viernes, 14 de junio de 2013

Será por eso que te quiero tanto, Buenos Aires I (2013)



"No nos une el amor sino el espanto, será por eso que la quiero tanto (Buenos Aires)". A pesar del jefe de gobierno Mauricio Macri, que nos hace todo más difícil a sus habitantes, BAires atrapa. Es para envidiar la cartelera cultural porteña en estos meses, una locura. Hay que agilizar la billetera normalmente durante los inviernos para no arrepentirse después por las ausencias. Y si no hay dinero en el bolsillo, gracias a su secretario de Cultura Hernán Lombardi -un político extraterrestre para estos tiempos- también es posible pasarla bien. Miren abajo una selección de lujo de lo disponible (solo a mi antojadizo gusto musical, soslayando, por ejemplo, la enorme variedad teatral). Aunque no lo uses todo, la seguridad de saber que lo que necesitás está ahí.

"La capital de un imperio que nunca existió", dijo André Malraux, como mirando por sobre su hombro. Buenos Aires tiene esas cosas: los porteños la puteamos casi todos los días (cuando vamos o venimos del trabajo, en cada embotellamiento o antidemocrático "piquete") y muchos hasta soñamos con 'irnos al campo' para escaparle, porque sobrevivir en esta jungla produce algunos daños colaterales. La verdad sea dicha, aunque sea un porteño orgulloso y suene contradictorio, me gustaría mudar de ciudad pero los míos tienen aquí su mundo y resulta lógico ceder, como en tantas otras cosas en la vida. ¿O a ustedes nunca les ha pasado?

Gente conocida del interior suele preguntarme como hacemos para vivir en este loquero. Nos ven por TV y piensan que aquí solo se puede andar armado. Cuesta convencerlos que todavía no es así y que tenemos una gimnasia de supervivencia debidamente aceitada. Después de todo, solo cinco asesinatos o muertes violentas por día no es tanto para doce millones de transeúntes (dicho mitad en serio y mitad en broma). Buenos Aires les provoca a ellos el mismo miedo que el infierno a los cristianos pero no se detienen hasta quemarse con su fuego y mueren por conquistarla. Todos están subyugados por BAires. No mientan, nos damos cuenta.

Más allá de sarcasmos, nuestra ciudad está muy violenta y el nivel de agresividad se palpa no solamente por esos hechos delictivos que caen como bombas entre nosotros, ejercitados en evitarlas. Lo vivís manejando un auto en sus avenidas esquivando motoqueros enloquecidos o arriba de un colectivo con choferes sobrehumanos, locos y mártires a la vez. Todos estamos hipersensibilizados, a la ofensiva. Cualquier chispa nos hace estallar los ánimos.

Pero cuando lográs bajar dos cambios, BAires te recompensa. Está hecha a la medida cultural de nuestras exigencias y, a veces, te hace creer que estás en el primer mundo. Si te apartás un tiempo, el regreso te parece el seno materno, tu origen, la normalidad que sabés que no es (porque es cualquier cosa menos normal). 

"Buenos Aires, alma de piedra" o "La ciudad de la furia" tiene sus encantos. Por eso es "Mi Buenos Aires querido" de nuestro Gardel. "Buenos Aires te mata" pero eso es lunfardo moderno: si le encontrás la vuelta te gratifica. Yo le saco fotos cuanto tengo tiempo. Horanosaurus.


AGENDA (caprichosa) DE 
CONCIERTOS PORTEÑOS 2013 













 





Ciudad del Rock abre sus puertas el sábado 28 de septiembre.

El domingo 29 de septiembre desde las 11.30 h actuará el tenor catalán José Carreras. Foto: Agenda Cultural.






 




                           



*Esperanza Spalding - Gran Rex 05/06/13.
*Brad Mehldau Trio - Gran Rex 13/06/13.
*Moonchild (John Zorn, John Medeski, Joey Baron, etc.) - Coliseo 14/06/13
*Les Luthiers "Chist" hasta el 16 de junio - Gran Rex.
*Pedro Aznar - Gran Rex 28/06/13.
*Fuerza Bruta hasta el 13 de junio - Centro Cultural Recoleta 
*Feria de Mataderos - De los Corrales y Ldro. de la Torre, cualquier domingo.
*Paulinho Mosca y Juana Molina gratis Plaza San Martín - 27/07/13.
*Herbie Hancock - Gran Rex 19 y 20/08/13.
*Festival Mundial de Tango BA - 13 al 27/08/13.
*Zubin Mehta & Filarmónica de Israel gratis en Puente Alsina - 21/08/13.
*Living Colour - Gran Rex 12/09/13.
*Screaming Headless Torsos - Vorterix 17/09/13.
*Caetano Veloso - Gran Rex 20 y 21/09/13.
*Rubén Blades  - Luna Park 21/09/13.
*Ed Motta - Niceto Club 26/09/13.
*Pablo Milanés - Gran Rex 28/09/13. 
*Festival reggae con Dread Mar I, The Wailers, Dancing Mood y otros - Gratis en Ciudad del Rock  28/09/13.
*Misa Criolla con José Carreras y Jaime Torres - Gratis en Ciudad del Rock 29/09/13.
*Al Dimeola - Teatro Opera 02/10/13. 
*Ron Carter Trío - Gran Rex 04/10/13.
*Personal Fest - GEBA 12 y 13/10/13. Con Aerosmith, Muse, Whitesnake, Jane´s Addiction, etc.
* Quilmes Rock - Ciudad del Rock 01 a 03/11/13. Con Blur, Café Tacuba, etc.
* Vorterix Reggae Fest - Costanera Norte 03/11/13. Alpha Blondy, The Skatalites, Los Cafres, etc. 
*Buenos Aires Funk & Soul Festival 2013 - Niceto Club 08/11/13. Con Willy Crook con Deborah Dixon, La Groovísima, etc. 
*Planeta Terra Festival - Tecnópolis 14/11/13. Con Beck, Travis, etc.
*Paco de Lucia - Gran Rex 15/11/13.
*Earth, Wind & Fire Experience - Gran Rex 21/11/13.
*Nana Moskouri - Gran Rex 22/11/13.
*Yousuf (Cat Stevens) - Tecnópolis 23/11/13.
*Adrian Belew - Teatro Opera 06/12/12.
*Steve Wonder - Estadio Vélez Sársfield 12/12/13.
*Steve Vai - Gran Rex 12 y 13/12/13. 
*Summer Break Fest - Costa Vicente López 14/12/13. Dave Matthews Band, Incubus, etc.


