domingo, 15 de marzo de 2026

Mileísmo: reforma laboral antiobrera


Antes de recorrer este artículo le pediría al lector (con mucho pudor) un ejercicio introspectivo: que se defina a si mismo -con honestidad brutal- a favor o en contra de los trabajadores. No dije sindicalistas, dije trabajadores. ¿Te simpatizan? ¿Los detestás? ¿Te dan cosa? Luego, que recuerdes ese voto para analizar tus propias reacciones de aquí en más. Es útil reconocer como nos autopercibimos porque sinceramos nuestras posturas políticas.

Recordar de donde parte nuestra visión ayuda a superar los prejuicios que todos solemos tener. Si bien no todas las viejas elucubraciones de Arturo Jauretche se mantuvieron vigentes en el tiempo, conserva su validez la distorsión que produce en las personas transfuguismos sociales de “tilingos” y “mediopelos”. Eso de aspirar a lo que uno no es por naturaleza adoptando la visión de quienes no somos en la realidad. Un defecto muy usual en nuestra sociedad.

Si sos trabajador con conciencia de clase la elección propuesta no debería causarte controversias. En cambio, no se si la pregunta le causará dudas a la caterva de empleados alcahuetes que tanto  abundan. Esos que se esconden cuando hay que reclamar por lo que les corresponde y gustan de congratularse con los jefes. No se les puede exigir ubicuidad. No son sanos de alma. 

Quienes por ejercer una profesión liberal responden a empresarios en forma más directa, obligándose a defender sus intereses aunque eso vaya contra sus valores, también pueden albergar contradicciones. Normalmente disimulan las injusticias encomendadas para mantener el statu quo, olvidan su condición de empleados y adoptan lógicas cercanas al empresario. Cuestión de examinarse.

¿Qué pensarán, que visión tienen las varias generaciones de argentinos que no conocieron el trabajo formal? Como suele decirse, también entre los excluídos del sistema los hay santos y pecadores. Lo que no existe es el pueblo humilde e ingenuo que presumimos en los años setenta cuando se creía en la revolución socialista. Por eso ahí, cuando la solidaridad y la moral escasean, ahí suelen ir de pesca los narcos para reclutar.

La otra pata, los empresarios, emprendedores o empleadores argentinos, normalmente suelen denostar a los trabajadores. Consideran que nunca hacen el esfuerzo suficiente para aumentar su ingreso y bienestar (los de los dueños). Muchos piensan que los trabajadores son inferiores en la escala social y que la culpa de todo la tienen “los negros”,  tanto o más que la DGI. Su voto es cantado.

Reconozcamos que abundan los trabajadores deshonestos, vivillos que no conocen la lealtad y la dignidad de ganarse el salario con honradez y eficacia, los vagos. Muchas veces estas conductas inclinan las opiniones de la gente a favor de los patrones, como si estos fueran las verdaderas víctimas del sistema.

¿A que viene esta introducción impertinente? A eso de Jauretche de arriba con la autopercepción errónea como fenómeno, porque la percibo con gran frecuencia en la gente que me rodea.  Los que siendo del llano entienden que la reforma laboral es urgentemente necesaria para que el país progrese, cuando hay otras prioridades para que la sociedad sea más equilibrada y se soslayan injusticias más perniciosas. 

Pude encontrar una respuesta convincente al apoyo que han dado gran parte de los sectores populares -que resultó en contra de sus propios intereses- al paleolítico gobierno anti-industrialista de Milei. La expuse en una de las últimas entradas del blog y es redundante repetirla. La contradicción vuelve a repetirse con esta reforma laboral, un conflicto de espectro diferente.

Eso si, las consecuencias de este proyecto retrógrado en la vida de nuestros hijos, no hará distinción de pareceres. Ya mostré mis cartas. Ahora vienen mis razones.

1. Lo que reservaron para el futuro de tus hijos. La autoproclamada “modernización laboral” del gobierno de Milei tuvo como bandera promover el trabajo registrado en blanco en el país. El informal, que alcanzó niveles alarmantes en la Argentina rozando el 45%, es producto de la desidia e inoperancia de todos los gobiernos que nos precedieron. Este proyecto laboral supone remediarlo: el problema es que ese principio es mentiroso por varias razones.

