excusa era el ataque a las instituciones por medio de la subversión. Hoy la excusa es la infinita desdicha de un hombre a quien le han arrebatado la vida de un hijo… pero el padre que pide la pena de muerte para el asesino de su hijo no pide justicia, pide venganza…
El asesinato del Estado es tan bestial como cualquier otro asesinato. Y tiene el pavoroso peligro de acostumbrar al Estado a matar… el crimen del Estado no tiene ni la atenuante de la pasión. No hay crimen más frío, más deliberado, más cruelmente racional que el del Estado… es de una lentitud infinitamente cruel… de una premeditación enfermiza… un Estado que mata es un Estado enfermo… la erradicación de la pena de muerte es uno de los objetivos esenciales para la construcción de un Estado democrático, que debe estar siempre al servicio del respeto por la vida (…)
Cuando se discute con los defensores de la pena de muerte se suele decir: “toda persona es recuperable” (…) uno no sabe si toda persona es recuperable, sólo sabe que todos, absolutamente todos, merecen la posibilidad de recuperarse. Es esta posibilidad la que la pena de muerte clausura (…) nadie es uno de los actos de su vida, por horrendo o santo que haya sido. Ningún acto nos define para siempre. Siempre estamos abiertos y proyectados hacia el futuro. Y en ese futuro se juega nuestra salvación o nuestra perdición. La pena de muerte niega la primera de las posibilidades.
Para llevar el tema al espacio ético y político argentino: yo no creo que Alfredo Astiz sea recuperable… pero no le negaría la posibilidad de la recuperación. Y menos aceptaría su muerte a manos dela Justicia del Estado democrático (porque) se incluiría en el mismo espacio moral que el siniestro capitán de la ESMA… si matar está mal, ¿porqué milagrosa razón podría matar el Estado, y con ello, lograr el bien?
(…) El papel del sacerdote en la pena de muerte es tan indigno como el del médico en la tortura. El médico dice: “todavía puede aguantar más”. O dice: “llegó al límite”. O dice: “está muerto”. El cura dice: “Su alma está limpia. Ahora está en manos de Dios”. Lo obsceno es la relación que se establece con los verdugos. Cuando el cura le dice a los verdugos: “Su alma está limpia”, les está diciendo: “Pueden matarlo”. Está aliviando el alma de los verdugos. Es tranquilizador matar a un hombre que ya reposa, protegido para siempre, en el corazón de lo sagrado. Los verdugos se dicen: “Está en manos de Dios. Podemos sacárnoslo de encima sin culpa alguna”.
(...) Reflexiones sobre la guerra: hay un fenómeno sobre el que aún no nos hemos vuelto críticamente. La guerra. En ella, la pena de muerte no solo está legalizada sino que la muerte es la condición de la victoria… una guerra la gana el que mata más enemigos… que el enemigo. Podríamos concluir que el triunfo –en toda guerra- radica en una exitosa y masiva aplicación de la pena de muerte.
(…) en los orígenes delos pueblos siempre suele haber un hecho de armas. Se plantea, entonces, que la patria ha surgido de la guerra y que siempre que la guerra retorna lo hace para consolidar la patria… se termina identificando a la guerra con la nación. No es otro el origen del fundamentalismo bélico nacionalista… y para los estados guerreros quien se opone a la guerra es siempre un traidor (…) los orígenes de una nación no sólo tienen que ver con las armas, sino también con el lenguaje, con la cultura, con la valentía espiritual de aquellos que buscaron un rostro diferenciado al que luego llamaron patria.
Clausewitz lanza una poderosa frase: la guerra es la continuación de la política por otros medios... Clausewitz se equivoca: la guerra es el fracaso de la política. Es la desaparición de la política. O por decirlo más claramente: que la guerra es la sustitución de la política por la barbarie, por el crimen, por la justificación de la inhumanidad… además, ¿qué significa “por otros medios”? Es fácil decir que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Pero es monstruosa y barbárica, la materialización de los otros medios. Los otros medios son vidas humanas sacrificadas. Y ver morir despedazado a un ser humano siempre será algo distinto a predicar la inexorabilidad o la belleza de la guerra desde la Universidad de Berlin (por Hegel).
En suma: la guerra coloca al militarismo, al armamentismo y a la barbarie criminal en el centro de los objetivos de todo país que incurre en ella. Los pueblos que desean la paz no deben prepararse para la guerra, deben prepararse para la paz (*). Que es menos gloriosa, menos wagneriana, que carece de timbales y trompetas, que no inspira grandes poemas épicos, pero tiene la simple y honda grandeza de respetar la sustancialidad de la vida.
(*) por Colmar von der Goltz en “La nación en armas”: “las naciones que desean la paz deben prepararse para la guerra”. El fundamentalismo bélico palpita en esa frase… reclama que se ponga a la guerra –y a los guerreros- en el centro de los objetivos nacionales.
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