Según un estudio sobre salud y bienestar, no se irían por nada. Por Laura Rocha  | LA NACION - Domingo 01/09/13.

En general, los porteños duermen mal y poco. Están preocupados en estirar el sueldo para llegar a fin de mes y cuestiones como la inseguridad y los costos de la medicina prepaga no ayudan para calmar los nervios. Podría decirse, sin temor a equivocaciones, que los habitantes del área metropolitana viven estresados y con ansiedad; la mayoría se siente con sobrepeso, pero muy pocos practican actividad física de manera habitual. 

A pesar de todos esos males encuentran que Buenos Aires es el mejor lugar para vivir, porque están rodeados por la familia y los amigos. Así, al menos, lo demuestra un estudio sobre salud y bienestar que se realiza en todo el mundo desde 2010, y que por primera vez este año se hizo en la Argentina.

Aunque parezca contradictorio casi todos los encuestados evalúan de manera positiva su salud física y tal vez, eso explique por qué el 24 por ciento de los consultados respondió que no va "nunca" al médico. Eso sí, a la hora de elegir la ciudad en la que desean vivir valoran que haya hospitales, buenos servicios y escuelas. Buenos Aires, por lo tanto, cumple con los requisitos indispensables.

"De eso se trata la modernidad, hombres y mujeres somos de ciudad. No me sorprenden para nada los resultados del sondeo. En los últimos 30 años el hombre se encargó de construir las ciudades y cada día se desarrollan tecnologías más evolucionadas para poder disfrutarlas", indica Luis Costa, sociólogo al frente de la consultora Ipsos Mora y Araujo, que realizó la encuesta encargada por la empresa Philips para determinar el índice de salud y bienestar de la Argentina. "El hombre moderno convive en dos planos: el estrés que genera la ciudad, pero al tiempo siente que la forma de combatirlo está en la ciudad. La encuesta registra esa dualidad y ahí reside lo más atractivo del trabajo", agrega.

Si bien la encuesta se realizó para todo el país, el desagregado de la ciudad de Buenos Aires y el conurbano corrobora estos datos. Por caso, cuando a los encuestados se les preguntó si se sentían estresados, casi la mitad de los habitantes de la ciudad y el conurbano bonaerense (49%) respondió que padece ese flagelo. En tanto, en las ciudades de entre 10.000 y 50.000 habitantes el 68% dijo no estar "nada estresado".

Santiago Pezzatti, gerente de Asuntos Públicos & Sustentabilidad de Philips, indicó: "Viviendo en una zona menos poblada una persona va a tener menos estrés, o va a dormir mejor. Sin embargo, el acceso a la salud o a la educación fueron señalados como factores importantes a la hora de elegir las ciudades". 

El trabajo, sobre 1200 entrevistados, también indica que lo que más se ve afectado por la sensación de salud y bienestar que tienen los encuestados son cuestiones relativas a la familia y amigos. Casi 8 de cada 10 encuestados (76%) señalaron la cercanía de su familia y los amigos como principal indicador de bienestar; en segundo lugar quedó la salud física con el 65%. "Estos subíndices cambian según la coyuntura. Hoy para los encuestados la familia es lo más importante."

Costa agrega un dato: el índice de relaciones con la comunidad sumó el 46% de las respuestas a la hora de evaluar el bienestar. Y explica: "En las grandes ciudades uno se transforma en un ser anónimo. Por lo tanto, es natural que el tema de la familia y los amigos esté tan alto; allí es donde se produce el contacto cara a cara". 

La falta de sueño marcha a la cabeza de los puntos negativos. Mientras que el 25% de los argentinos dice no dormir lo suficiente, en la ciudad y el conurbano esa respuesta se escucha en el 30% de los encuestados. Las razones son variadas: contar con pocas horas (38%); preocupaciones de la vida diaria (31%); mis hijos me despiertan por las noches (14%). Sólo un 10% indica que es por ruidos externos. En contraposición, sólo el 15% de los encuestados de poblaciones rurales y semirrurales manifestó tener algún inconveniente a la hora de pegar un ojo. 

La salud física y el sobrepeso fueron otros ítems del trabajo. Apenas el 2 por ciento de los porteños respondió que su salud es mala, con problemas graves. El 28% cree que su salud es excelente; el 57%, buena y el 12%, normal. Respecto del sobrepeso, el 39 % de los porteños cree tener kilos de más. Según el promedio, deberían bajar unos 12,41 kilos. Este índice de percepción está un poco por debajo de la encuesta nutricional de la ciudad, que da cuenta que el 46,7% de los porteños padece obesidad. Según esas estadísticas, el 43,3% de los adultos no hace ninguna actividad física, el 81% de los adolescentes "picotea" entre comidas y uno de cada cuatro jóvenes no desayuna regularmente.