En primer lugar, los antecedentes cercanos de reformas laborales similares dispuestas en economías vecinas de signo liberal no lograron ese cometido. En Perú y en Paraguay no pudieron bajar la negrura bajo el 40% y en Chile se atornilló en el 27%. Después, que la razón fundamental del trabajo en negro en la Argentina reside en la psicología de los empleadores vernáculos, especialistas en el arte de navegar en los turbulentos mares de la economía argentina, lucrando en su propio beneficio. Ellos no cambiarán arrepentidos su tradición descuidista y evasora y se dedicarán a captar la renta generada por el proyecto oficial. No blanquearán nada. El (inmoral) perdón fiscal dispuesto no les alcanzará para redimirse. Por último, las mismas medidas incorporadas en la reforma objetivamente contradicen esa cacareada promoción del trabajo registrado. Piensen un poquito: propone jornadas laborales extensibles con un banco de horas compensatorio y un fondo de cese laboral para facilitar los despidos. Y el trabajo de un monotributista en relación de dependencia no es más considerado vínculo laboral, es decir inventaron una nueva forma legal de negrear. ¿Eso puede constituir al fomento del empleo en blanco o, por el contrario, reducirá el empleo registrado?

Otro pretexto para la aprobación de esta reforma es la adecuación a las nuevas modalidades en el mercado de trabajo. La excusa cae por si sola porque el proyecto no contempla a los rapis y laburantes de sistemas e IA, energías alternativas, educación a distancia, etc. No los consideran trabajadores! A los repartidores los denominan “prestadores independientes”: que pongan su motos y bicis, que se cuiden solos de no lastimarse en las calles, no obliga al empleador siquiera a brindarles elementos de seguridad. A los trabajadores de teletrabajo le derogaron su ley de 2020 dictada durante la pandemia para protegerlos, reemplazándola por modalidades más “flexibles”; el home office puede ser castigado como menor al presencial, por ejemplo.  Como si no bastara con eso, los monotributistas son reconocidos para aportar pero siguen sin tener derechos. A los monotributistas contratados se les presumía el vínculo laboral y se les reconocía la relación de dependencia: ya no. Eso es precarización.

Deberían haber prohibido que el salario sea pagado en especies pero lo habilitaron. Solo faltaría que legalicen de nuevo la libreta del almacén de la estancia del patrón para que nos paguen con yerba, azúcar y aguardiente, como en el siglo XIX.

El FAL-Fondo de Asistencia Laboral propuesto para que los empresarios paguen futuras indemnizaciones por despidos no justificados será financiado en parte por los jubilados. Así como lo estás leyendo. Se conforma parcialmente con un 3% que los empresarios aportan actualmente al sistema previsional de la ANSES, ahorrándole egresos. Afectará tu propio futuro. ¿Te parece justo esquilmar aún más al jubilado?

El reconocido problema de la denominada “industria del juicio” se soluciona con un bisturí, no con amputaciones. Quienes más se aprovechan de ese negociado que pone en aprietos a empresas medianas y pequeñas hasta llevarlas a veces a la quiebra, son los abogados caranchos y los jueces adictos a recaudar dinero en vez de impartir justicia para las partes. Los trabajadores afectados son el relleno del sandwich: en medio del entuerto, el proyecto permite el pago en cuotas de las indemnizaciones, que se ven reducidas respecto al régimen anterior porque contemplan solo ingresos salariales corrientes sin mejora alguna, sin rubros extras.

Información reciente afirma que los juicios laborales rondan los 130.000 anuales sobre un total de 10 millones de trabajadores asalariados registrados. Los sectores empresarios lloran diciendo que constituyen un record mundial. ¿Es mucho 1,3% o sobredimensionan a propósito el problema? Se suponen que son originados por irregularidades laborales que justifican su consecusión. En un ejercicio fantasioso, los más de cuatro millones de trabajadores en negro de la Argentina -contratados por empresarios truchos- estarían en condiciones de entablarles mañana mismo un juicio laboral. Si existen deficiencias y abusos con los despidos, debería solucionarlo una legislación puntillosa, aplicando las sanciones que correspondan. Podrían empezar por aplicarles un baño de decencia a los vergonzosos profesionales intervinientes en esa industria del juicio, incluída la desprestigiada justicia argentina.

Resulta unilateral y autoritario reservar a los gobiernos la designación de cuales son y cuales no son “servicios esenciales” y “servicios trascendentales” para restringir el derecho de huelga de los trabajadores, obligando a coberturas mínimas del 75% o del 50%. Un ejecutivo autoritario  podría declarar cualquier oficio a su antojo dentro de esas categorías. 

Irónicamente, lo que encendió las discusiones del proyecto -para que a muchos le caiga la ficha de lo injusto del proyecto- fue la inclusión traicionera del artículo 44 que determinaba que ciertas licencias médico-laborales podrían ser castigadas por el empleador con descuentos del 25 al 50% de los ingresos laborales. Solo el dinosaurio ruin de Federico Sturzenegger defendió el engendro pero ningún otro funcionario ni congresista mileísta quiso hacerse cargo de semejante involución. Como si la patronal pudiera inmiscuirse en la vida privada de las personas, debiendo estar supeditada a los intereses del empleador aún en sus ratos de ocio. Propio de épocas esclavas. La hijaputez sirvió para remover el avispero tanto que muchos opinólogos retrógrados se dieron cuenta que era demasiado. Si es que el porcentaje de ausentismo en el espectro laboral argentino superara el de los estándares internacionales, lo inteligente sería aumentar la supervisión sobre quienes generan certificados médicos irregulares y castigarlos. Es de neandertales cercenar los derechos del trabajador honesto para corregir la situación. Pero no les importa. Por eso desmantelaron al equipo de inspectores laborales de la Secretaría de Trabajo de Julio Cordero, metiendo al resto detrás de escritorios. 

El espíritu desaprensivo del proyecto laboral para con los trabajadores se deja ver en numerosos rincones, dejando varias dilucidaciones legales libradas a la discusión entre partes cuando es sabido que la balanza del poder decisorio pertenece a las patronales. Es un retroceso cobarde a favor del más poderoso. Tomemos un ejemplo tan simple como patético: ¿cómo evitar que el patrón termine decidiendo la oportunidad y el fraccionamiento de las vacaciones de los empleados? La negociación por empresa aumentará las desigualdades en perjuicio de los trabajadores. Todos lo sabemos.

El mencionado troceo imperativo de las vacaciones. Si te llevás mal con tu jefe podrás tener vacaciones en verano una vez cada tres años porque pueden ser otorgadas fuera del lapso comprendido entre el 1º de octubre y el 30 de abril. Graciosa o maliciosamente, la ley habla de ponerse de acuerdo con el empleador.

Tenemos otro hallazgo retrógrado denominado “salario dinámico” o recompensas por productividad como herramienta que -en realidad- coadyuvará a la reducción de los ingresos del trabajador. Porque pueden fijarse por tiempo o por rendimiento de trabajo, según productividad que calculará el mismísimo empresario. Un chiste de mal gusto. Entonces tu salario podrá fluctuar para arriba o abajo cada mes, según decida la empresa.

La extensión de las jornadas laborales hasta 12 horas diarias se contradice con lo corriente en los países más avanzados, que las reducen. Eso de negociar con el empresario un “banco de horas” para compensar sus caprichos horarios eliminará en los hechos la posibilidad de realizar horas extras. Esas que durante añares salvaron a nuestros padres para llegar a fin de mes y ponernos un plato de comida cuando los sueldos magros no le alcanzaban.

En particular para mujeres, les quitan las horas de descanso que eran obligatorias cuando tienen su trabajo dividido entre mañana y tarde y se termina con la prohibición de que ejecuten trabajos a domicilio en otro local o dependencia de la empresa.

Derogan los estatutos de viajantes de comercio, peluqueros, choferes particulares y telegrafistas y como dijimos, teletrabajo. El de periodistas lo caducarán a fin de año (les permitirán hacer el duelo). Les perdona multas y sanciones a los que emplearon en negro para que se vuelvan buenos de golpe: otra vez ganan los malos.

El DNU 70/23 de Milei ya había afectado al Estatuto del Peón Rural y la ley de trabajo agrario, igual que había intentado la última dictadura militar. Ahora se vuelve a atacar la estabilidad e ingresos de los trabajadores de campo y su protección para reducir costos empresariales a costa de la seguridad laboral. Otro regalo para los empresarios agropecuarios es que la nueva ley aprobó y metió como una cuña el RIMI-Régimen de Incentivo para Medianas Inversiones: un remedo del programa RIGI para la minería y energía para librar de impuestos a las inversiones que hagan los ricos del campo.

Se elimina la Justicia Federal del Trabajo. Se traspasan sus competencias y funciones a la justicia porteña y a la contencioso-administrativa, que -si no cambió nada últimamente- es históricamente antiobrera. Esa pretención contradice la esencia de la Ley Cafiero 24588/95 en cuanto a la jurisdicción aunque los fallos últimos de la Corte Suprema le darían la razón a la nueva ley. No obstante, el objetivo real del proyecto laboral es debilitar la defensa constitucional de los derechos del trabajador, hacerle perder peso relativo como institución estratégica y quitarle referencias a las cortes provinciales. 