"Uno de los problemas más graves de lo que está ocurriendo hoy es la naturalización de la obesidad. Para las personas esos cuatro o cinco kilos de más ya no son un problema. Lamentablemente, la obesidad está desparramada en todas las clases sociales y en el país. En las grandes ciudades se eliminó por completo el barrio. Nadie juega en la calle, ni anda en patines, o juega al fútbol", explica Cecilia Garau, nutricionista del hospital Pirovano, de la Clínica de Cormillot y panelista del programa Metro y Medio.

"Lo que se suma ahora es un nuevo problema, que vemos a obesos desnutridos", agrega la especialista. Garau se refiere al exceso de ingestión de hidratos de carbono de las clases más bajas y al exceso o mala alimentación de las personas con mayor poder adquisitivo.

"Una de las acciones más importantes, como está sucediendo en los Estados Unidos, es la de educar y dar opciones saludables de alimentación. Los quioscos saludables en las escuelas son una buena medida, pero hay que ofrecer los alimentos lo suficientemente atractivos como para que los chicos los elijan cuando tienen varias opciones", indica.

Sobre la actividad física la nutricionista destaca que es eficiente cuando se combina con la alimentación: "La actividad física mejora el metabolismo, pero no adelgaza. Para bajar de peso hay que comer menos o mejorar la calidad de alimento".

En la ciudad y el área metropolitana el 11% de la población realiza actividad física todos o casi todos los días, mientras que el 52 % practica ejercicios una vez al mes. El otro 48 por ciento no realiza actividad o lo hace menos frecuentemente.

Las ventajas comparativas
Algunas de las razones que hacen querer a Buenos Aires
* 60% - Hospitales locales y seguridad: es el porcentaje de encuestados que cree que son "muy importantes" a la hora de elegir vivir en una gran ciudad. 
* Recolección de residuos: es "muy importante" para el 53% de los encuestados. 
* 89% - Escuelas: casi 9 de cada 10 personas señalaron que el acceso escolar era "muy importante" o "bastante importante". 
* Posibilidad de trabajo: fue señalada por el 59% de los entrevistados como "muy importante" y considerada "bastante importante" por el 31 por ciento.

Bonus track: las porteñas, ¿las más lindas del mundo?

Ante el remanido slogan que insiste en asignar a nuestra ciudad como sede de las más bellas mujeres del mundo, con la desconfianza que me caracteriza me permito sugerirles una pequeña prueba para derrumbar el mito.  Una vez al dia durante una semana (o un mes si quieren) hagan un recuento de diez mujeres seleccionadas en nuestras calles en forma aleatoria pero consecutiva y piensen de esas diez por cuantas dejarían a su pareja actual y largarían todo al carajo. Saquen el porcentaje de aprobadas y anoten. Repitan y repitan el módulo las veces al día que quieran y los días que quieran: llegará un momento que el porcentaje será casi inamovible si son objetivos con la premisa. Ahí se van a dar cuenta que Buenos Aires, lamentablemente, está lleno de 'bagayos' reprobados. Si tengo que votar -en el orden interno- Rosario nos gana caminando la estadística en bellezas.

A pesar que ni siquiera sabemos las minas que deambulan por Groenlandia o Turquía para comparar, como tantas otras veces la mentira se impone.  Lamento derribar ese vanidoso mito porteño con tanta facilidad y no obtener un premio por ello. Horanosaurus. 

Las porteñas, ¿las más lindas del mundo?

El tango, el mate… y las mujeres. Si algo caracteriza a nuestro país es la hermosura de sus ejemplares del sexo femenino. ¿O no es tan así? Un sitio de turismo realizó una encuesta y eligió a las 10 ciudades con las damas más bellas del mundo: ¿en qué lugar quedan las porteñas? ¿Se cae un mito? En esta nota, se devela el misterio. 

http://www.entremujeres.com/belleza/argentinas-portenas-lindas-mundo-mapa-ciudades_0_742725805.html


Por Rolando Hanglin |  Para LA NACION 14/10/14. 

Suele decirse que la mujer argentina es la más bella del mundo. Pero: ¿Quién lo dice? ¿Quién ha recorrido todo el globo, comparando mujeres de 40 o niñas de 15, y con qué criterio estético? A mi juicio, es la típica afirmación caprichosa de personas que -como toda formación estética- suman algunos vistazos a la revistas de famosos. Sin embargo, algo hay: las porteñas, las rosarinas, las cordobesas, se destacan porque quieren gustar. En un alto porcentaje se depilan, se tiñen el pelo, se operan los pechos para mejorar sus formas, practican yoga o stretching. O sea: el valor imperante es la coquetería (....) En la figura de la mujer argentina pueden distinguirse tres épocas: la del Primer Centenario, que tan bien describió el señor Calzadilla; la de transición hacia la modernidad, que inaugura Malena Nelson de Blaquier y luego varias generaciones de belleza, hasta Chunchuna Villafañe, Sol Acuña, Delfina Frers o Mora Furtado. Y por último la chica actual, caracterizada por el 90-60-90 y la mezcla de razas inmigratorias. Allí tenemos a Ingrid Grudke, Karina Jelinek, Juana Viale, la "China" Suárez o Carolina Ardohain. Tras este repaso nos atrevemos a una tesis maldita: la Argentina no tiene la exclusividad del crisol de razas ya que países como Francia, Italia, Inglaterra, con mayor tradición en moda y belleza, hoy están cuajados de africanos, árabes y asiáticos. No. La chica de Rosario, Buenos Aires y Córdoba desea gustar desesperadamente, para que venga un príncipe azul (futbolista, empresario o cantante) a llevarla de regreso a su mundo. Europa. De donde nunca debieron salir sus abuelos. Se siente presa en una provincia aburrida y espera a su salvador.