La nueva ley ejerce a esos efectos una acción de pinzas sobre el objetivo. Normalmente los convenios por rama de actividad eran el piso para los acuerdos por empresa e incluso los personales por sobre convenios acordados con sindicatos. Ahora se invierte la lógica y prevalecen los convenios por empresa, valida acuerdos inferiores, iguala para abajo. Como si fuera poco, le confiere al Estado la potestad de suspender convenios colectivos. ¿A eso le llaman principios libertarios? Escogieron una biblioteca incompleta.

Decretaron el fin de la denominada ‘ultraactividad’ o sea que un convenio caducado siga vigente hasta que se firme uno nuevo. No mantendrán más sus efectos, solo quedan sus normas referidas a condiciones de trabajo. Solo elimina cláusulas obligacionales (las que regulan aportes o c ompromisos entre sindicato y empleador) y no las normativas que fijan salarios y condiciones de trabajo. El problema para estas regresiones es que el recontracitado Pacto de San José de Costa Rica establece el principio de progresividad de los derechos sociales y cualquier modificación debe ser para mejorar o ampliar los derechos, no para eliminarlos.

Por último, esta ley regirá para todas las relaciones laborales vigentes. Cuando cambien las condiciones, el empleador puede pedirle al trabajador que firme un nuevo contrato que contemple la situación novedosa. Pero los trabajadores ya no podrán recurrir a la justicia para retornar a condiciones anteriores modificadas por la empresa. Es el caso de cambiarle a un cajero o empleado bancario de sucursal a una muy lejana sin su aprobación. Solo podrán considerarse despedidos.

De lo poco equilibrado que pude rescatar en la propuesta, contabilizo:

--la extensión del período de prueba del trabajador a un año, reduciendo las cargas patronales a un 8%. Es lógico reconocer que hay trabajadores malbicho y desleales y justo el derecho patronal a equivocarse y reparar el error de admisión. Convengamos que el nivel de educación general argentino ha decaído lastimosamente y la formación laboral en la Argentina está retrasada. No es lo primero culpa del empresariado argentino ni creo que sea poca su inversión en capacitación laboral. El tema pasa por los pocos alicientes patronales al individuo que emplea, empezando por sueldos decadentes que no provocan ilusiones para su despegue personal. En general, es partidario del úselo y tírelo, no reconoce la lealtad del empleado. El empresario argentino exige eficiencia, fidelidad y entrega como requisito laboral pero históricamente subestimó al individuo-trabajador, solo lo considera un instrumento necesario, alguien de nivel inferior al suyo que nunca será un par ni podrá pretender beneficios siquiera parecidos. Aunque lo quieran negar, los empresarios son supremacistas.
--Parece ser razonable limitar al 25% del monto de la sentencia indemnizatoria como remuneración de abogados y costas procesales. Por lógica produjo el rechazo del Colegio de Abogados. Claro que eso no alcanzó para lograr la solidaridad de los de corbata con el atropello de la reforma contra los trabajadores. Ellos son de otra clase, claro.
--Los peritos cobrarán con un nuevo esquema de honorarios con mínimos no porcentuales y no los porcentajes que solicitaban.
--Obliga a los jueces laborales a acatar la jurisprudencia de la Corte Suprema.
--La incorporación de parámetros técnicos objetivos vinculados a los cuerpos médicos forenses y pericias judiciales reducirían discrecionalidades.
--No será simpático para los delegados sindicales pero solo se les reconoce 10 horas mensuales retribuidas para el ejercicio de sus funciones: a algunos les servirá para poner los pies sobre la tierra porque hay muchos que ya no recuerdan como trabajaban y necesitarían reeducación.
--Parece bienintencionado eliminar la responsabilidad solidaria de la empresa principal cuando terceriza prestaciones de servicios a otra empresa.
--Depende del cristal con que se mire, el reconocimiento al trabajo de los presos en las cárceles ya no debe ser remunerado ni respetarse legislación laboral ni seguridad social alguna.

A sacarse la careta: al liberalismo inhumano de Milei y sus acólitos no les interesa el ciudadano trabajador. Si el gobierno pudiera impulsaría la derogación de cualquier tipo de convenio de trabajo, para que las divergencias las enfrenten directamente el empleador y el trabajador, sin marco regulatorio alguno.

Aunque los mismos empresarios argentinos han confesado que en su estructura de costos el salarial no es importante, el verdadero objetivo del gobierno es derrumbar el salario como ofrenda a sus númenes y, quizás, un medio para competir con países que coquetean con el trabajo esclavo a la manera del sudeste asiático. Producirán la mayor transferencia posible de ingresos del sector trabajador y el pasivo al patronal. Parece una revancha ideológica inmoral. Tan inmoral que en un artículo escondido como cuña en el proyecto aprobado por los congresistas traidores a su voto, derogaron impuestos internos a las embarcaciones, aviones, automóviles, celulares y productos santuarios para que los capangas beneficiados las puedan comprar más barato. Que hijos de puta! 