(*) "Buenos Aires" - Intérprete: Pedro Aznar - Album: "Caja de música" (2000) en vivo, Teatro Colón, Bs. As. Poemas de Jorge Luis Borges musicalizados por Pedro Aznar.

Y la ciudad, ahora, es como un plano
de mis humillaciones y fracasos;
desde esa puerta he visto los ocasos
 y ante ese mármol he aguardado en vano.
Aquí el incierto ayer y el hoy distinto
me han deparado los comunes casos
de toda suerte humana; aquí mis pasos
urden su incalculable laberinto.
Aquí la tarde cenicienta espera
el fruto que le debe la mañana;
aquí mi sombra en la no menos vana
sombra final se perderá, ligera.

No nos une el amor sino el espanto;

miércoles, 5 de junio de 2013

Eduardo Sacheri 2: el cuadro de Raulito




Homenaje de la comisión directiva del Club Atlético Huracán-presidencia Nadur y del público quemero al escritor Eduardo Sacheri en el Palacio Tomás A. Ducó, el 16 de noviembre de 2012. El estadio fue elegido para filmar secuencias de la famosa película "El secreto de sus ojos" con guión de Juan José Campanella y el mismo Sacheri, basado en su novela  "La pregunta de sus ojos".


No gestioné aún permiso para reproducir este relato y entiendo que la simple compra de un ejemplar del libro "Esperándolo a Tito" del escritor argentino Eduardo Sacheri, fiel hincha de Independiente de Avellaneda (ver abajo Eduardo Sacheri 1: el descenso rojo tan temido), no me otorga mayores derechos. El capítulo en cuestión se llama "El cuadro de Raulito". Sirva como atenuante que este blog no persigue fines comerciales aunque  por pudor nunca podría asegurarle a la editorial que su difusión parcial aquí aumente su venta en forma exponencial. Alegaría también en mi defensa que dicho escritor vulneró mis sentimientos más íntimos al describir maravillosamente lo que puede sentir un padre cuando descubre que sus hijos aceptan sus ideas más firmes por propia convicción, sin presiones odiosas.


Quien tropezó con este blog habrá advertido mi pasión por Huracán, el futbolero más porteño, humilde y auténtico. Para este relato, Sacheri quiso elegirlo también. En cuanto a su esencia y su relación conmigo, el misterioso circulo lo cerrarán mis hijos Laura y Nahuel dentro de unos años. Actualmente -oh casualidad- simpatizan con River Plate (existen cosas mucho peores!). Pero, sinceramente, albergo grandes esperanzas sobre una justa resolución  del problema que se plantea. Horanosaurus. 



PD: de la existencia de este emotivo cuento me avisó un entrañable hincha de San Lorenzo conocido por los íntimos como "Coti" o "Crosti", cuyas aventuras literarias pueden disfrutarse en el blog "Un ladrillo de 5 lados... una vida homenajeando al 5 pa'l peso...")



                                        


"El decidió, de entrada nomás, dejarlo en libertad. Tenía la idea de que los amores no se imponen, ni siquiera se eligen. Pensaba que en todo caso eran los amores los que optan, los que se le imponen a uno. Por eso, con cierta prescindencia fatalista pensó que si tenía que ser, sería, y que si no, era inútil gastar pólvora en chimangos.No le fue fácil, sin embargo. Sobre todo cuando en sus narices otros rivales se lanzaron a tratar de convencerlo. Le costó sobreponerse, y aceptar sonriendo a tíos y primos y cuñados y amigos y vecinos tentándolo al Raulito, ofreciéndole camisetas y pelotas y gorritos, a cambio de promesas de fidelidad a sus propios cuadros. Tampoco dijo nada cuando sorprendió a más de uno de esos buitres futboleros enseñándole al chico los canutos de la cancha, instruyéndolo subrepticiamente en las rivalidades históricas, ensalzando las hipotéticas virtudes de los unos, y vilipendiando las supuestas taras infames de los otros.

El los dejó. Un poco por esa resignación que era tan suya. Y otro poco porque a veces, en sus días tristes, sospechaba que tal vez fuese mejor así, que la cadena de afectos inexplicables se cortase con él, sin involucrar a su hijo. Que tal vez el chico terminase siendo más feliz siendo hincha de algún grande, saliendo campeón de vez en cuando, viendo la cancha llena, comprando El Gráfico con su ídolo en la tapa. Si al fin y al cabo él venía sufriendo hacía... ¿cuánto? Más de veinte años desde aquel campeonato. Y después la debacle. Hasta el descenso había tenido que sufrir, hasta el descenso. Y a la vuelta, la desilusión grande del 94. Justo en la última fecha, será de Dios, en la última fecha. Si faltaba tan poquito, un empate y listo. Pero ni siquiera. Por eso, seguramente, aceptó con entereza que Raulito, desde los nueve, más o menos, empezase a decir que era de River, «como el tío Hugo»; aunque en el fondo más recóndito de su ser, él sintiese sinceros deseos de pasar al «tío Hugo», lenta, dulcemente, por la picadora de carne y la máquina de hacer chorizos. Es que, a solas consigo mismo, en el resto de los días, sabía que era todo grupo. Que le hubiese encantado que Raulito saliese de los suyos. Que ahora que ya tenía trece, ahora que era todo un hombrecito, habría sido lindo ir juntos a la cancha. A la tarde, tempranito, en el tren y el 118, hablando de bueyes perdidos, mirando el partido de tercera acodados en el escalón de arriba, dejando pasar la vida. Pero igual no cambiaba de idea. No señor. Que si tenía que ser que fuese, y si no, no. Igual, y por si acaso, cultivó su propia planta de leyendas mentirosas, como para mantener viva su persistente esperanza. Y aunque le daba un poco de vergüenza comparar al equipo del 73 con la Selección del 86, igual seguía adelante, envalentonado en su propia pirotecnia falaz, enternecido en la admiración dibujada en los ojos del Raulito.