La lista de barbaridades del proyecto laboral no se agota aquí. Por más que sea aprobado por las dos cámaras legislativas se sabe que no podrán atravesar cuestionamientos interpuestos en la justicia porque incumplen mandatos constitucionales y tratados internacionales. Se indican contradicciones con el Art. 14 bis y el 75 de la Constitución, el cual está incorporado al convenio interamericano de Derechos Humanos. Eso significa que deberá atravesar cuestionamientos en la justicia argentina. Si los llegaran a atravesar, quedan instancias en la Organización Internacional del Trabajo y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

2. La burocracia sindical como excusa. No sean ingenuos de tragarse el relato oficial y consentir este proyecto de ley laboral retrógrado porque los “gordos” de la CGT puedan ser indeseables. A los burócratas de la central obrera no los afecta esta pseudo-modernización, no se les redujo su poder porque mantuvieron los ingresos sindicales,  porque continúa la representación única por rama y no se pone límite a los mandatos.

Fue otro recurso burdo usado para engañar a la gente que repitieron los que piensan poco o los malintencionados. ¿Encima que los trabajadores nos vemos traicionados a menudo por los sindicalistas, debemos comernos este retroceso que afectará nuestras vidas a diario? La nueva ley solo afecta a los trabajadores.

Piensen Uds. que el gobierno y la casta política no quisieron consensuar los futuros derechos laborales con los trabajadores mismos. Los aspectos directos sobre la actividad laboral quedaron fuera de discusión para su objeto.

La anquilosada burocracia en los gremios no es motivo suficiente para justificar el proyecto retrógrado. De hecho, las negociaciones tras bambalinas de los legisladores del oficialismo con Edgardo Martínez y otros dirigentes, se ocuparon de preservar primeramente los ingresos a las organizaciones gremiales. Eso no es necesariamente malo. Reconozcamos la necesidad de solventar los servicios que ofrecen los sindicatos, entre ellos los de medicina social.

Siempre sostuve que la corrupción de un sindicalista sobre sus pares es doblemente despreciable. Si hay gremialistas que chorean y tienen privilegios tienen que ser severamente castigados, en primer lugar mediante el repudio del afiliado, luego por la justicia. Pero piensen ¿son muy distintas las sospechas en los clubes de fútbol, cooperativas y otras asociaciones sin fines de lucro de nuestra sociedad? ¡Hay que terminar con esas traiciones de una buena vez en la Argentina con las armas que nos ofrece la democracia si queremos un país respirable!

Lejos de ponernos a discutir si las conquistas laborales fueron institucionalizadas por el primer gobierno de Perón, si se originaron antes o después o llegaron gracias a los socialistas de bigote (eso ya tiene sus respuestas, es cuestión de estudiar un poco), debe aceptarse que esa Argentina fue vanguardia en Latinoamérica en la conquista de los derechos de los trabajadores. Los países vecinos tardaron muchas décadas en igualar esos avances. Exactamente lo mismo ocurrió con el surgimiento de la clase media en el país, más allá de las simpatías u odios que te produzca la figura del “tirano prófugo” que dijo retornar como león hervíboro. Sin justificar a los populismos, los gobiernos liberales que nos tocaron despreciaron al trabajador y fueron exterminadores de clase media. Inventaron la “clase media baja” donde nos encontramos la mayoría de los argentinos que la peleamos cerquita del límite de la pobreza.

Trabajé casi 50 años en relación de dependencia y fui afiliado a dos gremios de distinta índole. Muchas veces comprobé que los sindicalistas se dedican a defender más a los malos trabajadores que a los que son víctimas de atropellos laborales reales y que abusan del ‘cafecito’ con las gerencias, al borde de la transa. Al momento del reparto de los beneficios asociativos, se me ocurre la imagen de una tribu y un fogón en la que los favores los reciben quienes están cerca del fogón y cumplen los requisitos de los capitanejos. El que está bien informado sabe que algunos gremios llegaron a la decadencia de designar como autoridades a familiares, como si fueran sucesiones monárquicas, aún sin haber conocido el oficio. No hace falta aquí hacer un listado.