Esa tarde, la inolvidable, la definitiva, empezó como todas, con el mate y la radio en la mesita de hierro del patio. El padre decidió prevenirlo de entrada:

–Mira, Raulito, que hoy juegan contra nosotros. El hijo lo miró con curiosidad.
–¿Y qué problema hay, pa?
El padre, feliz en la sencillez del chico, terminó sonriendo:
–Tenés razón, Raulito, ¿qué problema hay?
A los veinte minutos penal para River. El chico lo miró al padre, como dudando. El lo tranquilizó, a pesar de sí mismo:
–Gritálo tranquilo, Raulito. Eso sí: si después hay un gol nuestro, no te enojés si yo lo grito.
–No, papá, si no me enojo –le aclaró, muy serio. Después gritó el gol, pero no mucho. Fue un grito breve, un poco tímido. El padre lo palmeó.
–No seas tonto, Raúl, gritálo todo lo que quieras.
–Así está bien, pa –fue toda su respuesta. Al rato vino el dos a cero. Ahí el chico lo miró primero, y después dio un par de aplausos, y eso fue todo.
–Che, ¿qué clase de hincha sos vos? ¿Así te enseñó tu tío Hugo a gritar los goles?
–No pa, él los grita como loco. Como vos, los grita.
–Y entonces gritá tranquilo, hijo. –Y después añadió, con un guiño:– Ojo que en el segundo tiempo capaz que grito yo, ¿eh?

Se sentía en paz, dueño de una felicidad sencilla y robusta. Casi ni se acordaba de que iban perdiendo. Empezaba a pensar que tal vez no fuese tan terrible que su hijo fuese de River. A lo mejor iban a poder ir a la cancha igual, turnándose un domingo cada uno, si el fixture ayudaba. El segundo tiempo siguió por el trillado sendero de la tragedia. Un contraataque y tres a cero. El pibe ni siquiera hizo un gesto cuando el relator vociferó la novedad a voz en cuello.

–Che, Raulito, ¿estás dormido, vos? –El padre lo palmeó con afecto.
–No, papi. –Zarandeaba las piernas cruzadas debajo del asiento, y tenía los dedos cruzados en el regazo, como cuando pensaba en cosas complicadas. Luego aventuró:– No sé, me da un poco de lástima. El padre se rió con ganas.
–Dejáte de jorobar, Raúl, y disfrutálo. Total, un partido más, uno menos... Aparte, cuidado, pibe –bromeó–, mirá que a lo mejor todavía se lo empatamos.

Para colmo, y como dándole la razón, al ratito vino el tres a uno. El padre lanzó un gritito contenido, tenso, como el que habrían dado los jugadores, saludándose apenas entre ellos, disputándole la pelota a un arquero con ganas de enfriar la cosa, corriendo hacia el medio campo para ganar tiempo. El hijo lo miró sin tristeza. Cuando sus ojos se cruzaron, ambos sonrieron.

–Te dije, pibe, ojo con nosotros. Mirá que somos bravos.

Por lo que decían en la radio, el partido se estaba poniendo bueno.
–Escuchá, Raulito, escuchá: los tenemos en un arco.

Pero el aviso era inútil. El chico seguía el relato concentrado, serio. Acompañaba las jugadas trascendentes con patadas en el aire, como jugando él también su parte del asunto. El padre sonrió. Cómo son los pibes. Se posesionan de tal modo que se sienten ellos mismos protagonistas del partido. En realidad, no sólo los pibes: un par de semanas atrás él mismo había hecho trizas el termo en un esfuerzo supremo por despejar al córner un disparo bajo que iba a sobrar fatalmente al arquero.

A los treinta, más o menos, tiro de esquina sobre el área de River. El chico seguía enchufadísimo. Hasta balanceaba ligeramente el cuerpo de un lado a otro, como todo buen cabeceador, esperando el momento de correr un par de metros y madrugar al marcador y pegar el salto y conectar el frentazo. Pero había algo que al padre no le cerraba, algo en el modo en que estaba parado, algo en la expresión de sus ojos negros.

El corazón le dio un vuelco cuando comprendió: el pibe se estaba perfilando de atacante, no de zaguero. El movimiento era para zafarse de algún marcador pegajoso, los ojos tenían el fuego de vení bola vení que te mando a guardar. El brazo derecho se alzaba en el gesto que se le hace al siete de ponéla acá, justito acá por lo que más quieras.

El relato se suspendió en una nota aguda, una de esas notas que se alargan, que perduran en el aire, mientras el relator decide si tiene que gritar o decir que pasó cerca. Igual no hizo falta, porque la hinchada, detrás de ese arco, lo gritó primero, y el relator en todo caso se encaramó después a ese alarido. El padre lo gritó con ganas, entusiasmado. Tres a uno es una cosa. Pero tres a dos es otra bien distinta, y entonces...

Tuvo que interrumpirse de golpe en sus divagaciones. Porque a sus pies, al costado de la mesita, de rodillas, de cara al cielo, gritando como si lo estuviesen desollando, con los brazos extendidos y las palmas abiertas, mezclando los chillidos de su voz de nene y los ronquidos incipientes de su madurez en ciernes, estaba el pibe, el pibe ya sin vueltas, ya sin chance alguna de retorno, ya inoculado para siempre con el veneno dulce del amor perpetuo, ya ajeno para siempre a cualquier otra camiseta, más allá de cualquier dolor y de todas las glorias, dando al cielo el primer alarido franco de su vida.