Claramente ha sido poco defendible la intervención de la conducción actual de la CGT en las discusiones por la reforma laboral. Poca sangre para salir fuerte al debate público. ¿Dónde estaban los peronistas? Vaya y pase la mencionada negociación tras bambalinas de la central obrera para resguardar los ingresos sindicales en el proyecto de ley. Vergonzoso como permitieron que diez revoltosos de origen dudoso munidos de molotov les coparan la movilización del miércoles 11 de febrero/26 frente al Congreso. Los cegetistas retrajeron a las columnas movilizadas quitándole protagonismo al reclamo, se auto-ninguneraron voluntariamente, y cedieron la calle como nunca jamás vi en mi politizada vida. Todo tuvo el tufo de agachada. ¿A favor de quién?  ¿A cambio de qué? Quizás no importe saber el motivo de una traición a la gente con la excusa de recurrir a la justicia para frenar la ley, cuando aún no había sido sancionada. Aunque esté medio loco, comparto la crítica de Rodolfo Aguiar, dirigente de ATE hacia la CGT: “Primero está la lucha, después vendrán los abogados (…) ¿Se canjeó plata por precarización? ¿Cómo explicamos que se quitaron los artículos que perjudicaban a los sindicatos y quedaron los que perjudican a los laburantes? (…)”. Los burócratas ni siquiera sacaron una solicitada para reprobar la sanción de la ley, agregaría.

Pero aunque exista una burocracia sindical generalizada ¿qué derecho tienen los opinólogos desclasados de la TV, los panelistas licenciados en economía que no agarraron una pala en su puta vida o los políticos vividores para meterse en la vida sindical? ¿Porqué no opinan también de la composición de los directorios de las multinacionales? ¿Pretenderían que Sturzenegger ocupe el puesto de secretario general de la CGT? ¿Preferirían al pelado Trebucq o a Novaresio presidiendo el sindicato de Camioneros? ¿Pondrían al arrastrado de Luis Majul a dirigir Despachantes de Aduana? ¿A Cachanosky para destripar estatales? ¿La nazi-fascista Deborah Plager para portuarios? Con igual postura podrían designar también autoridades en el Colegio Público de Abogados o de Escribanos. ¿Qué los mueve a ensañarse con el mundo laboral? ¿Es cuestión de piel?

A los trabajadores nos tocó en el mundo el destino de vender nuestra capacidad de trabajo para mantener a nuestras familias con la recompensa extra de dignificarnos como personas. Porque es verdad que el trabajo dignifica al hombre. Los trabajadores no necesariamente somos licenciados en administración de empresas, contadores o abogados, solemos comernos las eses, no somos rubios ni de ojos celestes y no respondemos a los cánones de las clases más acomodadas. Para dirigir corporaciones como las sindicales se requiere una preparación cuasi profesional pero fundamentalmente ejercer con sapiencia el arte de la conducción política para trajinar ante el poderío de los empresarios, sin dejarse tentar por esas serpientes para claudicar. Es innegable que hay burócratas sindicales chorros y traidores a sus mandatos. Pero su remoción no puede pasar por el dedo acusador de gente desclasada sin pasado trabajador y con intereses enfrentados. La decisión pertenece únicamente a la voluntad de los afiliados. Eso se llama democracia y no hay método más ético ni moral que exista. Claro que no es fácil penetrar las estructuras anquilosadas de los sindicatos en base a buena fe, transparencia y coherencia ideológica. En todos los ámbitos humanos parecen hoy en día ganar los audaces e inescrupulosos.  Por la misma razón ha fracasado desde 1983 toda la clase política argentina, la casta, donde los buenos pierden por goleada contra los corruptos.  

3. Imposible confiar en el criterio de nuestra clase política. Ella parece juntar lo peor de nuestra cultura. ¿Cómo confiar el futuro laboral de nuestros hijos a los diputados y senadores de la casta vendida? La misma casta que aprobó privatizaciones y reestatizaciones unos añitos después y que cambia sus banderas como de camiseta. Los herederos de los que aplaudieron de pie el default de Rodríguez Saá y después acuerdos con el FMI y blindajes vegonzosos. Los que tienen en el plantel cabareteras que se tiran de los pelos en público. Son la descendencia de la BANELCO de los radicales del siglo pasado. Ese gobierno que recordemos tuvo como ministra de trabajo a la mismísima Patricia Bullrich, antigua ‘revolucionaria’  metebombas de los Montoneros-Columna Norte siendo secretaria de su cuñado Rodolfo Galimberti y ahora reprime obreros sin asco. Algunos dicen maliciosamente que aquel famoso dispenser de dinero empezó  a funcionar de nuevo para que diputados y senadores levanten la mano para esta reforma antiobrera. Entretanto, la gran preocupación del cínico diputado Cristian Ritondo fue extender el negocio del manejo de los sueldos del trabajador a las billeteras virtuales, seguramente por su necesidad de aumentar el número de sus propiedades en el exterior. O el ex diputado y ex radical y panelista Martín Tetaz, que llora por su abuela jubilada de ingreso mínimo insuficiente pero defiende el proyecto retrógrado mileísta, repitiendo el mismo formato de la facultad de Ciencias Económicas y otros centros de difusión antiobreros de renombre, con el que le encarcelaron el raciocinio y estandarizaron a los economistas.