El padre se lo quedó mirando, impávido, hasta que el pibe se quedó sin voz y volvió a sentarse. Tuvo miedo de pronunciar palabra, como si cualquier cosa que dijese conllevara el riesgo de destruir ese hechizo de epopeya. El pibe, igual, no lo miraba. Estaba ciego a cualquier cosa que no fuese esa cancha, ese arco de sus desdichas, ese reloj fugaz y traicionero, ese relato interminable de centros llovidos al área y despejes agónicos. Sobre todo eso el padre pensó después, porque en ese momento, agobiado en la constatación de su pequeño milagro íntimo, apenas le quedaba tiempo de mirarlo al pibe, de comérselo con los ojos, de grabárselo para siempre en el recoveco más recóndito de su alma.

En eso estaba cuando, ya en el descuento, River jugó mal al off–side y el nueve se escapó con pelota dominada. El relato radial se trepó de nuevo a uno de esos agudos oraculares. El pibe se puso de pie, incapaz ya de tolerar la tensión de la jugada. Con el rugido de la hinchada de fondo, padre e hijo contuvieron el aliento, con el alma pendiendo de ese nueve que entraba al área a liquidar el pleito, que punteaba la pelota por encima del arquero, buscando el segundo palo. El relato se cortó de pronto, y cuando continuó ya lo hizo en un tono menor, para explicar lo inexplicable: la pelota besando el travesaño y yendo a morir al techo de la red, ya inútil, ya sin sentido, ya con el arbitro pitando el final.

El padre se volvió a mirarlo. El chico estaba rojo de la bronca, con los ojos muy abiertos de tan incrédulos, con los puños apretados de impotencia. Pensó primero en decir algo, como para tratar de mitigar ese dolor en carne viva. Pero lo disuadió la certeza de que era mejor así, porque así eran siempre las cosas, y las cosas no podían estar mal, si así eran siempre. Los labios del chico se torcieron en una mueca, y por fin se lanzó en un llanto desbocado. Ya era grande. Lo suficiente como para querer llorar a solas. Por eso se levantó de pronto y corrió hasta su pieza. El padre escuchó el portazo, y no necesitó verlo para saberlo derrumbado sobre su cama, confuso, dolido, ignorante de qué debe hacer uno con el dolor y con la rabia.

El padre lo supo llorando a mares, y se regocijó en esas lágrimas. Porque uno puede decir que es de muchos cuadros. Uno puede cambiar de idea varias veces. Sobre todo si abundan los tíos y los primos grandes, dispuestos a comprar con pelotas y camisetas la fidelidad de un corazón novato. Pero una vez que uno llora por un cuadro, la cosa está terminada. Ya no hay vuelta. No hay caso. De la alegría se puede volver, tal vez. Pero no de las lágrimas. Porque cuando uno sufre por su Cuadro, tiene un agujero inentendible en las entrañas. Y no se lo llena nada. O mejor dicho, sólo se le llena con una cosa: con ganar el domingo que viene. De manera que asunto concluido. La suerte está echada. Nosotros acá, el resto enfrente. Algunos más amigos, otros menos. Pero de este lado nosotros, los de acá, los que no tenemos en común, tal vez, victoria alguna, pero que compartimos las lágrimas de un montón de derrotas.

Cuando su mujer salió al patio, extrañada de que su marido siguiese al sereno en el atardecer frío del otoño, lo encontró llorando a él también, pero unas lágrimas gordas, densas, de esas que abren surcos pegajosos en su camino, de esas que uno llora cuando está demasiado feliz como para sencillamente reírse.

–¿Se puede saber qué les pasa? –preguntó la mujer, confundida. El la miró, sin preocuparse siquiera de ocultar sus lágrimas–: Hace rato que el Raulito entró a su pieza y dio un portazo, y me dice que no quiere que entre, y se lo escucha llorar y llorar como loco. Y ahora salgo y te veo a vos también moqueando. ¿Me querés explicar qué cuernos pasa? El hombre la consideró con benevolencia. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Intentar explicarle? ¿Cómo? Se conformó con mirarla, mientras seguía sintiendo el fluir del tiempo en el gotero de cristal de ese momento indestructible.

–Seguro que le ganaron a River y vos lo cachaste al chico, ¿no? Seguro que te la agarraste con el nene, ¿no? –Ella lo miraba con gesto de severo reproche.–Semejante grandulón, ¿no te da vergüenza?
–No, Graciela, no le hice nada. Si River ganó tres a dos. Al chico no le dije nada, te juro –respondió con calma, desde la cima de su paz reconquistada.
–Pero entonces no entiendo nada. ¿Me decís que ganó River, y el nene está llorando como loco encerrado en la pieza?
–Sí, Graciela. Ganó River. Pero el pibe no es de River, Graciela. –Y se sintió reconciliado con la vida, eufórico, agradecido, emocionado; dueño legítimo y absoluto de las palabras que iba a pronunciar. 

Después se incorporó, porque cosas así se dicen de parado:– Lo que pasa es que el Raulito es de Huracán, Graciela. ¡De Huracán!"

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domingo, 2 de junio de 2013

Eduardo Sacheri 1: el descenso (rojo) tan temido


Solamente un argentino apasionado-delirante del fútbol y un ser sensible puede comprender y expresar de esta manera el dolor que siente un fanático por el descenso de su equipo. Intelectuales, iluministas, cerebrales, ignorantes y caretas, abstenerse. En esta cuestión, quedan ridículamente afuera. Hay que saber demasiado de fútbol y de pasiones para escribir esto. Y Uds. nunca podrán comprender tantas verdades juntas. Lo lamento. Horanosaurus.

¿Ahora nos tocará a los "rojos" saber perder?