Los cínicos falsos progresistas peronistas olvidaron dar pelea por la que se supone es una de sus principales banderas, con una defensa pública intensa y coherente de los derechos laborales. Ni hablar de la complicidad de gobernadores pretendidamente justicialistas, vendidos oportunistas que  mandaron a sus diputados y senadores a entregar los derechos de los trabajadores a cambio de prerrogativas para sus provincias. A todos ellos les dedico desde estas páginas un gran vómito virtual, con la esperanza que sus pueblos tomen conciencia, recuerden bien su traición y le retiren sus votos (el único poder que conservamos los ciudadanos contra la inmunda casta política): Osvaldo Jaldo (Tucumán), Raúl Jalil (Catamarca), Gustavo Sáenz (Salta), Claudio Vidal (Santa Cruz), Marcelo Orrego (San Juan), Hugo Passalacqua (Misiones) y Maximiliano Pullaro (Santa Fe). Los de Córdoba de Martín Llaryora aún más cobardes que ni concurrieron a levantar la mano. Todas ratas traicioneras de traje y corbata.

4. Los opinólogos pseudoperiodistas en manada contra la clase obrera. Que generación de desclasados de mierda que son los periodistas de los medios de difusión principales. En realidad no son periodistas: no investigan ni contrastan la información y parece no interesarles sintetizar con equilibrio, más bien quieren imponer ideas previas, como los fascistas. Y son tan persistentes en eso que uno sospecha que están auspiciados monetariamente por algunos. Porque son partícipes necesarios de operaciones políticas que prohijan oficialismos y grupos de poder, incluídos los patrones para los cuales trabajan. Seguramente convencidos por los altos salarios y el nivel de vida que les proveen, no se sienten parte de la clase trabajadora y no pierden oportunidad de votar por los intereses de los poderosos en toda cuestión que implique controversias entre trabajadores y empleadores. Son empleados pero se creen distintos y el tufo de los laburantes les produce urticaria. Son los Majul, los Feinmann, la nazi-fascista Debora Plager, Cristina Pérez y la mayoría. Listarlos me llevaría un día entero y alargaría la lectura inútilmente, teniendo en cuenta que hay muy poquitos que se salvan de la verguenza. Estos tránsfugas sociales, que adulan a los que tienen arriba y cuando ven un trabajador con overoll se cruzan de vereda, no se dan cuenta que pende sobre sus cabezas la extinción del estatuto del periodista, que los va a afectar directamente. Hay que ser tarado! Los divulgadores del relato clepto-kirchnerista de C5N, Víctor Santamaría, Cristóbal López y otros vanguardistas de la corrupción van por cuerda separada: ya me metí en otras columnas de este blog contra ellos; en esta actualidad empobrecedora defienden la causa popular pero la tuvieron olvidada durante el desastroso gobierno de Alberto Fernández y la condenada de la tobillera: mientras se afanaban el país no se les escuchaba ninguna crítica.    

Estos opinólogos-dinosaurios que se autoperciben importantes critican y rechazan también de forma tajante las huelgas, una de las pocas herramientas constitucionales que tiene el sector trabajador para equilibrar la balanza contra el empresariado. No hay manera ni situación que lleve a los “comunicadores” a aceptarlas. Los chicos de las nuevas generaciones lo llamarán de otro modo pero los añejos los llamaríamos “carneros”: son los que en el ámbito del laburo se borran en las difíciles, no ponen el pecho a los atropellos y rosquean a escondidas pero solo para obtener beneficios personales. Esos caros opinólogos de café asignan el éxito popular de las huelgas solamente a la falta de transporte porque no llegan a aceptar  la adhesión conciente y voluntaria de los trabajadores ante situaciones asfixiantes como la presente. Las huelgas pueden ser originadas de arriba para abajo o por presión de las bases y nadie ignora que pueden motivarlas cuestiones políticas poco transparentes. Hay numerosos casos en la historia reciente que pueden ejemplificarlo, como los paros docentes interpuestos en la provincia de Buenos Aires exclusivamente contra gobiernos antiperonistas y ausentes contra los inservibles gobiernos peronios de Scioli y Kicillof. 

5. Guerra de modelos. Es una verdad irrefutable que el modelo económico reinante en la Argentina desde los años cuarenta con el advenimiento del peronismo, es el industrialismo lobbista y cerrado, protector del trabajo local. Ni siquiera fue cuestionado por gobiernos liberales: el Martínez de Hoz de la dictadura, el peronista de Menem o Mauricio Macri. Los desbordes de los industriales eran atenuados en mesas de negociaciones para obtener prebendas de las autoridades, otras veces peleándose con  Guillermo Moreno. Durante el espantoso gobierno de Alberto Fernández y Cristina Kirchner, con el improvisado Massa como ministro de economía poniendo colorada a la máquina de imprimir pesos para tapar agujeros de los subsidios, empezaron a reconocerse las primeras grietas. Como resultado tenemos a Milei presidente, con un capitalismo salvaje afecto a lo financiero. Los cuestionamientos al modelo industrialista empezaron y tanto Milei como sus acólitos proclaman que las industrias deben reconvertirse para abaratar sus productos o cerrar, apáticos a las necesidades de trabajo de la gente.

Milei se jacta de adherir a las políticas de Donald Trump pero no lo copia en sus directrices inteligentes: Trump protege su industria. El cierre de FATE y el enojo de Paolo Rocca por perder licitaciones con Techint son un reflejo del cambio de paradigma, del choque de modelos. Empresas que cazaban en el zoológico y ganaban dinerales ahora se quejan ante las primeras pérdidas que le produce la importación indiscriminada. La próxima víctima será la industria automotriz y autopartista.

Milei y el circulo rojo proponen un país con pocos sectores florecientes: en primer lugar el financiero, después el campo, la minería y la energía, servicios poco regulados y quizás la economía del conocimiento. En solo dos años produjo la implosión de 22.000 empresas y la destrucción de 300 mil puestos de trabajo. Un gobierno racional y humano debería haber previsto el salto mortal que implica la desindustrialización y el abandono de tanto capital de trabajo invertido durante décadas, pero no le interesan los galpones y fábricas vacías y herrumbadas ni el sufrimiento de las familias desocupadas. Cree en una reconversión mágica de los emprendimientos o el unicato del sector de servicios y  vivir de productos básicos importados. ¿Alcanzará para toda la población?

Pero es mentira que el modelo industrialista sea inviable: no es viable por la corrupción, el gasto irracional demagógico y la falta de planificación inteligente. Los kirchneristas se distrajeron demasiado con el tráfico de bolsos de dinero negro en vez de copiar el ejemplo económico pujante del compañero Lula en Brasil, que diversifica y fomenta las exportaciones, sin recurrir a un proteccionismo desmesurado. Así ha podido bajar la pobreza en términos reales, no en las planillas Excel como Milei. Brasil es una de las principales economías del mundo en base al apoyo sin tapujos del gobierno a sus industrias, que se expandieron al comercio internacional dominando en varios rubros, como el alimenticio.   

5. Corolario. Fui desgranando los motivos que me llevaron a definir como retrógrado y antiobrero a este proyecto convertido en ley.

Remarcaría finalmente que los trabajadores -principales afectados- fueron convidados de piedra en el tratamiento de la ley. Que cínicamente, los burócratas de la CGT rehuyeron a la batalla dialéctica, cuidando solo de resguardar sus propios intereses. Que los políticos de la casta discursearon boludeces y levantaron sus manos en el Congreso, exacerbando corrientes derechosas de moda o traicionando otros su mandato electoral. Que algunos resolvieron dudas ojeando sus cuentas bancarias tras una nueva BANELCO. Que los empresarios más poderosos de la Argentina reunidos en el Grupo de los Seis (banqueros, bolsa de comercio, Sociedad Rural, Unión Industrial), entre otros próceres, festejaron la sanción de la ley. Que la calificadora Moody’s dijo que será beneficiosa para “el mercado”.

El lector que llegó hasta estas últimas líneas ya debe haber concluido lo suyo. ¿De que lado estás? Nadie le cambia a otros el parecer pero mantener la cabeza abierta ayuda a evolucionar interiormente. Si no hay malas intenciones en las personas, todas las opiniones valen.  

La reforma fue aprobada, las cartas están echadas y nuestros hijos vivirán las consecuencias. La realidad dictará su veredicto. En un país tan contradictorio como la Argentina, apenas intuimos el presente, poco podemos avisorar el futuro. Quizás haya esperanzas. Horanosaurus. 

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