Una idea insoportable. Así sentía la posibilidad de una derrota el autor, cuya novela más conocida fue la base para la película “El secreto de sus ojos”. Hincha fiel de Independiente, hoy se pregunta sobre el dolor y la nobleza que son necesarios cuando se lleva la camiseta. Clarín Sábado 27.04.13. Por Eduardo Sacheri, escritor. Entre sus libros destacan "La pregunta de sus ojos" y “Esperándolo a Tito".

Bebé diablo. De Independiente antes de saber hablar. Esa es la pasión que le transmitió Eduardo Sacheri a su hijo. Hoy, ante la posibilidad del descenso, ambos reflexionan sobre la “grandeza” de los clubes grandes -- ¿Pura casualidad? El padre, escéptico, mira a cámara. El hijo, aún optimista, a la luz.

"Saber perder. Ese es el título de una hermosa novela del español David Trueba que publicó Anagrama. Pero son también dos palabras esenciales de uno de los muchos refranes que me enseñó mi abuelita Nelly. “Hay que saber perder: que ganar, cualquiera sabe”. A los seis, a los ocho años, yo era un tanto colérico en mis reacciones (espero haberme moderado con el tiempo). Y mi abuela trataba de enseñarme a domesticar la angustia y la frustración que me producía el hecho de perder.

Yo entendía sus argumentos, pero puesto en la situación de la derrota, me costaba mucho comportarme. La rabia, la desilusión, la imposibilidad de aceptar el fracaso, se me subían a los ojos en lágrimas furiosas, o en silencios hoscos de puños apretados. Para el caso, daba lo mismo la materia de la derrota. Podía ser un partido de fútbol en la vereda, una lucha cuerpo a cuerpo con mi hermano mayor o una escoba del quince. Pero perder me resultaba insoportable.

Y ahí estaba mi abuela, con su santa paciencia, domesticando mi apasionada e inútil rebeldía. Con los años me fui calmando. ¿Habrá sido porque maduré o porque, a medida que transcurre la vida, las derrotas son tantas que uno termina por acostumbrarse?

Los que somos hinchas –muy hinchas– de un equipo de fútbol tenemos, en ese amor, una involuntaria y perpetua escuela para aprender a perder. Es verdad que no todos los clubes pierden con idéntica frecuencia. Pero a todos les ha ocurrido esto de atravesar épocas tenebrosas. Algunos antes, otros después, todos los hinchas atraviesan por períodos en los que las derrotas no solo abundan, sino que se repiten hasta el hartazgo. Como le sucede, en estos últimos años, a mi querido Club Atlético Independiente.

El del fútbol es un dolor profundo pero culposo. Me duele lo que sucede a mi club de fútbol, pero me da mucha culpa que me duela tanto. Porque en el mundo ocurren, todos los días, tragedias descomunales. Guerras, hambrunas, atentados, desastres naturales, injusticias y violencias de todo tipo. Y millones de prójimos sufren en consecuencia. Y yo, tan campante, me permito sufrir por un equipo de fútbol. Bien mirado –o mal mirado– da vergüenza. Pero no lo puedo evitar. Y como no lo puedo evitar, la vergüenza es todavía mayor.

Claro que, mientras uno le formula esas objeciones morales al dolor, las derrotas se siguen encadenando, y la posibilidad del descenso al Nacional B se vuelve una alternativa concreta, tal vez inminente. Y la angustia crece, por supuesto. En la Argentina los hinchas tendemos a identificar el descenso con una afrenta a nuestra virilidad. Sobre todo si somos hinchas de un equipo de los llamados “grandes”. En el caso de Independiente, además, hay una decepción adicional.

Luego de algunas décadas de logros espléndidos (sobre todo la de 1970), nos hemos ido hundiendo en una medianía y una intrascendencia crecientes. Los hinchas oscilamos entre el despecho, la nostalgia, una ingenua rebeldía. Y los años han ido pasando, y las administraciones fraudulentas que se apoderaron del club también. Y una institución que supo ser modelo de honestidad y coherencia padece, décadas después, el azote del endeudamiento atroz, el desmantelamiento de sus divisiones inferiores, la alegría a medias de un estadio nuevo pero sin terminar. La actual dirigencia del club se hizo cargo a fines de 2011, con el club en llamas. Y aunque me parece necio achacarle la responsabilidad del incendio al pobre pelotón de bomberos que intenta, lo mejor que puede, contener el desastre, creo que mi opinión es minoritaria.

En la sucesión de derrotas, en el riesgo inminente de descenso, muchos hinchas se la agarran con el que tienen más a mano. Es que el fútbol y la paciencia hace mucho que parecen enemigos.

Y yo, mientras tanto, con toda la tristeza que me provoca este presente de mi equipo, con todo el pudor que me genera, a la vez, sentir esa tristeza, aprendo. Como me sugería mi abuelita. Es una verdad de Perogrullo (pero verdad, al fin y al cabo) que uno aprende de sus derrotas, y no de sus victorias. Los triunfos no nos exigen otra cosa que abandonarnos a la alegría. Y eso hacemos. Son las derrotas las que nos interpelan para encontrar los porqués. En el fútbol, y en esferas de la vida mucho más importantes que el fútbol.

¿O acaso, cuando alguien se enamora de nosotros, perdemos el tiempo preguntándonos por qué se han enamorado? No. Nada de eso. Con la autoestima por las nubes, disfrutamos nuestra victoria. Las preguntas aparecerán después, si alguien deja de amarnos. Entonces sí. Entonces sí dedicaremos las horas o los años a interrogarnos acerca de los motivos.

En estos meses en los que Independiente se hunde en la peor temporada de su historia, también estoy aprendiendo sobre la catadura moral de algunas de las personas que me rodean. Me enternece, más allá del pudor que me provoca, toda la gente que se preocupa por mi salud física y mi estabilidad emocional. Los que le preguntan a mi mujer (con esos cuidados que uno le dedica a los convalecientes)

“¿Y Eduardo cómo está?”. Aunque me dé mucha vergüenza pensar en que me estoy portando como un chiquilín, entristeciéndome por un club de fútbol, es grato saber que quienes nos quieren bien están atentos a lo que nos importa. Y también, aunque me pese, la profunda desilusión que me provocan otros, que disfrutan tanto la desgracia ajena que no pueden ocultar, en el brillo de los ojos, en la petulancia del comentario, que están felicísimos con lo que le sucede a mi equipo, y que han estado años preparándose para esto.

Sinceridad brutal y mezquina, pero siempre bienvenida. Si mi abuelita viviese, me encantaría charlar sobre esto. Enmendar en parte su refrán, en esa parte de “ganar, cualquiera sabe”. No es cierto.

Así como hay malos perdedores hay pésimos ganadores. En el fútbol y fuera del fútbol. Gente desbordada de resentimiento, incapaz de ver lo que hay de sí en los otros. Pero mejor regresar al asunto.

A lo largo de toda esta temporada, que se inició en agosto de 2012, vengo reflexionando sobre lo que le sucede a Independiente. Por fortuna no lo hago a solas. Tengo la fortuna enorme de poder hacerlo con mi hijo, que con toda su adolescencia a cuestas, y el mismo amor por el club, me convoca una y otra vez a que charlemos, a que polemicemos, a que entendamos. Y vamos y venimos en nuestros debates. Un día discutimos sobre en qué consiste la tan mentada “grandeza” de los clubes grandes. Otro, sobre si el presidente Javier Cantero estuvo bien o estuvo mal en enfrentar a los criminales de la barra brava. Otro acerca de tal o cual jugador: si sabe, si no sabe, si se esmera, si se deja estar, si le importa lo que está pasando. Otro, haciendo malabares matemáticos para saber cuántas chances nos quedan para mantenernos en Primera.

Los dos amamos profundamente al club, pero tenemos actitudes distintas. No sé si son producto de nuestro temperamento o de la historia que nos ha tocado a cada cual. Yo pertenezco (y no me enorgullezco de esa pertenencia) al bando de los pesimistas. Es usual que la desconfianza y el temor tiñan mi modo de mirar el futuro. Y mi hijo es todo lo contrario: enarbola un optimismo sin fisuras.

Comenzó la temporada, como siempre, suponiéndonos campeones. A medida que el horizonte se fue oscureciendo moderó parcialmente esas convicciones. Pero solo a medias. Sigue convencido de que Independiente tiene grandes posibilidades de permanecer en Primera División. Y yo, como padre, dudo. No sé si dejarlo en paz con su optimismo o intentar precaverlo de lo que puede ocurrir. Algunos días pienso que mejor lo dejo confiar. Si las cosas terminan mal, por lo menos se habrá ahorrado unos cuantos meses de tristeza. Otras veces me digo que es mejor hacerle ver los riesgos, para que la potencial desilusión no sea tan abrupta, y que la mala noticia no le cale tan hondo.

De todos modos, mientras hablamos, mientras vamos a cada partido que juega Independiente en Avellaneda, aprendemos. No sé si aprendemos a perder, como quería mi abuela y su bisabuela. Quiero creer que sí.

A nuestro alrededor, en la cancha, se multiplican actitudes diversas. Están los que cantan y alientan durante todo el partido, indiferentes al resultado y a las chambonadas de los jugadores. Están los que callan, reconcentrados, y sufren en silencio. Están los iracundos, que al primer contratiempo empiezan a insultar, rojos de ira, a jugadores, cuerpo técnico, dirigentes, númenes protectores y constelaciones astronómicas. Y están los que viran de rato en rato, de una actitud a la otra, con los vaivenes del partido o de sus tripas. Dónde radica la grandeza, nos preguntamos con mi hijo, cada vez que volvemos de Avellaneda cabizbajos, con la canasta llena. Cuando los jugadores no consiguen hilvanar tres pases seguidos a un compañero. Cuando equipos que siempre se consideraron “chicos” nos derrotan sin demasiado esfuerzo. Pero seguimos aprendiendo, como quería mi abuela. No tanto por las respuestas, sino por la mera reiteración de las preguntas.

¿Por qué nos duele? ¿Qué es lo que nos entristece? ¿Qué representa, en nuestra vida, a fin de cuentas, el Club Atlético Independiente? ¿Por qué nos conmueve esa camiseta? Y por detrás de las preguntas, la enorme paradoja: millones de personas, hinchas de un club, pendientes de lo que hagan en la cancha once muchachos que no necesariamente son hinchas de ese club. Por supuesto, son profesionales. Trabajan de eso. Hoy juegan aquí y mañana en otro lado. Hoy tienen puesta mi camiseta, y mañana, si te he visto, no me acuerdo.

En el fútbol profesional los únicos amateurs somos los hinchas, y algunos dirigentes honestos. Y ahí, en medio del negocio, la camiseta. Roja para mi hijo y para mí. Pero de tantos colores como clubes hay en nuestro fútbol.

¿Vale la pena sufrir por algo así? Depende. Nosotros no jugamos, aunque sí nos puede tocar perder.

No está en nuestras manos decidir el qué. Pero sí es asunto nuestro definir el cómo. Ni la dignidad, ni la nobleza, ni la tolerancia, ni la fidelidad, ni la entereza, se ejercen en abstracto. Y si el amor por un club de fútbol nos permite plasmar esos valores y edificar esas virtudes, bienvenido sea. Me parece que los símbolos no valen tanto por lo que son, sino por lo que nos permiten ser".

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